Razones del Kremlin

Carlos Taibo

El País

Algunas de las declaraciones más recientes del presidente ruso, Vladímir Putin, han hecho saltar las alarmas. Pocos se han preguntado, sin embargo, si Putin no lleva buena parte de razón cuando aprecia un genuino y nada amistoso cerco sobre su país. Y es que parece como si quienes, con motivos, ven en el inquilino del Kremlin a un gobernante inquietantemente autoritario olvidasen a menudo que muchas de sus quejas con respecto a la conducta de algunos países occidentales están justificadas.
Convengamos, en cualquier caso, que los expertos no se ponen de acuerdo a la hora de determinar lo que ocurre. Recordemos, por ejemplo, que no faltan quienes aseveran que, luego de una etapa de colaboración de Rusia con EE UU tras los atentados de Nueva York y de Washington, en los últimos tiempos habrían reaparecido los elementos de tensión y, acaso, de ruptura. A los ojos de otros estudiosos, en cambio, la periodificación invocada ocultaría que EE UU ha asumido desde años atrás un doble juego: mientras formalmente habría alentado una asociación estratégica con Rusia que habría dado al traste con cualquier vestigio de la guerra fría, en los hechos habría mantenido una política muy agresiva -ampliaciones de la OTAN, bases militares, cambios en el equilibrio nuclear, cuestionamiento de zonas de influencia- genéricamente encaminada a evitar cualquier horizonte de renacimiento de Rusia como potencia.

Vayamos, en cualquier caso, por partes. Nadie pone en cuestión que en el otoño de 2001 Putin decidió proporcionar un caluroso apoyo a las medidas que, con el aparente objetivo de desactivar una amenaza terrorista, empezaba a hilvanar el presidente Bush en Afganistán. Un balance somero del derrotero posterior de ese apoyo bien puede resumirse en dos datos. El primero subraya que Moscú pareció aceptar de buen grado el designio norteamericano de atraer hacia sí a Rusia, probablemente fundamentado en el subterráneo propósito de alejar al Kremlin de la Unión Europea y de cortocircuitar de esta suerte cualquier amago de gestación de una macropotencia euroasiática. Es verdad que en ese esfuerzo el razonable éxito de la Casa Blanca mucho le debió a la ausencia de un proyecto estratégico del lado de la UE y, más aún, a las insorteables secuelas de una ampliación, la verificada por ésta en 2004, que colocó dentro de la Unión a un puñado de países que arrastraban una tensa relación con Moscú. El segundo de los datos subraya que desde 2001 hasta hoy Rusia ha esquivado la confrontación abierta con las potencias occidentales, y ello pese a que -no conviene olvidarlo-, a diferencia de lo ocurrido en el decenio de 1990, hoy el Kremlin no se halla atado de pies y manos de resultas de la dependencia financiera con respecto al Fondo Monetario y al Banco Mundial. Obligado es recordar que cuando Rusia se ha sentido incómoda ante uno u otro movimiento estadounidense -así, la agresión en Irak de marzo de 2003-, llamativamente ha plegado velas en provecho de planteamientos tan moderados como pragmáticos.

Importa sobremanera subrayar que no ha merecido recompensa alguna lo que en unos casos fue un franco apoyo de Rusia a la política norteamericana y en otros un silencio connivente. EE UU no ha renunciado a un escudo antimisiles que, fanfarria retórica aparte, obedece al propósito de mermar la capacidad disuasoria de los arsenales nucleares rusos. Tampoco ha impuesto freno alguno a una nueva ampliación de la OTAN que ha beneficiado a tres repúblicas ex soviéticas: las del Báltico. Nada ha hecho para desmantelar las bases, presuntamente provisionales, que perfiló en el Cáucaso y el Asia central al calor de la aventura afgana. No ha dudado en apoyar, con más de un fiasco, las llamadas revoluciones naranja, inequívocamente encaminadas a disputar a Rusia su zona de influencia. No parece, en fin, que haya dispensado a Moscú, antes al contrario, ningún trato comercial de privilegio. Agreguemos que el silencio con que Washington obsequia, por lo demás, a la razzia putiniana en Chechenia -se hacía valer ya antes de los atentados del 11 de septiembre de 2001- a duras penas puede considerarse un premio por la docilidad rusa más reciente.

Para dar cuenta de la conducta norteamericana, hay que descartar con firmeza cualquier sugerencia de que a Washington le preocupen el derrotero de los derechos humanos en Rusia o las presuntas restricciones que el Kremlin impone al despliegue de una economía de mercado. Más sensato parece cargar las tintas en otras explicaciones como las que identifican en la Casa Blanca una prepotencia, una codicia y una ceguera sin límites, y, más aún, un firme designio de arrinconar a Moscú y evitar, como antes sugerimos, que renazca de sus cenizas. Recuérdese que aun en su estado de relativa postración, Rusia no es -no puede ser- una potencia regional más. La inercia de la historia reciente, la magnitud del territorio ruso -fronterizo al tiempo con la UE, con el Oriente Próximo, con el Asia central, con China, con Japón y con el norte del continente americano- y su enorme riqueza en materias primas aconsejan huir de cualquier intento orientado a rebajar el relieve planetario del país.

Si la política norteamericana es lamentablemente comprensible -no puede reconocérsele otra virtud-, difícil resulta engullir las muchas miserias que entre nosotros se vierten al respecto. No es sencillo entender, sin ir más lejos, por qué a principios de 2006 produjo tanta sorpresa la decisión de Moscú en el sentido de elevar los precios que Ucrania debía pagar por el gas ruso. Si aceptamos de buen grado, y parece razonable hacerlo, que Rusia abraza la misma miseria que nuestros países, ¿hay algún ejemplo de gobierno occidental que conceda un trato de privilegio a un Estado que se entiende, con alguna razón, que ha emprendido un camino poco amistoso? ¿Cuándo se asumirá de buen grado, en paralelo, que la aplicación de normas similares a las ventas rusas de gas al fiel aliado bielorruso invita a recelar de las explicaciones que no aprecian en los arrebatos del Kremlin sino abruptas e impresentables presiones políticas?

Qué no decir, en fin, de la doble moral que ha tenido a bien retratar Stephen Cohen en un artículo recientemente publicado en The Nation: cuando la OTAN se amplía lo hace, al parecer, para encarar el terrorismo y generar estabilidad, en tanto cuando Rusia protesta lo que hay por detrás no son sino los atavismos de la guerra fría. Mientras Washington promueve la democracia en el planeta, los movimientos de Rusia reflejan, en cambio, el ascendiente de un proyecto neoimperial. Ante tamañas simplificaciones, cada vez se antoja más urgente que asumamos que los desmanes internos de Putin, y algunos de los externos, no obligan a darle la razón a una política, la norteamericana, prepotente, mezquina e interesada.

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid. Acaba de publicar Rusia en la era de Putin (Catarata).

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