El dilema paquistaní

 Emanuele Giordana
Lettera22
Traducido por Juan Vivanco

¿Qué tienen que ver una pelota de ciervo, un juez del Tribunal Supremo y una comunidad de uzbecos refugiados en una remota región de los montes Sulaiman? El presidente del Tribunal Supremo se llama Iftijar Mohammad Chaudri y vive en Paquistán, en Islamabad. Hace un par de semanas, acusado de abuso de poder por el presidente Musharraf, fue destituido y condenado a arresto domiciliario. La comunidad de los uzbecos también está en Paquistán, en las montañas del Waziristán del Sur, una de las siete áreas tribales FATA (Federally Administered Tribal Areas) y uno de los lugares más singulares del planeta. Se encuentra junto a la frontera con Afganistán y, desde la época del Raj británico, cuando India y Paquistán eran la misma cosa, disfruta de una amplia autonomía administrativa y jurisdiccional, regulada por una ley que tiene más de un siglo —la Frontier Crimes Regulations de 1901— y un corpus de normas consuetudinarias conocidas como pastunwali, la ley de los pastunes. Que, dicho sea de paso, en Paquistán se llaman patanes. Por último, la pelota de ciervo es la que se usa en el juego del críquet (es de ciervo para evitar tabúes religiosos). La que nos interesa está en Jamaica donde, también hace un par de semanas, Paquistán perdió el partido contra Irlanda que dejó al equipo del subcontinente, uno de los mejores del mundo, fuera de los mundiales de críquet. La noche siguiente al partido el entrenador del equipo, el inglés Bob Woolmer, pasó a mejor vida. Estrangulado.

Aunque estas historias parecen alejadas, distintas y sin relación entre sí, ya se habrán percatado de que hay un denominador común: Paquistán. Porque este país, uno de los principales protagonistas de la guerra afgana, prácticamente está a punto de estallar. Sacudido por el radicalismo fundamentalista, que se ha crecido con la contienda afgana, agitado por la crisis institucional causada por la expulsión de Chaudri del Tribunal Supremo, abrumado por el peso de una historia compleja y dominado por la casta militar, Paquistán está al borde de un ataque de nervios. Son muchos los que consideran que la república islámica de Islamabad es la verdadera causa de la crisis afgana. Pero pocos, en cambio, se detienen a pensar que el conflicto afgano ha prendido la mecha de una crisis que está llevando al país al borde de un colapso social e institucional. ¿Qué tiene que ver el críquet con todo esto? Si tenemos en cuenta que es el deporte nacional paquistaní y que un partido perdido puede desencadenar una crisis emotiva incontrolable (o fácil de manipular), todo se condensa en las dos semanas más agitadas de la historia reciente de este país. Para no ponerles las cosas fáciles y hacerles meditar sobre una realidad compleja que los medios suelen despachar con dos palabras, hemos decidido contarles estas tres historias: críquet, uzbecos y jueces. La mezcla es explosiva. Porque, entre otras cosas, todo sucede en apenas una quincena del mes de marzo. Las consecuencias pueden sacarlas ustedes mismos.

El misterio de la pelota de ciervo

La muerte en Kingston el 18 de marzo de Bob Woolmer, mítico entrenador del equipo paquistaní de críquet, se tomó al principio por un accidente. Pero el 22 los análisis forenses confirmaron que no fue una indisposición ni tampoco un suicidio. A Bob le estrangularon en su habitación. Abrió la puerta a sus agresores, señal de que les conocía, porque la cerradura no estaba forzada. ¿Qué pasó? Bob estaba indignado porque los paquistaníes habían perdido con Irlanda (equivalente a Costa Rica frente a Argentina o Italia en el fútbol). Quizá se había olido algo turbio. Es decir, la larga mano de la mafia de los corredores de apuestas, muy fuerte en Paquistán y muy capaz de comprar un partido sobornando a los jugadores. El críquet, como todos los deportes, tiene su lado sucio. En un solo día, cuando se disputan los mundiales o partidos importantes, las apuestas pueden ascender a mil millones de dólares, según la International Cricket Council’s Unit. Paquistán-Irlanda es uno de esos partidos. Paquistán pierde, Bob se lo toma mal y quizá se le escapa alguna amenaza. Le matan. Pero el 27 de marzo el equipo ya está en casa y entre Paquistán y Jamaica no hay tratado de extradición. Lo tiene difícil el tribunal que está visionando las grabaciones de las cámaras colocadas en los pasillos del Pegasus Hotel de Kingston, donde Bob pasó, deprimido, su última noche. ¿Y en Paquistán? Paquistán ha perdido los mundiales y mucha gente ha perdido dinero. Trasladen el escenario del estadio olímpico a Karachi y Lahore e imaginen cuál puede ser la actual escenografía paquistaní y lo que puede ocurrir si alguien enciende una cerilla en un ambiente tan tenso. Tenso también por otros motivos.

El magistrado incómodo

El ambiente también se ha tensado con la destitución de Chaudri. Es el 16 de marzo, poco antes de que Paquistán empiece a jugar con Irlanda en Jamaica y la cosa está que arde. La policía y los agentes especiales de seguridad no ahorran golpes y balas de goma para impedir que abogados, miembros de la oposición e islamistas, todos unidos contra Musharraf, marchen hasta el Tribunal Supremo, donde está prevista una sesión para decidir el destino del alto magistrado. Palos a mansalva, 150 detenciones y una protesta que no cesa y se extiende los días siguientes. Pero ¿por qué Musharraf se lo ha tomado así con Chaudri, cerrando estudios de televisión, amordazando a la prensa y logrando unir a gente muy heterogénea, desde liberales hasta islamistas, pasando por jueces y abogados? Chaudry tenía fama de honrado, pero, sobre todo, de tomarse en serio la independencia judicial, lo que le había llevado a inquirir sobre las “entregas extraordinarias” paquistaníes, en el marco de la “guerra contra el terrorismo” y bajo la fuerte presión de Washington a Musharraf. Por si fuera poco, el juez había anulado una gran operación de privatización del primer grupo siderúrgico del país. Estas actuaciones le concitaron la hostilidad de una parte del país y, sobre todo, del ISI, el servicio secreto, que no quiere intromisiones en sus asuntos. Además, Musharraf está pendiente de las elecciones de finales de año y, según dicen las malas lenguas, preferiría no esperar a su incierto resultado: el general-presidente estaría pensando en hacerse confirmar en su cargo por el parlamento saliente, donde todavía controla a la mayoría. Una mayoría cada vez más exigua.

Con esta maniobra el presidente no se ha puesto en contra únicamente a los partidos tradicionales de oposición, como el Partido Popular de Benazir Butto o la facción de la Liga Musulmana encabezada por el antiguo primer ministro Nawaz Sharif. También ha suscitado la protesta de la poderosa coalición de partidos islamistas Muttahida Mailis-e-Amal, que gobierna en dos provincias del país, la Provincia de la Frontera (contigua a las FATA) y la de Beluchistán, donde la MMA gobierna justamente con el partido de referencia del general, la Liga Musulmana (PML Quaid-e-Azam). Dicho sea de paso, los compañeros de armas de Musharraf también están indignados, pues consideran que su maniobra es inoportuna. Los ánimos están caldeados.

Frente tribal

A mediados de marzo sucede algo que nos lleva a la tercera parte de nuestro relato: una extraña batalla deja más de un centenar de muertos en Waziristán del Sur. Los combates duran casi una semana y empiezan cuando el mulá Nazir, un jefe religioso local de Waziristán, a quien el dirigente talibán Omar, según se dice, había nombrado comandante de los grupos guerrilleros locales, intenta obligar a cientos de “refugiados” políticos uzbecos a salir de la zona donde llevan varios años viviendo. Quizá sea el resultado de una negociación entre jefes locales, talibanes y autoridades paquistaníes entablada en el otoño de 2006 y todavía en curso. Su finalidad es expulsar a los “extranjeros” alistados en la época de Osama ben Laden o refugiados en las FATA, el estado de los patanes dentro del estado paquistaní. Pero los uzbecos, guiados por el jefe radical Tahir Yuldachev, dirigente del Movimiento Islámico Uzbeco (MIU) y condenado a muerte en su país, se resisten. Se produce entonces un choque armado en el que el ejército paquistaní también interviene contra la comunidad de los “refugiados políticos” uzbecos. Esta extraña guerra local indica que en las FATA, refugio de los epígonos de Al Qaeda y retaguardia de la guerra afgana, el panorama yihadista dista mucho de ser monolítico y algo se está moviendo en su seno. Porque es aquí donde el mulá Omar, expulsado de Kabul en 2001, ha reorganizado su ejército, con una novedad: ha empezado a alistar a jóvenes patanes. Así, mientras en su origen los talibanes eran refugiados afganos (generalmente pastunes) acogidos en los campos de refugiados paquistaníes, ahora el nuevo ejército talibán —neotalibán, habría que decir— ha logrado granjearse el espíritu guerrero de los jóvenes patanes. Mientras tanto, aunque entre los neotalibanes también hay algunos hermanos paquistaníes, hasta marzo se habían alistado también uzbecos, chechenes, árabes y chinos. Pero la guerra de marzo dice que ya no es así.

En realidad, la presencia en las áreas tribales de los extranjeros, y probablemente también de los talibanes afganos, ha sido controvertida. A los hermanos de la Umma se les debe hospitalidad, pero lo que puede funcionar con los pastunes afganos, afines por lengua y costumbres a los patanes, con los extranjeros ya es otra cosa. Esto por un lado, pero lo que nos interesa destacar es lo siguiente: durante la guerra con la URSS, como ha explicado muy bien el analista Graham Usher, los jóvenes patanes no se sintieron muy atraídos por el yihad afgano. Lo apoyaban, eso sí, y también participaron, pero cuando aparecieron los talibanes en los años noventa, ellos no se “talibanizaron”. Por lo tanto, la simpatía hacia los talibanes, que como hemos dicho habían reclutado a jóvenes inadaptados sobre todo en los campos de refugiados afganos, nunca había sido muy intensa en el llamado cinturón tribal paquistaní, donde —esto es lo importante— todavía estaba vigente el viejo sistema de los maliques, jefes tradicionales de las tribus, figuras laicas y custodios de las tradiciones, además de correas de transmisión entre las tribus patanas y el gobierno. En las FATA los mulás estaban en su sitio, sometidos a la autoridad de los maliques. Pero en 2004, cuando la presión usamericana obligó a Musharraf a intervenir en las FATA para desalojar a los epígonos de Al Qaida y a los talibanes del mulá Omar, algo ocurrió. La llegada de militares de Islamabad se percibió como una traición y una vulneración de las antiguas reglas de no injerencia en los territorios tribales. Al combatir contra un enemigo común (Paquistán), los lazos entre patanes y talibanes se estrecharon. Hoy ya no es mera hospitalidad, sino guerra común contra el mismo enemigo. Lo cual fortalece el poder de los talibanes y los mulás en detrimento del de los maliques, que por su papel de mediadores con el gobierno son tachados a menudo de traidores. A muchos de ellos los han matado, mientras los talibanes se han convertido en los nuevos héroes de la FATA, los defensores de la autonomía de la región. Su prestigio político suscita la aprobación y admiración de los jóvenes patanes de las zonas tribales.

La talibanización de Paquistán

El rumbo cambió en 2006, cuando Musharraf se decidió a negociar un alto el fuego en las áreas tribales a cambio de una serie de promesas, entre ellas la de no dar asilo a los extranjeros. Pero esta vez tuvo que negociar también con el mulá Omar y los talibanes. Fue un modo de reconocer su peso político y el peso político de los mulás. La guerra contra el terror ha producido un nuevo monstruo.

¿Se han talibanizado las FATA? En parte sí y, lo que es peor, también se está talibanizando una parte de Paquistán que queda fuera del cinturón tribal. El poder de los mulás en Karachi y Peshawar va en aumento. También va en aumento la influencia de la antes citada MMA, la coalición de los partidos islamistas que mantiene buenas relaciones con los talibanes. Esto también es un subproducto de la guerra afgana.

Ahora ya pueden ustedes juntar las piezas del rompecabezas, siempre que hayan tenido la paciencia de seguirnos. Pero el panorama es bastante claro. La guerra produce monstruos, y monstruos radicales. Paquistán influyó lo suyo en el conflicto afgano, pero ahora esta influencia le está estallando entre las manos. Este artículo sólo es una invitación a no simplificar demasiado, siguiendo la opinión común de que la culpa de la guerra de Afganistán la tiene Paquistán. Sin duda tiene sus culpas —como se ve en Islamabad o quizá en Kingston y, desde luego, en Waziristán—, pero el juego es muy complicado. Si Paquistán se hunde en el caos, el fuego afgano será una hoguera capaz de incendiar una porción del subcontinente. Que, aunque muchos no se han dado cuenta, ya está ardiendo.

Fuente: http://www.lettera22.it/showart.php?id=6963&rubrica=74

Emanuele Giordana, fundador y director de la asociación independiente de periodistas Lettera 22, ha pasado largas temporadas en Asia y América del Sur y ha escrito varios ensayos sobre Asia en revistas especializadas. Es autor, junto con Guido Corradi, del libro La scommessa indonesiana.
Juan Vivanco es traductor de Cubadebate, Rebelión y Tlaxcala. Este texto se puede reproducir libremente con fines no comerciales a condición de respetar su integridad y mencionar a sus autores y la fuente.

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