Se oficializa el cisma en el seno de los chiítas por la ocupación de Iraq

Gara
Era cuestión de tiempo y ayer se consumó finalmente la salida del movimiento chiíta al-Sadr del Gabinete iraquí. En el punto de mira de Washington por su oposición a la ocupación y su creciente predicamento entre la juventud y la depauperada población chiíta iraquí, se cierra así una etapa de tactismo iniciada por este grupo hace un año. Paréntesis que le ha servido para extenderse por el sur del país.

El movimiento chiíta Al Sadr consumó ayer su salida del Ejecutivo del Irak ocupado por la negativa del primer ministro, Nuri al-Maliki, de establecer un calendario de retirada de las tropas estadounidenses del país.

Un millón de personas salieron a las calles de la ciudad santa chiíta de Najaf el pasado 9 de abril convocadas por este movimiento exigiendo el fin de la ocupación. Los convocantes reclamaron a al-Maliki que por lo menos pusiera fecha a una retirada gradual estadounidense.

Sordo a este emplezamiento, el primer ministro aseguró la semana pasada en su gira por Asia que «no le veo utilidad alguna a un calendario de retirada», e insistió en que serán determinantes «los logros y las victorias sobre el terreno».

Por contra, y mientras oficializaba el anuncio de retirada de los seis ministros de esta corriente que participaban en el Gabinete iraquí, el portavoz del bloque al-Sadr, Naser al Rubai, recordó, como otras razones de la deserción de este grupo «el deterioro de la seguridad y la degradación de los servicios básicos» en el país ocupado.

El movimiento, liderado por el joven líder chiíta Moqtada al-Sadr, cuenta con alrededor de 40 escaños en el Parlamento (a sus 32 diputados hay que sumar un puñado de independientes aliniados con el grupo), lo que le configura como el grupo chiíta más numeroso.

Crisis larvada

Al-Sadr ya amenazó el pasado mes de diciembre con abandonar la coalición parlamentaria chiíta, que con el nombre de Alianza Unida Iraquí contaba hasta ayer con 130 escaños. El detonante fue la reunión entre al-Maliki y el presidente de EEUU, George W. Bush, el mes de noviembre en Amman (capital de Jordania).

Entonces dio marcha atrás después de que arrancara al primer ministro al-Maliki un compromiso de que sometería al Parlamento cualquier eventual permiso o renovación para el estacionamiento de tropas extranjeras en Irak. Compromiso a todas luces incumplido.

Algo ha cambiado, sin embargo, desde entonces. La puesta en marcha por parte de EEUU del Plan de Seguridad para Bagdad el pasado 14 de febrero ha puesto en el punto de mira de los ocupantes al movimiento al-Sadr. Su líder lleva meses sin realizar comparecencia pública alguna, lo que sirve a EEUU para propagar infundados rumores de que habría buscado refugio en la vecina Irán.

Los bastiones tradicionales de este movimiento, preferentemente Medina al-Sadr (populosa barriada chiíta de Bagdad) y el área de Diwaniya, más al sur, han sido duramente castigadas por los diseñadores del plan y sus habitantes denuncian que son el principal objetivo de los ataques ocupantes, más incluso que la resistencia sunita.

En uno de sus últimos informes, el Pentágono califica a la milicia de al-Sadr, el Ejército de El Mahdi, como «la amenaza más grave contra la estabilidad y la seguridad de Irak» y no duda en airear supuestos vínculos de estas milicias, compuestas por 25.000 hombres, con Irán.

Sorprende esta acusación de EEUU, cuando es el principal socio que le queda a al-Maliki en la coalición gubernamental chiíta, la Asamblea Suprema para la Revolución Islámica (ASRII), el histórico aliado de Irán en Irak. Sus milicias, Badr, fueron directamente entrenadas y armadas por Teherán y copan las estructurales policiales del Gobierno colaboracionista iraquí.

Este hecho no es óbice para que EEUU apunte siempre al Ejército de El Mahdi como el responsable de todas y cada una de las matanzas de represalia protagonizadas por efectivos policiales en los últimos meses.

De lo que no hay duda es de que el cada vez más pujante movimiento al-Sadr, que gana adeptos entre la juventud y las clases más desfavorecidas, se está revelando como el principal escollo para EEUU en su diseño del Irak post-ocupación.

Mientras la Casa Blanca minimizaba el alcance de la crisis, al-Maliki se permitió ironizar asegurando que la dimisión «me permitirá nombrar a seis nuevos ministros eficaces».

Reacción que muestra que el primer ministro no ha hecho sino cumplir los deseos de Washington y forzar la salida de esta corriente de la vida institucional del Irak ocupado.

Otra cosa es que le salga a cuenta, ya que se trata de la segunda deserción que sufre en meses la alianza gubernamental. Y que podría oficializarse una tercera, si el también chiíta Iyad Alawi, con cinco ministro y 30 diputados consuma su ruptura, lo que obligaría a convocar las terceras elecciones en un plazo de dos años y medio.

Muestra de fuerza en Basora

Decenas de miles de iraquíes respondieron al llamamiento del movimiento al-Sadr y salieron a las calles de la ciudad de Basora, al sur, para exigir la dimisión del «corrupto» gobernador de la provincia.

Pese a que el convocante era un nuevo grupo autodenominado «La Ira de Basora», pocos dudan de que el movimiento al-Sadr está detrás de esta iniciativa opositora, en un intento de ampliar su fuerza en las zonas del sur del país, hasta hace poco prohibidas para sus seguidores.

El gobernador Mohamed al-Waeili es una de las figuras del partido islamista chiíta Al-Fadhila, pujante movimiento regional que cuenta con 15 diputados en el Parlamento de Bagdad y que protagonizó la primera deserción del bloque gubernamental del al-Maliki.
bajas y «errores”

El Pentágono informó de la muerte de tres soldados en las últimas horas, lo que eleva a 3.300 las bajas mortales estadounidenses. Sus compañeros mataron ayer «por error» a tres policías iraquíes en la convulsa Ramadi.
Occidente no se preocupa de los casi 4 millones de desplazados

Amnistía Internacional ha hecho un llamamiento a EEUU y a la Unión Europea a tomar medidas «urgentes y concretas» para ayuda a los 3,5 millones de personas desplazadas por la crisis provocada por la ocupación de Irak y ha alertado de que Oriente Medio está al borde de una nueva «crisis humanitaria».

Según las cifras que maneja esta asociación de defensa de los derechos humanos, con sede en Londres, un millón de iraquíes se ha visto obligados a convertirse en desplazados en su propio país, mientras dos millones de personas han buscado refugio en países vecinos.

La llamada «comunidad internacional debe inmediatamente aliviar la situación de los refugiados iraquíes en Siria y Jordania (…) Hay un límite a lo que estos dos países pueden realmente hacer para asimilar la continua llegada de refugiados», alerta la organización.

AI instó a ambos países a que «detengan las devoluciones de ciudadanos iraquíes» a su país, mantengan sus fronteras con Irak abiertas y permitan la entrada de refugiados aunque advirtió de «crecientes signos de animadversión hacia los iraquíes entre las poblaciones locales», sobre todo en Jordania, que albergaría ya a alrededor de un millón de refugiados

El alto comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), Antonio Guterres, convocó para hoy de urgencia una conferencia sobre esta crisis. Crisis aún mayor, según otras organizaciones, que aseguran que los desplazados superan los 4 millones. El 30% de la población de Bagdad habría huido de sus casas.

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