Un éxodo no precisamente bíblico

 

Julio Pomar

Argenpress

 

La avalancha multitudinaria de la salida de mexicanos a Estados Unidos en busca de trabajo, trae a la memoria aquella truculenta frase argentina de cuando la dictadura militar se entronizaba, hace varias décadas, en aquella nación hermana: “El último que salga, que apague la luz”.

Paran los pelos de punta las cifras dadas a conocer el pasado fin de semana en la reunión conjunta en Washington del Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI) sobre la expulsión de mexicanos hacia el exterior, a Estados Unidos. México, asentó un informe del BM, se convirtió en el mayor expulsor de trabajadores migrantes del planeta. Salieron del país entre 2000 y 2005, nada menos que dos millones de personas para buscar trabajo en Estados Unidos, que resulta una cifra sin precedente comparándola con la de hace una década, de 1990 a 1995, que fue una emigración de un millón 800 mil mexicanos, aunque esta ya estaba muy cercana a la actual.

Constituye un lamentabilísimo “record mundial”, ante el que palidecen los magros de nuestros atletas. México se situó en el primer lugar de migrantes al exterior, con esos dos millones de expatriados por razones sociales y económicas. En segundo sitio quedó China, con un millón 950 mil en el mismo periodo. En tercer lugar, Pakistán, con un millón 850 mil. En cuarto, la India, con un millón 750 mil. Los siguieron Irán, un millón 379 mil; Indonesia, un millón; Filipinas, 900 mil y Ucrania con 700 mil. Otro dato del BM es que de los muchos millones de personas que desde 1990 cambiaron de residencia en busca de trabajo, la emigración desde América Latina alcanzó 4 millones 12 mil personas, lo cual implica que la mitad de este movimiento estuvo relacionada con mexicanos. Estas son las cifras duras y, suponemos, reales del Banco Mundial, organismo al servicio de los intereses de los países ricos del mundo.

Significa el despertar amargo del sueño de grandeza y fantasía que acunamos durante décadas pero que fue una pesadilla agudizada en los años neoliberales, o sea, a partir de 1982, con la presidencia de Miguel de la Madrid. El empobrecimiento de México se confirma con estas cifras, de manera más elocuente que las cifras estadísticas, muchas veces equívocas, del INEGI. Y pone a la clase dirigente de México ante el compromiso de atender en serio esta situación, sin dilaciones suicidas. La sangría de mano de obra mexicana, cada vez más calificada, es un crimen contra el propio país. Los índices y volúmenes de las remesas de los migrantes mexicanos, las segundas en monto sólo después de los ingresos en dólares por ventas de petróleo, y muy por encima de la inversión extranjera y de lo captado en el turismo, indican el grave estado en que se encuentra la economía nacional.

Los costos no sólo son económicos, sino sociales y psicológicos. Los “pueblos fantasma” que han surgido como hongos por todas las partes del territorio mexicano, dicen a las claras que es brutal la destrucción del tejido social (llamada anomia por los sociólogos). Pero principalmente son económicos, en un primer acercamiento. Imaginemos cuánto se hubiera enriquecido México de no existir este éxodo que, por el contrario, ha ido a nutrir de mano de obra barata a la economía aún más poderosa del mundo, o sea, México ha financiado con muy bajo beneficio, el crecimiento material estadunidense.

No hay empleos en México, ni siquiera para satisfacer una mínima demanda nacional. Ante estas cifras resulta una gran mentira la afirmación de que los mexicanos sólo salen para buscar mejores sueldos, que aquí no encuentran. La migración masiva habla de otro fenómeno muy distinto, el del despoblamiento de regiones enteras de México por no haber empleos. Un éxodo que no es bíblico, como el de los judíos a Egipto, y que no habrá de ser registrado con orgullo por ningún mexicano que tenga bien puesta la cabeza sobre los hombros.

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