Las quejas, a Yeltsin

Retrato de los últimos años de su mandato

Mónica G. Prieto

El Mundo

 

Dejo a otros los homenajes amables al ex presidente ruso. Las imágenes que quedaron grabadas en mi memoria después de cuatro años en Rusia, los de su segundo mandato, poco tienen que ver con ese Yeltsin aguerrido que desafió al sistema encaramado a un tanque.

Recuerdo una de las pocas veces que tuve ocasión de encontrarle en persona, en un acto oficial celebrado en su palacio del Kremlin: Yeltsin se tambaleaba y apenas conseguía mantener los ojos abiertos, puede que a causa de la bebida o del cansancio .

Seguramente él habría dicho que tenía motivos para ambas cosas: corría 1997 y la economía no terminaba de despegar. La criminalidad organizada acaparaba poder al tiempo que los oligarcas, los empresarios favorecidos por las reformas salvajes emprendidas por Yeltsin, se enriquecían de una forma desproporcionada mientras la clase media/baja perdía poder adquisitivo.

La gente había empezado a vender sus propiedades básicas (desde vajillas resquebrajadas hasta manoseados libros de toda una vida ) en las estaciones de metro para ganar unos rublos con los que redondear sus ingresos, los escasos restaurantes estaban destinados para ese 4% de la población “extremadamente rica” (ni siquiera los extranjeros se lo podían permitir), la corrupción hacía la burocracia insoportable y los ajustes de cuentas a navajazos proliferaban por la capital.

Lo peor llegaría un año después, cuando en una de las numerosas crisis de Gobierno Boris Yeltsin destituyó al Ejecutivo al completo, incluyendo al entonces primer ministro Víctor Chernomirdin, y asumió por unas horas los poderes de primer ministro y presidente en su persona, algo incompatible según la Constitución. Los inversores se espantaron, el rublo cayó el 100% y los mercados se vaciaron como en los tiempos de la Unión Soviética .

Es sólo una muestra de la errática política que llevaba a cabo. Entre 1998 y 2000 nombró a cuatro primeros ministros diferentes, ninguno de los cuales logró mejorar la situación económica. Al tiempo, los magnates financieros y políticos que le rodeaban se beneficiaban de sus favores acumulando verdaderas fortunas en un momento en que la evasión fiscal era habitual y la de divisas ascendía a entre 1.000 y 2.000 millones de dólares al mes.

Cuando Yeltsin abandonó el poder, las mafias controlaban el 30% de la economía del país (“la mafia son ellos”, me dijo una vez un coronel de la Policía rusa al pasar frente al Parlamento). Otro dato en mi recuerdo: cuando dimitió el 97% de la población no le apoyaba. Su delfín, el oscuro Vladimir Putin, gozaba del respaldo del 1% de la población.

Acoso a Chechenia

En 1999 se abrió otro frente definitivo: justo cuando se aproximaba la fecha en la que, según los acuerdos de paz firmados en Jasavyurt en 1996 (que marcaron la victoria de los chechenos contra los rusos, con la que aquéllos se ganaron de facto su independencia) Yeltsin volvía a lanzar a sus tropas a ocupar la pequeña y castigada república caucásica . Acusó a los chechenos de estar tras la oleada de atentados que mató a 300 personas en agosto de 1999, pero eso sonó a excusa: Moscú no podía negociar la independencia de Chechenia y abrir así el camino a la autodeterminación de otras muchas autonomías.

Así fue como 150.000 soldados invadieron una república para acabar con los 5.000 combatientes que, según Moscú, la defendía. Y así consumó Yeltsin por segunda vez su crimen como ya lo hizo en 1994, durante la primera y fracasada ofensiva . Como resultado de sus dos guerras, en una década Chechenia pasó de dos millones de habitantes a 800.000. Las estimaciones más conservadoras hablan de 200.000 civiles muertos a manos rusas, y llegó a haber 250.000 refugiados. Existen campos de concentración y torturas y los desaparecidos son incuantificables.

Por eso, cuando pienso en Boris Yeltsin mi memoria evoca una vivencia. En diciembre de 1999, pocos días antes de su dimisión, un nutrido grupo de soldados rusos supervisaba en una carretera chechena la huída de civiles que escapaban de los bombardeos en Grozni, a unos pocos kilómetros de distancia.

Era una fila interminable de gente agotada y aferrada a sus hatillos, mujeres, niños y ancianos en su mayoría, que llevaba meses sometida a las bombas. Muchos de ellos eran rusos. Una mujer con un niño de la mano espetó a un soldado: “¿Cómo podéis hacer esto a civiles desarmados?” El militar, de unos 20 años, respondió estoico: “Remita cualquier queja a Boris Nicoláyevich Yeltsin”. Imagino que esa es la razón por la que siempre que recuerdo la matanza rusa en Chechenia me entra la tentación de remitir quejas en forma de denuncias a un Yeltsin que ya no las podrá afrontar .

* Mónica G. Prieto trabajó como corresponsal en Moscú entre 1996 y 2000.

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