Rusia frente al belicismo estadounidense

Neoconservadores de Washington

Vladímir Simonov*

La sociedad rusa derrumbó ella misma el comunismo poniendo fin a la Guerra Fría entre las dos superpotencias pero a pesar de todo esto los extremistas neoconservadores de la administración Bush siguen insistiendo en el peligro que representa Rusia. Sin embargo la opinión pública internacional está más bien convencida que el real peligro para la paz mundial es el belicismo hegemónico de los EEUU.

Estos días medios informativos occidentales comentaban afligidos la noticia de que, supuestamente, las unidades de misiones especiales del Ministerio del Interior de Rusia utilizaban la foto de Litvinenko como blanco de entrenamiento.

Comparto por completo esa inquietud. Pero dudo de que cualquier oficial ruso pueda recurrir a esa estupidez.

Por otra parte, prueben a ponerse en lugar de millones de rusos que al leer la prensa matutina el jueves pasado, se enteran de que todo su país fue convertido por la Secretaría de Defensa de EEUU en blanco del Ejército norteamericano. Y no como blanco virtual, sino real, cuando EEUU considere que Rusia representa demasiado peligro.

Solamente en estos términos se puede interpretar la declaración sensacional emitida por el jefe del Pentágono quien de improviso puso a Rusia a la cabeza de la lista de adversarios norteamericanos. Al aclarar porqué Estados Unidos necesita no sólo unidades motorizadas adaptadas para la persecución de los terroristas, sino también contingentes terrestres más poderosas destinados a sostener guerra contra los Ejércitos grandes, Robert Gates mencionó una lista chocante de países, cuyas fuerzas armadas son potencialmente peligrosas para EEUU:. «Necesitamos todo el espectro de medios militares, ya que no sabemos que pueda suceder en los países tales como Rusia, China, Corea del Norte e Irán», declaró el secretario de Defensa.

Se podría suponer que Gates hubiera alargado casualmente el habitual «eje del mal» por supuesta negligencia inexplicable de quienes le prepararon el discurso. Resulta que no es así. Pues, a renglón seguido, el orador insistió en esta idea, lo que hace pensar que es clave para él. Esta vez la idea fue expuesta sin tapujos. «Además de la lucha contra el terrorismo global, advirtió el jefe del Pentágono, debemos enfrentarnos a los peligros que arrostra EE UU debido a las ambiciones nucleares de Irán y Corea del Norte, y a las posturas imprecisas de Rusia y China que, además, están incrementando sus armamentos».

Dejemos a un lado China. Pero sería difícil para el titular encontrar un momento más desacertado para lanzar tales reproches a Rusia. El presidente de EEUU acaba de presentar al Congreso el proyecto de presupuesto federal para el año fiscal de 2008, en que del total de 2,9 billones de dólares, la parte leonina, es decir, 700 mil millones de dólares está destinada a los gastos militares. Entre sus rubros figuran el creciente financiamiento de las guerras en Iraq y Afganistán, un apreciable aumento de las fuerzas armadas de EEUU y la elaboración de los sistemas coheteriles fabulosamente costosos.

Si Rusia, cuyo presupuesto militar es 25 veces inferior al norteamericano, se dedica al «incremento de armamentos», inquietante en opinión de Robert Gates, ¿a qué se dedica entonces Estados Unidos? ¿Cuál sería la reacción de la humanidad si nosotros utilizáramos la misma escala de inquietud a la carrera armamentista desatada por EEUU?

Resulta más intrigante e incluso asombrosa la alegación hecha por el secretario de Defensa a las «posturas imprecisas de tales países como Rusia…». Es simplemente inconcebible que Robert Gates, sovietólogo vitalicio, conocedor de la administración de Rusia en general y del período Gorbachov-Yeltsin, en particular, y durante cierto tiempo, experto en cuestiones de Rusia adjunto a la Casa Blanca, ex director de la CIA, califique de imprecisa la postura del Kremlin.

Acude a la memoria el hecho siguiente: en diciembre de 2006 las posiciones de Rusia le parecían tan claras que incluso comenzó a explicarlas a los senadores de EEUU que discutían la posibilidad de confirmarlo en el puesto de jefe del Pentágono. Robert Gates en persona explicó entonces que Vladímir Putin «se esfuerza porque Rusia recupere el estatus de gran potencia, intenta resucitar la dignidad nacional y, por esta razón, goza de gran popularidad en Rusia».

La intervención en las audiciones senatoriales podría hacer pensar a muchos que Gates personifica una política exterior más realista, apareció casi como el portador de la «paloma de la paz» también respecto a la fórmula de las relaciones con Rusia, y como el tan esperado opositor a los neoconservadores, entre ellos, su predecesor Donald Rumsfeld y otro titular recién destituido: el embajador de EEUU ante la ONU, John Bolton.

Los idealistas no pudieron evitar la ilusión quimérica de que los adeptos a la teoría del «siglo norteamericano», es decir, la reestructuración del mundo según los estándares de valores norteamericanos, están abandonando sus posiciones en la Administración washingtoniana, al ser desplazados por los personajes más tolerantes y más susceptibles a la opinión de la comunidad mundial como Robert Gates.

Los analistas norteamericanos fueron los primeros en caer en la trampa de estos halagüeños extravíos. Comenzaron a pronosticar el alivio de las relaciones EE UU-Rusia. Por ejemplo, Ariel Cohen del Centro de Investigaciones Heritage Foundation vaticinó a la sazón que con la aparición de Gates en la Administración norteamericana «se emprenderá el intento de ampliar la cooperación militar y de política militar con Rusia».

¡Vanas esperanzas! Al contrario, Washington intenta emplazar los componentes de lanzamiento y radares de la defensa antimisil en Polonia y Chequia. Hemos observado el traslado del mayor radar naval norteamericano desde las Hawaii en el Pacífico a las Islas Aleutas en el Mar de Bering próximo a la Kamchatka rusa.

Hemos oído la promesa de Michael McConnnell, nuevo director del servicio de inteligencia de EEUU, de «prestar mayor atención a Rusia». McConnell nombró a un coordinador especial de operaciones de espionaje orientadas a Rusia ampliando la plantilla de funcionarios que ya controlan la situación en Iraq, Irán, Cuba y Venezuela. De tal modo, Moscú se incluye en la misma lista, negra desde la óptica de Washington.

Y, por último, el jueves pasado el secretario de Defensa Robert Gates, declara sin tapujos que el Ejército norteamericano ha de estar preparado para la guerra contra Rusia.

¿Qué pasó con la cooperación estratégica entre la Casa Blanca y el Kremlin?

Creo que ese fenómeno tiene muchos componentes. Pero, en resumidas cuentas, el motivo está a la vista: dolorosos reveses en Iraq, el fracaso de la misión proyectada de convertir el Gran Oriente Próximo en polígono de experimentación del modelo occidental de democracia y, como resultado, la bancarrota sufrida por la doctrina neoconservadora de «nuevo siglo norteamericano». Todo esto impulsa a la Administración de Estados Unidos a buscar las causas de esos fracasos fuera del país, respectivamente, a los supuestos culpables de los errores propios.

En este contexto, Rusia teniendo en cuenta su economía en proceso de intenso desarrollo, la creciente influencia de que goza como importantísimo suministrador de hidrocarburos y la nueva seguridad de sus líderes parece un blanco adecuado para tiros de demostración.    Vladímir Simonov

Comentarista en asuntos políticos y analista.

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