Norteamérica: vetada la mayoría

Vladímir Símonov, RIA Novosti. El 2 de mayo de 2003 la pista del portaaviones “Abraham Lincoln” recibió el avión, a bordo del cual se encontraba el presidente de EEUU, quien se situó bajo la pancarta que exhibía la orgullosa y pretenciosa inscripción “Misión cumplida” y proclamó concluida la operación militar en Iraq.

Cuatro años después, la misma fecha, George Bush se vio obligado a vetar el proyecto de ley presentado por el Congreso que vincula la financiación de las operaciones militares en Iraq y Afganistán con la retirada de las tropas norteamericanas de Iraq.

El Pentágono no recibirá los 124,2 mil millones de dólares solicitados, si no comienza a evacuar el contingente militar en octubre del corriente y terminarlo hacia abril, se dice en la declaración del Congreso controlado por los demócratas. El presidente se opuso rotundamente y por segunda vez durante seis años de su estancia en la Casa Blanca, impuso el veto.

Este clinch- recurriendo a la terminología boxística- del poder ejecutivo al legislativo de Norteamérica no fue inesperado. Bush realizó lo que hace mucho había prometido. Y por consecuencia los motivos del veto presidencial son origen del asco que experimentan los norteamericanos. Bush lamenta que el Congreso haga caso omiso de la opinión de los generales estadounidenses que están en el campo de batalla en Iraq y de los políticos que ni olieron la pólvora. Y por enésima vez, enumera las horribles secuelas que podría traer la retirada de las tropas.

De nuevo los norteamericanos han vuelto a oír que el pueblo iraquí se vería desmoralizado y decepcionado (como si este pueblo no hubiera sido escindido en clanes beligerantes). A ellos se les inculca también que esto sería una señal alentadora para los asesinos en todo el Oriente Próximo (como si la invasión de EEUU a Iraq no hubiera producido el efecto precisamente de esa señal) Y el hecho de que se concretice la retirada de Norteamérica del territorio iraquí se convertirá en la fecha de su derrota (como si el fracaso de la campaña iraquí de EEUU fuera una novedad).

En su discurso el presidente pasó por alto, mejor dicho, hizo concientemente caso omiso del problema principal. Su veto al proyecto de ley significa el veto a la voluntad de los electores norteamericanos.

El electorado aseguró a los demócratas la mayoría en ambas Cámaras del Congreso, los que en noviembre ganaron las intermedias sobre la plataforma antimilitar. En los últimos seis meses esos ánimos se han acentuado. Según los datos del sondeo del Wall Street Journal – NBC News, hechos públicos la semana pasada, el número de norteamericanos que apoyan el plan del Congreso de retirar las tropas de Iraq sobrepasa el de sus belicosos compatriotas (el 56% contra el 37%). Además, el 55% de los encuestados están convencidos de que es imposible ganar la guerra iraquí que ya cobró la vida de 3350 norteamericanos y de centenares de miles de iraquíes, a despecho de los sueños con la victoria que acarician la Administración y el generalato.

Pues bien, el veto ha sido proclamado, y ahora ¿qué?

Ambos bandos de signo contrario -el Congreso y la Casa Blanca- cayeron en una situación bastante delicada.

Los demócratas comprenden perfectamente que ya no pueden dejar de un plumazo a decenas de miles de jóvenes norteamericanos que arriesgan la vida en Iraq sin moderno material bélico, municiones, comida caliente, en fin, todo lo que corre a cargo de la financiación federal que ya se agota en junio. Sería una profanación del patriotismo, lo que no podrán comprender también aquellos norteamericanos que en noviembre votaron a favor de los demócratas.

A este respecto existen consideraciones solapadas. A decir verdad, los demócratas se afligirían mucho, si su proyecto de ley fuese aprobado por el presidente. En esos 19 meses que quedan hasta las presidenciales en EEUU., lo que menos quisieran los demócratas sería asumir la responsabilidad por los sucesos en Iraq. Que quienes tramaron el caos, respondan por él. Desde el punto de vista de los demócratas, les es mucho más ventajoso adelantar hoy nobles ideas pacificadoras que no se hacen realidad por culpa de los adversarios políticos. Quieren hacer ver cómo se preocupan por acelerar el retorno de los jóvenes norteamericanos a sus hogares. Y “a nuestras buenas intenciones responden con el fuego de las armas de grueso calibre: el veto presidencial”.

Por otro lado, la espada de Damocles de la carrera electoral presidencial se cernió sobre los republicanos. En su seno arraigan los recelos: la inflexible argumentación ortodoxa de Bush a favor de la guerra impopular podrá costar muy caro a su partido en las elecciones del 4 de noviembre de 2008.

Como resultado, la objetiva realidad política de Norteamérica empuja al Congreso y la Casa Blanca a aceptar compromiso.

Según todos los indicios, ni la Cámara de Representantes ni el Senado podrán reunir dos tercios de votos para el veto presidencial: demasiado insignificante es la superioridad numérica de los demócratas. Tiene más probabilidades otro guión: los demócratas podrán dar marcha atrás respecto al calendario de retirada de las tropas. En resumidas cuentas, tienen un sinnúmero de otras posibilidades para introducir esta exigencia en los futuros documentos, por ejemplo, en el proyecto de ley que legalice las operaciones del Pentágono en 2008, que será sometido a la consideración del Congreso ya a mediados de mayo. Lo que los demócratas no darán a Bush, es el cheque en blanco para que pueda proseguir la guerra.

A su vez, la Casa Blanca podrá calmar las pasiones de los demócratas moderando las condiciones que se le imponen al gobierno de Iraq. Por ejemplo, obligar al premier Nuri al-Maliki a garantizar en un grado mayor la seguridad y consentir en el reparto de los dividendos provenientes de la extracción de petróleo.

LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDIRÁ OBLIGATORIAMENTE CON LA DE RIA NOVOSTI

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