La humanidad al borde de su extinción

Hugo Blanco

Rebelión

El informe del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático señala que por “acción humana” hay un acelerado calentamiento global. Cada día constatamos sus efectos con la desaparición de los glaciares, la desaparición de arroyos, el avance de la desertificación, la subida de los mares, los huracanes, entre otros efectos.

El Instituto de la Empresa Estadounidense está ofreciendo a científicos y economistas $USA 10,000 por escribir artículos que critiquen ese informe.

Es la peor amenaza para la humanidad aunque no la única. Las otras son: El proyecto de Bush de producir 35 mil millones de galones de etanol matando de hambre a las poblaciones pobres del planeta. El envenenamiento de aguas y suelos por la minería y los hidrocarburos. El agujereo de la capa de ozono que nos defiende de los rayos ultravioletas del sol. La tala indiscriminada de bosques y selvas. Las bombas atómicas. El uso de agroquímicos, etc.

El mundo está dirigido por grandes empresas multinacionales a través de gobiernos a su servicio. Vivimos la más alta expresión del individualismo capitalista, el neoliberalismo.

Esas empresas cuyo fin es lograr las más elevadas ganancias en el menor tiempo posible sacrifican a la mayoría de la humanidad, sacrifican a la naturaleza y por lo tanto a su propia descendencia al cumplimiento de ese sacrosanto objetivo.

El millonario británico Richard Branson, dueño de la aerolínea Virgin que acompaña a Al Gore en su campaña contra el calentamiento global, organizó un concurso que otorga 25 millones de dólares al científico que presente un proyecto comercial que logre eliminar los gases de efecto invernadero. Cuando le dijeron que él también contribuía al calentamiento global con su aerolínea, él contestó “es cierto, pero ¿qué hago?, si saco mi aerolínea inmediatamente ese espacio será ocupado por la British Airway”. Tenía toda la razón.

No es un problema de conocimiento, ni un problema moral, ni de acción individual, es problema del sistema económico y político.

La ecologista Silvia Ribeiro señala “……la tendencia más extrema y peligrosa es la geoingeniería: la manipulación intencional del clima y el ambiente planetario.”

“Existen iniciativas gubernamentales y privadas que van desde la fertilización de los océanos con nanopartículas de hierro (para tratar de bajar la temperatura de los mares y desviar huracanes) hasta lanzar nanopartículas de compuestos sulfatados al cielo para crear una capa que intercepte los rayos solares. Todas tienen en común que podrían causar catástrofes de desequilibrios y contaminación inéditas.”

La raíz del problema está en el eje individualista del sistema que ha llegado a su máxima expresión con el neoliberalismo.

La única posibilidad de salvación de la humanidad está en que no esté gobernada por las grandes empresas sino por ella misma, en forma no individualista sino colectivista, solidaria.

La humanidad en su conjunto, teniendo como objetivo fundamental su supervivencia, estudiará la forma de contrarrestar el calentamiento global, usando para ese objetivo los adelantos científicos y técnicos.

A eso nos referimos cuando hablamos de que “otro mundo es posible”, eso expresamos los indígenas quechuas cuando hablamos de la extensión del “ayllu” (comunidad solidaria indígena) a todos los niveles de la organización social, a eso se refiere la gente cuando habla de socialismo. El nombre no interesa, lo que buscamos es una organización colectivista, solidaria, humanista.

Repito:

Si no se abandona el egoísta individualismo cada vez más exacerbado del actual sistema económico y político y se lo sustituye por un sistema colectivista y solidario, la humanidad y gran parte del mundo vivo acabarán pronto, matados por lo que llaman la “acción humana” que es en realidad la acción antihumana del sistema.

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¿Es Afganistán la siguiente derrota?

Immanuel Wallerstein

La Jornada

Todos saben que Estados Unidos ha perdido la guerra en Irak. Hoy, la política de Washington DC es simplemente una serie de maniobras entre republicanos y demócratas para posicionarse a sí mismos, de modo que el otro partido pague el precio electoral del fiasco. ¿Será Afganistán la siguiente derrota? Hace seis años Osama Bin Laden predijo que Estados Unidos sufriría la misma derrota que la Unión Soviética. ¿Estaba en lo cierto?

Después del 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos y Gran Bretaña se dirigieron contra el régimen afgano de los talibanes con miras a cambiarlo -decisión que hoy sabemos ya había tomado Estados Unidos desde julio de 2001, dos meses antes del 11 de septiembre. El principal argumento público era que el régimen albergaba a los líderes de Al Qaeda y sus campos de entrenamiento. El presidente Bush le hizo un ultimátum a los talibanes el 21 de septiembre, el cual rechazaron, y el 7 de octubre las tropas estadunidenses-británicas invadieron.

En ese entonces casi todo el mundo estaba del lado de los invasores. Los talibanes eran el modelo mismo de un terrible y aterrador régimen. No sólo daban refugio a Al Qaeda (y con orgullo), sino que imponían la práctica de una versión extrema de la sharia musulmana (o “ley islámica”, como se le conoce), y eran particularmente crueles y severos con las mujeres -negándoles empleo, educación y la posibilidad de abandonar sus hogares, a no ser que salieran cubiertas con una muy extensa burka (gran velo utilizado en muchos países islámicos, pero que en Afganistán asume la forma de una amplia y total túnica), y las acompañara un pariente adulto hombre. Entonces, cuando Estados Unidos invadió, casi todo el mundo aplaudió -no sólo los aliados occidentales de Estados Unidos, sino también (recordemos) Rusia e Irán. Casi la única resistencia provino de Pakistán.

Por supuesto, esas reacciones no fueron sorpresa. Hacía mucho tiempo que Rusia respaldaba a un grupo antitalibán conocido como la Alianza del Norte, compuesto por grupos étnicos diferentes de la mayoría pashtún, que era la base de las fuerzas talibanes. De igual modo, Irán había estado apoyando a un grupo antitalibán con el que tenían lazos étnicos. Y en cuanto a Pakistán, los talibanes eran sus protegidos, y la agencia de inteligencia paquistaní (ISI) era el principal respaldo de éstos. Sacar del poder a los talibanes significaba sacar a Pakistán de su esfera de influencia (vacío al que los hindis se apresuraron a precipitarse).

Para entender lo que ocurrió desde 2001, debemos llevar el relato por lo menos 30 años atrás. En el siglo XIX Afganistán fue terreno en disputa entre Rusia y Gran Bretaña. En el periodo posterior a 1945 se convirtió en terreno de disputa entre la Unión Soviética y Estados Unidos. En 1978 el Partido Democrático del Pueblo de Afganistán (PDPA), comunista, derrocó al gobierno -en contra de los deseos de Moscú. Dado que el PDPA estaba compuesto por dos facciones en fuerte competencia (divididas, en parte, según líneas étnicas), se desencadenó un periodo de luchas intestinas entre los comunistas, a las cuales fue arrastrada la Unión Soviética. Finalmente, en diciembre de 1979 las tropas soviéticas entraron en Afganistán para intentar estabilizar la situación.

Años más tarde Zbigniew Brzezinski reveló que Estados Unidos hizo todo por arrastrar a la Unión Soviética hacia Afganistán, anticipando que se volvería su “Vietnam”. En tanto, Estados Unidos y Pakistán respaldaron muy activamente el entrenamiento y armamento de los mujaidines islamitas, quienes buscaban derrocar al régimen comunista. Osama Bin Laden era uno de aquellos para quienes el entrenamiento militar fue regalo de Estados Unidos. El régimen comunista no era ningún idilio, pero por lo menos era laico y ofrecía muy extensos derechos a las mujeres. Nada de esto fue cierto en ningún régimen subsecuente.

La invasión soviética resultó ser, de hecho, una experiencia semejante a Vietnam para la Unión Soviética -muy costosa en vidas, dinero y respaldo popular en casa-, y durante el gobierno de Gorbachov los soviéticos comenzaron a retirarse. Sin embargo, la guerra civil no cesó. De hecho, se expandió. Porque ahora había grupos de ex mujaidines que competían por instalarse en el poder en Kabul.

Tras varios años de una guerra civil desgastante y destructiva, un grupo de “estudiantes”, conocidos como talibanes, con respaldo del ejército paquistaní, barrieron el país, ocuparon Kabul y para alivio general establecieron una suerte de orden. Sin embargo, muy pronto resultó que el “orden” que establecieron no era del gusto de todos. Los pashtún eran el grupo étnico más grande, pero de ninguna manera el único importante. Y los otros se sintieron excluidos. Además, los talibanes se volvieron más vociferantes en ser islamitas, lo que incluyó la destrucción de una de las maravillas arqueológicas de Afganistán -dos enormes estatuas budistas. Y el líder de los talibanes, el mullah Omar, estableció una relación cercana con Osama Bin Laden. De ahí la invasión estadunidense en 2001.

En ese momento volvieron los grupos en competencia que los talibanes habían corrido. Y de inicio se estableció un nuevo orden, con la ayuda militar de Estados Unidos y la intervención diplomática de Naciones Unidas. Se creó un gobierno nacional encabezado por Hamid Karzai, quien estableció su autoridad en Kabul -pero no realmente en el resto del país. El orden se deterioró de nuevo, y en 2003 comenzó a resurgir la fuerza militar talibán, con la tolerancia tácita de Pakistán.

Debido a que Estados Unidos se hallaba embrollado en Irak, apeló a la OTAN para que ayudara. En enero de 2006, la seguridad la asumió la Fuerza de Asistencia en Seguridad Internacional de la OTAN (NISAF, por sus siglas en inglés), con unidades de un gran número de países -Gran Bretaña, Canadá, Holanda, Dinamarca, Australia, Estonia, Noruega, Francia, Italia, Nueva Zelanda. Sin embargo, la mayoría de estos países fueron renuentes a usar sus tropas -y cada uno estableció reglas diferentes de involucramiento e insistió en localizaciones particulares para sus tropas (con frecuencia prefiriendo Kabul, el lugar más seguro). Ahora, en virtualmente cada uno de estos países, hay un activo debate político en torno a si deben mantener sus tropas allá.

Entonces, los talibanes están de regreso y tienen fuerza. NISAF puede no sobrevivir por mucho más tiempo. Y es poco probable que remerjan los modernizadores laicos, que eran los comunistas. ¿Acaso pensamos realmente que hay un ángel que cuida al mundo occidental y que dice “buen trabajo”?

Traducción: Ramón Vera Herrera

La Globalización en retirada

Walden Bello

Revista Pueblos

A comienzos de la década de 1990, se presumía que la globalización sería la ola del futuro. Hace quince años, los documentos de los pensadores globalistas como Kenichi Ohmae y Robert Reich celebraron el advenimiento del surgimiento del llamado mundo sin fronteras. El proceso por el cual las economías nacionales relativamente autónomas se transformarían en una economía global única funcionalmente integrada era pregonado como irreversible.

Cuando se lo incorporó por primera vez como término al vocabulario inglés a comienzos de la década de 1990, se presumía que la globalización sería la ola del futuro. Hace quince años, los documentos de los pensadores globalistas como Kenichi Ohmae y Robert Reich celebraron el advenimiento del surgimiento del llamado mundo sin fronteras. El proceso por el cual las economías nacionales relativamente autónomas se transformarían en una economía global única funcionalmente integrada era pregonado como irreversible.

Y aquellos que se oponían a la globalización fueron descartados con desprecio como una encarnación moderna de los ludistas que destruían las máquinas durante la Revolución Industrial.

Quince años después, a pesar de las marcas de productos que se consumen en todo el mundo y el aprovisionamiento externo, lo que se entiende por economía internacional sigue siendo una colección de economías nacionales. Estas economías son interdependientes, sin lugar a dudas, pero los factores domésticos determinan todavía en gran medida su dinámica.

La globalización, en realidad, ha alcanzado su nivel más alto y comienza a retroceder.

Predicciones brillantes, resultados decepcionantes

Durante el apogeo de la globalización se nos dijo que las políticas de Estado ya no importaban y que las grandes compañías pronto dejarían pequeños a los Estados. En realidad, los Estados todavía importan. La Unión Europea, el gobierno estadounidense y el Estado chino, son actores económicos más fuertes hoy que hace una década. En China por ejemplo, las empresas transnacionales marchan al son que toca el Estado y no a la inversa.

Es más, las políticas de Estado que interfieren con el mercado para desarrollar estructuras industriales o proteger el empleo todavía hacen la diferencia. De hecho, a lo largo de los últimos diez años, las políticas de gobiernos intervencionistas han marcado la diferencia entre el desarrollo y el subdesarrollo, la prosperidad y la pobreza. La imposición de controles al capital en Malasia durante la crisis asiática entre 1997-98 evitó que este país sufriera un proceso traumático como el de Tailandia o Indonesia. Los controles estrictos al capital también protegieron y aislaron a China del colapso económico que devoró a sus vecinos.

Hace quince años nos dijeron que esperáramos el surgimiento de una elite capitalista transnacional que manejaría la economía mundial. Ciertamente, la globalización se transformó en la “gran estrategia” de la administración Clinton, que avizoraba a la elite estadounidense primera entre pares en una coalición mundial liderando el camino hacia un nuevo y benigno orden mundial. Ese proyecto está hoy hecho trizas. Durante el reinado de George W. Bush, la facción nacionalista ha superado ampliamente a la facción transnacional de la elite económica. Los Estados de corte nacionalista están hoy compitiendo duramente unos contra otros, buscando que su propia economía se imponga sobre las otras.

Hace una década nacía la Organización Mundial del Comercio (OMC), sumándose al Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI) como uno de los pilares del sistema de gobernanza de la economía internacional en la era de la globalización. Con aire triunfalista, los funcionarios de los tres organismos se reunieron en Singapur durante la primera reunión ministerial de la OMC en diciembre de 1996, y definieron la tarea pendiente de la “gobernanza mundial” como el logro de la “coherencia” – es decir, la coordinación de las políticas neoliberales de las tres instituciones para asegurar la integración tecnocrática de la economía mundial, sin sobresaltos.

Pero ahora Sebastián Mallaby, el influyente comentarista pro-globalización del Washington Post, se queja de que “la liberalización del comercio se ha estancado, la cooperación para el desarrollo es menos coherente de lo que debería ser, y la próxima conflagración financiera será atendida por un bombero herido”. En realidad, la situación es peor aún de como él la describe. El FMI está prácticamente difunto. Conscientes de que el Fondo precipitó y empeoró la crisis financiera asiática, más y más países en desarrollo se niegan a pedir prestado del Fondo o están pagando por adelantado, a la vez que algunos declaran su intención de no volver a pedirle al Fondo nunca más. Entre estos países se incluyen Tailandia, Indonesia, Brasil y Argentina. Como el presupuesto del Fondo depende en gran medida del pago de las amortizaciones de la deuda de estos grandes prestatarios, este boicot se traduce en lo que un experto describe como “una reducción inmensa del presupuesto del organismo”.

El Banco Mundial parece gozar de mejor salud que el Fondo. Pero habiendo tenido un papel central en la debacle provocada por las políticas de ajuste estructural que dejó a la mayoría de los países en desarrollo y las economías en transición que las implementaron, con mayor pobreza, más desigualdades y en estado de recesión, también el Banco atraviesa una crisis de legitimidad. Para agravar las cosas, un panel de expertos oficiales de alto nivel encabezado por el ex economista en jefe del FMI Kenneth Rogoff descubrió recientemente que el Banco ha manipulado sistemáticamente sus datos para hacer prevalecer su posición pro-globalización y ocultar los efectos adversos de la globalización.

Pero donde la crisis del multilateralismo es quizá más aguda es en la OMC. En el mes de julio pasado, la Ronda de negociaciones de Doha para una mayor liberalización del comercio llegó a su fin abruptamente cuando las conversaciones entre el llamado Grupo de los Seis se rompieron agriamente a raíz de la negativa de Estados Unidos a recortar sus enormes subsidios a la agricultura. El economista pro-libre comercio estadounidense Fred Bergsten comparó una vez a la liberalización del comercio y la OMC con una bicicleta: se cae si no avanza. El colapso de la organización que uno de sus directores generales describió una vez como la “joya en la corona del multilateralismo” podría estar más cerca de lo que parece.

Por qué se estancó la globalización

¿Por qué se vino a pique la globalización? Primero que nada, se exageró el alcance de la globalización. El grueso de la producción y las ventas de la mayoría de las transnacionales sigue teniendo lugar dentro de su país o región de origen. Existe solamente un puñado de compañías verdaderamente globales cuya producción y ventas están relativamente dispersas por igual en distintas regiones.

En segundo lugar, en vez de haber forjado una respuesta común y cooperativa ante la crisis mundial de sobreproducción, estancamiento y ruina ambiental, las elites capitalistas nacionales han competido entre sí para lograr esquivar el peso del ajuste. La administración Bush por ejemplo, ha promovido una política de un dólar débil como forma de fomentar la recuperación y crecimiento de la economía estadounidense a costa de Europa y Japón. También se ha negado a firmar el Protocolo de Kioto para lograr que Europa y Japón deban absorber los mayores costos del ajuste ambiental mundial, y conseguir de esta forma que la industria estadounidense resulte comparativamente más competitiva. Si bien la cooperación puede ser la opción estratégica racional desde el punto de vista del sistema capitalista mundial, los intereses capitalistas nacionales están preocupados fundamentalmente en no perder frente a sus rivales en el corto plazo.

Un tercer factor ha sido el efecto corrosivo del doble discurso desplegado descaradamente por la potencia hegemónica, Estados Unidos. Aun cuando la administración Clinton sí intentó encaminar a Estados Unidos hacia el libre comercio, la administración Bush, por el contrario, ha predicado hipócritamente el libre comercio y al mismo tiempo practica el proteccionismo. Por cierto, la política comercial de la administración Bush parece ser libre comercio para el resto del mundo y proteccionismo para Estados Unidos.

En cuarto lugar, ha habido una gran distancia entre la promesa de la globalización y el libre comercio y los resultados efectivos de las políticas neoliberales, que han sido más pobreza, desigualdades y recesión. Uno de los pocos lugares donde ha habido una disminución de la pobreza en los últimos 15 años es China. Pero fueron las políticas intervencionistas del Estado que controló las fuerzas del mercado, y no las prescripciones neoliberales, las responsables de haber sacado de la pobreza a 120 millones de chinos. Por otra parte, los defensores de la eliminación de los controles de capital han tenido que enfrentar el colapso real de las economías que adoptaron esta política a raja tabla. La globalización del sector financiero tuvo lugar mucho más rápido que la globalización de la producción. Pero demostró ser la avanzada no de la prosperidad sino del caos. La crisis financiera asiática y el colapso de la economía argentina, que afectaron a dos de los practicantes más doctrinarios de la liberalización de las cuentas de capital, constituyeron dos hitos decisivos en la revuelta de la realidad contra la teoría.

Otro factor que contribuye al quiebre del proyecto globalista deriva de su obsesión por el crecimiento económico. Por cierto, el crecimiento infinito es la médula de la globalización, el resorte central de su legitimidad. Si bien un informe reciente del Banco Mundial continúa –contra toda lógica—exaltando el crecimiento rápido como la clave para la expansión de la clase media en el mundo, el calentamiento global, el agotamiento inexorable del petróleo barato (peak oil) y otros eventos ambientales hacen que la población comience a tener claro que el ritmo y los patrones de crecimiento que acompañan a la globalización son una prescripción a toda prueba para alcanzar un Armagedón ecológico.

El último factor, que no debe subestimarse, es la resistencia popular a la globalización. Las batallas de Seattle en 1999, Praga en 2000 y Génova en 2001; la marcha masiva contra la Guerra realizada en todo el mundo el 15 de febrero de 2003, cuando el movimiento anti-globalización se metamorfizó en movimiento mundial contra la guerra, el fracaso de la reunión ministerial de la OMC en Cancún en 2003 y el casi fracaso de Hong Kong en 2005; el rechazo de los pueblos de Francia y Holanda a la Constitución Europea favorable a la globalización neoliberal en 2005 –fueron todos ellos encrucijadas claves de la lucha mundial de toda una década que ha hecho retroceder al proyecto neoliberal. Pero estos eventos de alto perfil no han sido más que la punta del iceberg, la suma de multitud de luchas contra el neoliberalismo y la globalización en miles de comunidades en todo el mundo, en las que han participado millones de campesinos, trabajadores, estudiantes, pueblos indígenas y muchos sectores de la clase media.

Postrada pero no vencida

Si bien la globalización puede estar postrada, aún no ha sido vencida. A pesar del descrédito, muchas políticas neoliberales continúan aplicándose en muchas economías ante la falta de alternativas creíbles a los ojos de los tecnócratas. Ante el panorama de estancamiento en la OMC, las grandes potencias comerciales están haciendo hincapié en los tratados de libre comercio (TLC) y los acuerdos de asociación económica (EPA, por su sigla en inglés) con los países en desarrollo. Estos tratados y acuerdos son de muchas maneras más peligrosos que las negociaciones multilaterales de la OMC, ya que a menudo exigen mayores concesiones en términos de acceso a los mercados y una aplicación más estricta de los derechos de propiedad intelectual.

Sin embargo, ya no todo es tan fácil para las grandes empresas y las potencias comerciales. Los neoliberales doctrinarios están siendo relevados de cargos importantes, dando paso a tecnócratas pragmáticos que a menudo subvierten las políticas neoliberales en la práctica, presionados por los movimientos populares. En el caso de los TLC, el Sur global está comenzando a darse cuenta de los peligros que implican y comienza a oponerles resistencia. Gobiernos clave de América del Sur, bajo la presión de sus ciudadanos, descarrilaron el Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA) –el gran plan de George W. Bush para el continente americano—durante la conferencia de Mar del Plata en noviembre de 2005.

Asimismo, una de las razones por las cuales mucha gente resistió al Primer Ministro Thaksin Shinawatra en los meses que precedieron al reciente golpe de Estado en Tailandia fue su afán por concluir un tratado de libre comercio con Estados Unidos. Por cierto, en enero de este año cerca de 10.000 manifestantes intentaron tomar por asalto el edificio de Chiang Mai, en Tailandia, donde funcionarios de los gobiernos de Estados Unidos y Tailandia negociaban el tratado. El gobierno que sucedió a Thaksin ha suspendido la negociación del TLC entre Estados Unidos y Tailandia, y el éxito de los tailandeses ha inspirado a los movimientos que en todas partes del mundo buscan frenar la firma de los TLC.

El retroceso de la globalización neoliberal es más marcado en Latinoamérica. Bolivia, país que ha sido explotado durante mucho tiempo por los gigantes extranjeros del sector energético, ha nacionalizado sus recursos energéticos bajo la presidencia de Evo Morales. Néstor Kirchner de Argentina ha dado el ejemplo de cómo los gobiernos de los países en desarrollo pueden enfrentar al capital financiero, al forzar a los tenedores de bonos del Norte a aceptar solamente 25 centavos por cada dólar que les adeudaba Argentina. Hugo Chávez ha lanzado un ambicioso plan para la integración regional, la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA), un proyecto fundado en la cooperación económica genuina en lugar que en el libre comercio, y en el cual las transnacionales del Norte tienen muy poca o ninguna participación, y que está orientado por lo que el propio Chávez describe como una “lógica más allá del capitalismo”

La globalización en perspectiva

Hoy en día, la globalización no parece haber sido una nueva fase superior del desarrollo del capitalismo sino una respuesta a la crisis estructural subyacente a este sistema de producción. Quince años después de que fuera proclamada como la ola del futuro, menos que una “nueva fase exitosa” de la aventura capitalista, la globalización parece haber sido un esfuerzo desesperado del capital mundial para escapar de la recesión y el desequilibrio en que se sumió la economía mundial en las décadas de 1970 y 1980. El colapso de los regímenes socialistas centralizados en Europa Central y del Este distrajo la atención de la gente de esta realidad al comenzar la década de 1990.

Mucha gente de los círculos progresistas todavía piensa que la tarea del momento es “humanizar” la globalización; sin embargo, la globalización es una fuerza desgastada. La multiplicación de los conflictos económicos y políticos de la actualidad se parece, en todo caso, al período posterior al fin de lo que los historiadores llaman la primera era de la globalización, que se extendió desde 1815 a la irrupción de la Primera Guerra Mundial en 1914. La tarea urgente no es timonear a la globalización comandada por las transnacionales hacia una orientación “social demócrata”, sino administrar su retirada para que no traiga el mismo caos y los mismos conflictos que caracterizaron su ocaso en aquella primera era.

* Walden Bello es profesor de sociología en la Universidad de Filipinas y director ejecutivo del instituto de investigación Focus on the Global South que tiene su sede en Bangkok. Este artículo ha sido publicado en http://www.tni.org. Una versión ampliada de este trabajo titulada “The Capitalist Conjuncture: Overaccumulation, Financial Crises, and the Retreat from Globalisation” se puede encontrar en la edición más reciente de Third World Quarterly (Vol. 27, No. 8, 2006).

BANCO DEL SUR SERÁ CONSTITUIDO EN JUNIO CON CAPITALES DE SEIS PAÍSES

Por ABN

El Banco del Sur será constituido en junio con capitales de Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador, Paraguay y Venezuela, naciones que al mismo tiempo esperan implementar una moneda sudamericana, informaron este jueves los ministros de Economía de esos países reunidos en Quito.

«El 22 ó 26 de junio los presidentes de los países planean firmar un manifiesto fundacional del Banco del Sur», declaró el titular ecuatoriano de Economía, Ricardo Patiño, reseñó la agencia AFP.

Según el funcionario, la entidad será presentada posiblemente en Caracas con ocasión de la Copa América de Fútbol o en Paraguay durante una cita del Mercado Común del Sur (Mercosur).

En horas de la mañana de este jueves el ministro ecuatoriano señaló que el Banco del Sur arrancaría con un capital inicial de 7 mil millones de dólares, de los cuales 600 millones de dólares serían aportados por Venezuela.

Recordó que las reservas internacionales que tienen las seis naciones mencionadas suman 164 mil millones de dólares, dinero que está depositado en bancos de Estados Unidos y de Europa.

Los acuerdos y medidas que se adopten en este encuentro serán analizados, posteriormente, por los titulares de Economía con los dignatarios de sus respectivos territorios.

La declaración firmada por los ministros de Economía de Argentina, Bolivia, Ecuador, Paraguay y Venezuela implica la decisión de Brasil de formar parte como socio pleno de esta iniciativa.

En este encuentro realizado en la ciudad de Quito, la capital ecuatoriana, participaron por Argentina la ministra de Economía, Felisa Miceli; sus homólogo de Brasil, Guido Mantega; de Ecuador, Ricardo Patiño; de Bolivia, Luis Alberto Arce; de Paraguay, Ernest Bergen, y de Venezuela, Rodrigo Cabezas.

La conformación del Banco del Sur fue lanzada el pasado 21 de febrero en la ciudad venezolana de Puerto Ordaz por el presidente de ese país suramericano, Hugo Chávez Frías, y por su homólogo argentino, Néstor Kirchner.

El objetivo del Banco del Sur es financiar, de manera más rápida y efectiva que otras instituciones bancarias de fomento regionales, los proyectos de desarrollo en Suramérica.

BANCO DEL SUR RESOLVERÁ FINANCIAMIENTOS DE MEDIANO Y LARGO PLAZO

Por ABN

El Banco del Sur resolverá los problemas de financiamiento que atentan contra el desarrollo de los distintos países de América del Sur.

Así lo manifestó el presidente del Banco del Tesoro, y miembro de la Comisión Técnica de Venezuela dedicada a la creación del nuevo organismo financiero latinoamericano, Blagdimir Labrador Mendoza.

A su juicio, las comisiones técnicas de los países involucrados, Venezuela, Bolivia, Argentina, Brasil, Paraguay y Ecuador, vienen trabajando arduamente, y, desde el punto de vista técnico, están preparando los informes preliminares que permitirán, a través de los ministros y los presidentes, la constitución del Banco del Sur.

«Nosotros venimos avanzado significativamente en la Constitución del Banco del Sur», dijo.

A criterio estrictamente personal, Labrador Mendoza comentó que «los organismos multilaterales como el Banco Mundial vinieron a América Latina a financiar la seguridad social y los fondos de pensiones. ¿Y por qué lo hicieron?. Porque eso representa el ahorro interno».

A su juicio, «en este último punto, el ahorro interno puede y debe ponerse al servicio del desarrollo de los países involucrados, porque son fuentes de financiamiento de mediano y largo plazo».

Para el economista, desde hace mucho tiempo, uno de los problemas estructurales que presenta América Latina es que no hay verdaderas fuentes de financiamiento de mediano y largo plazo.

Asimismo, refirió que es el ahorro interno el que debe estar al servicio del desarrollo de los países. «De ahí que grandes proyectos que se requieren para el área petroquímica, petrolera e industrial, tengan recursos suficientes para ser invertidos en las diversas áreas».

«Se quiere realizar grandes obras para el desarrollo industrial y agropecuario por eso necesitamos concretar de manera expedita el Banco del Sur», comentó Labrador Mendoza.

Presentó como ejemplo que en América Latina se quiere financiar el Gran Gasoducto del Sur y la red ferroviaria que interconectará a los países andinos.

Según reportó la agencia AFP, el Banco del Sur será constituido en junio del presente año con la colocación de capitales de Venezuela, Bolivia, Argentina, Brasil, Paraguay y Ecuador, naciones que al mismo tiempo esperan implementar una moneda sudamericana, informaron los ministros de Economía de esos países.

«El 22 ó 26 de junio los presidentes de los países planean firmar un manifiesto fundacional del Banco del Sur», declaró el titular ecuatoriano de Economía, Ricardo Patiño, reseñó la agencia francesa.

De acuerdo con el funcionario, se espera que la entidad sea presentada en Caracas con ocasión de la Copa América de Fútbol, o en Paraguay, durante una cita del Mercado Común del Sur (Mercosur).

El ministro ecuatoriano señaló que el Banco del Sur arrancaría con un capital inicial de 7 mil millones de dólares, de los cuales 600 millones de dólares serían aportados por Venezuela.

Recordó que las reservas internacionales que tienen las seis naciones mencionadas suman 164 mil millones de dólares, dinero que está depositado en bancos de Estados Unidos y de Europa.

La conformación del Banco del Sur fue lanzada el pasado 21 de febrero en la ciudad venezolana de Puerto Ordaz por el presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo Chávez Frías, y por su homólogo argentino, Néstor Kirchner.

El objetivo del Banco del Sur es financiar, de manera más rápida y efectiva que otras instituciones bancarias de fomento regionales, los proyectos de desarrollo en Suramérica.

El largo brazo del narco-paramilitarismo colombiano

Hernando Calvo Ospina

Rebelión

“Imprudences ou connivences” -Imprudencias o connivencias- titula el articulo firmado por Laurence Mazure, en el mensual francés Le Monde Diplomatique, publicado en la edición de mayo.

Dice la periodista que el escándalo actual sobre la vinculación de altos responsables políticos colombianos con el paramilitarismo, todos relacionados con el presidente Álvaro Uribe Vélez, también ha sacado a relucir los posibles “apoyos internacionales de los que se han beneficiado los paramilitares. Incluyendo en Francia.”

En el articulo se dice que “Varias personalidades colombianas comprometidas” en la “parapolítica”, como el senador Miguel de la Espriella y Carlos Ordosgoitia, alto funcionario y director del Instituto Nacional de Concesiones, INCO, organismo de Estado, han señalado la presencia de “dos universitarios de la Sorbonne”, de origen argentino actuando como consejeros políticos de los jefes de las Autodefensas Unidas de Colombia, AUC, Carlos Castaño y Salvatore Mancuso durante una reunión ilegal y clandestina, en Railito, julio 2001.”

Continúa diciendo que según Espriella, “los dos universitarios propusieron la creación de un movimiento comunitario y político que, de cierta manera, defendiera las ideas de las Autodefensas y llevara a un proceso de paz. (1)” Por su parte, el director del INCO habría declarado dos días más tarde: “dos profesores de la Universidad de la Sorbonne, de cuyos nombres no me acuerdo, pero que ya algunos diputados habían visto en la Universidad Militar, tomaron la palabra (…) y expusieron su visión de lo que para ellos era el conflicto colombiano (…) y explicaron cómo el resto del mundo ve a Colombia. Después, ellos expusieron una estrategia cuya finalidad era convertir a las Autodefensas en “un actor político reconocido del conflicto interno” (…)”

El articulo dice que curiosamente el día anterior Ordosgoitia sí sabía el nombre de uno expositores, al haberlo mencionado durante una entrevista por Radio Caracol: Mario Sandoval, “relacionado con el Instituto de Altos Estudios de América Latina, IHEAL-Paris, con la Universidad de la Sorbonne, y la Universidad de Marne-la-Vallée.” (2)

Y aquí la periodista pasa a revelar que Sandoval también está vinculado a los “medios llamados de la “inteligencia económica””. Cuenta cómo “a finales de noviembre 2006 el sitio web de la embajada de Francia en Chile indicaba que Sandoval “universitario encargado de misión en la dirección de Inteligencia económica de la ACFCI [Asamblea de las Cámaras francesas de Comercio y de la Industria]”, fue parte de una “importante delegación” alrededor de la persona de Alain Juillet –sobrino de Pierre Juillet, ex consejero del presidente Jacques Chirac- gran patrón, próximo de los medios de la defensa, director de la Dirección General de la Seguridad Exterior, DGSE, en 2002, y nombrado recientemente por Nicolás Sarkozy como director de Inteligencia Económica en el gabinete del Primer Ministro.”

Dice la autora que en esa oportunidad se realizó un coloquio en el Museo Militar de Santiago, donde Sandoval era uno de los organizadores. En esa oportunidad la “sociedad civil colombiana” estaba “representada” por la “organización no gubernamental” Verdad Colombia. Esta organización, dice la periodista, es una “para-ONG”, que en su página web “retoma como suyos los discursos de propaganda del líder paramilitar Castaño en 1999-2000 (…)”.

Queda una pregunta flotando en el aire y necesaria a investigar: ¿quién, o qué institución del Estado francés, introdujo a este personaje en los medios académicos universitarios?

En una entrevista acordada al semanario bogotano El Espectador el 25 de febrero, el segundo “profesor” se destapó. Se trata del también argentino Juan Antonio Rubbini Melato: quien no tiene ninguna relación con la Sorbonne o el IHEAL, pero sí es “asesor político” de Castaño y Mancuso desde 1999. Según la redactora de LMD, los textos que publica en su blog llamado “Paz en Colombia”, demuestran “el desprecio total por la clase política colombiana en contraste con la exaltación fascinante de un proyecto donde “la visión de un [presidente] Uribe ligado a la institución política de las AUC está a punto de hacer un milagro”.”

No se precisa qué “milagro”. ¿Quizás el de ver realizado el paraestado, ese proyecto que viene en desarrollo desde hace más de dos décadas?.

A ese breve pero muy importante artículo se podrían añadir los datos siguientes.

Desde hace por lo menos diez años los propios paramilitares, en especial los presuntamente asesinados jefes narcoparamilitares Fidel y Carlos Castaño, venían anunciando que estaban siendo apoyados y asesorados por personajes de medios académicos en Europa, principalmente en España y Francia.

Ello nunca se ha tenido en cuenta para la más mínima investigación. Como tampoco a los gobiernos de Colombia y Francia les ha interesado investigar sobre las posibles propiedades que los Castaño poseen en Paris, “según fuentes policiales y los servicios de inteligencia”. (3) Según reconoce Carlos, a comienzos de los noventa su hermano “pagaba dos años de alquiler por una habitación en el hotel Ritz de la ciudad Luz”. (4) Uno de los hoteles más lujosos de Paris. Y es bueno recordar que en esas fechas Fidel participaba del aparato militar de Pablo Escobar, pero también era pieza clave de los servicios de seguridad colombianos en las masacres realizadas contra campesinos en las regiones de Urabá y del Magdalena Medio, por ser presuntos simpatizantes de las guerrillas.

Todo indica que desde ese tiempo se empiezan las cercanías de los paramilitares con ciertos intelectuales de derecha en Europa.

Ahora, aportando a lo informado por Le Monde Diplomatique, también se debe de decir que en los “pasillos” del Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia se sabe que Sandoval, aparentemente experto en contrainsurgencia urbana, se ofreció ante la dirección de la guerrilla colombiana del Ejército de Liberación Nacional, ELN, como intermediario para que el gobierno francés recibiera a sus máximos dirigentes. ¿Era una trampa? ¿Una forma de buscar infiltrarla? No se olvide que ya en esos momentos Sandoval asesoraba a dos de los peores narcotraficantes, paramilitares y terroristas que ha tenido Colombia, Castaño y Mancuso.

Además sería muy importante averiguar quién o quienes, qué institución del estado involucró a este personaje en el mundo universitario francés.

Hernando Calvo Ospina es periodista y escritor colombiano residente en Francia. Colaborador de Le Monde Diplomatique.

1) El Tiempo, Bogotá, 26 de noviembre 2006.

2) La redacción de LMD contactó al director del IHEAL, quien sostuvo que Sandoval nunca ha sido profesor titular de esa Institución. Que tan sólo ha sido encargado de dictar cursos durante tiempos precisos.

3) La Dépêche Internationale des Drogues, N° 82. Observatorio Geopolítico de Drogas. París, agosto 1998.

4) Aranguren Molina, Mauricio, Mi confesión. Carlos Castaño revela sus secretos. Ed. Oveja Negra. Bogotá, 2001.

¿Bio o business?

Arturo M. Lozza

Red Eco Alternativo

Con la excusa de salvar el medio ambiente, los mayores contaminadores del planeta se han lanzado a un nuevo negocio que amenaza con exterminar territorios alimentarios.

Estamos ante una formidable campaña global para acelerar la producción de biocombustibles a partir de la soja, el maíz o la caña de azúcar en reemplazo de los derivados del petróleo. La justificación se fundamenta en una realidad cruda: la contaminación del medio ambiente. Y así, subidos a la cresta de la ola ambientalista, los mayores contaminadores del planeta lanzan su nueva ofensiva. La cumbre de la Unión Europea aprobó que en el 2020 un 10% del consumo total de energía provendrá de biocombustibles. Estados Unidos está inaugurando una destilería para combustibles vegetales por semana: ya están funcionando 120. Y las mismas empresas multinacionales que inventaron los transgénicos –llámense Monsanto, Nidera y Cargill-, además del potentado George Soros y otros, anuncian fuertes inversiones en destilerías y en la creación de nuevas semillas. Para completar la rueda del negocio, George Bush se reunió en marzo con las tres empresas automotoras más grandes –General Motors, Ford y Chrysler- para “adaptar sus productos a la nueva generación de biocombustibles” .

Argentina se subió a la nueva ola. Este febrero fue reglamentada la ley 26.093 que crea un régimen de desgravaciones e incentivos para la producción de biocombustibles.

Las consecuencias no se han hecho esperar. En el último año el precio internacional del maíz más que se duplicó. Estados Unidos, principal productor mundial del grano, lo vende a México un 150% más caro. Por lo tanto, el precio de la tortilla, alimento básico de los mexicanos, se elevó abruptamente y provocó masivas protestas. Para muchos, fue el primer campanazo.

Lester Brown, director del Earth Policy Institute y ex funcionario de varios gobiernos estadounidenses, advirtió: “La cantidad de cereal que se necesita para llenar un tanque de 25 galones (casi 100 litros ) con etanol una sola vez alcanza para alimentar a una persona un año entero”. Por eso –añadió- “la competición por los granos entre los 800 millones de automovilistas y los 2.000 millones de personas más pobres que hay en el mundo puede conducir a revueltas populares”.

También en Argentina se sienten los altos precios del maíz en los bolsillos del consumidor. Se encareció la tierra y, por ende, subirán los costos de todos los sembrados.

La polémica está abierta. Los movimientos sociales lanzan voces de alerta y no son pocos los investigadores con visiones muy distintas a las planteadas por las petroleras ahora devenidas destiladoras del combustible verde. El periodista británico George Monbiot, por ejemplo, hizo cálculos y descubrió que “para mover solamente nuestros coches y autobuses con biodiesel se requerirían sembrar 25,9 millones de hectáreas. Sin embargo, existen en el Reino Unido solo 5,7 millones de hectáreas. Si esto sucediese en toda Europa, las consecuencias sobre el suministro de alimentos serían desastrosas”.

Ricardo Mascheroni, investigador de la Universidad Nacional del Litoral, también hizo cálculos: “si hoy el mundo abandonara la quema de hidrocarburos y pasase a los biocumbustibles, se necesitarían plantar una cantidad de hectáreas equivalentes a varios planetas”. El Ingeniero Miguel Baltanás, investigador superior del CONICET, apuntó además que para incorporar biodiesel en un porcentaje de tan sólo el 2%, “sería necesario emplear el 50% de la producción mundial de aceites vegetales”. De esto podemos inferir –añade Marcheroni- que si el porcentaje fuera del 4% del total, deberíamos usar todos los aceites vegetales que se producen en el mundo. Entonces –se pregunta- ¿con qué haremos las papas fritas?

Pero lo que está en juego es mucho más que la fritura de papas, es una concepción sobre lo que vendrá: ¿business o alimentos para toda la humanidad? Lo cierto es que el negocio de las multinacionales amenaza con exterminar territorios alimentarios. Y por lógica consecuencia, habrá más hambre y más devastación ambiental. Porque además los biocombustibles, tal como están planteados, no mitigarán el cambio climático: “La combustión de biodiesel –nos señala el ingeniero Baltanás- produce más óxidos de nitrógeno, los que en la atmósfera producen un efecto invernadero 24 veces superior al de dióxido de carbono”.

La conclusión a la que llegan entonces Mascheroni y otros es la siguiente: “¿En dónde vamos a producir alimentos, si tendremos que tapizar de soja, maíz y otros monocultivos hasta los canteros de las casas? Estamos frente a otra propuesta colonial de multinacionales que además de la soja, su aceite o el biodiesel que se exporta, se llevan el agua y los nutrientes del suelo y nos dejan la contaminación, la desertificación, la aniquilación de biodiversidad y la pérdida de calidad de vida. Un negocio redondo”.

Imperialismo biológico

Miguel Angel Altieri, doctor en agroecología y profesor en la Universidad de Berkeley, California, considerada uno de las mayores de la investigación del medio ambiente en relación con los movimientos sociales, denunció qué hay detrás del ‘proyecto sobre biocombustibles. Señaló: “Los biocombustibles son una tragedia ecológica y social. Con su producción se creará un problema muy grande de soberanía alimentaria, ya que hay miles de hectáreas de soja, caña de azúcar y palma africana que se van a expandir, lo que va a producir una deforestación masiva. Esto ya está pasando en Colombia y en el Amazonas. Además va a aumentar la escala de producción de monocultivos mecanizados, con altas dosis de fertilizantes y específicamente Atrazina, que es un herbicida muy nocivo con irrupción endocrina.

El desarrollo de los biocombustibles no tiene ningún sentido energético, ya que todos los estudios que se han hecho demuestran que se necesita más petróleo para fabricar biocombustible. Por ejemplo, en el caso del etanol de maíz se necesitan 1,3 kilocalorías de petróleo para producir una kilocaloría de bioetanol.

Estamos ante el diseño de una nueva estrategia de reproducción por parte del capitalismo, que está tomando el control de los sistemas alimentarios. Se está produciendo la alianza inédita de multinacionales petroleras, biotecnológicas, de autos, los grandes mercaderes de granos y algunas instituciones conservacionistas que van a decidir cuáles van a ser los grandes destinos de los paisajes rurales de América Latina.

Para que Estados Unidos produzca todo el etanol que necesita para reemplazar su petróleo, debería cultivar seis veces su superficie. Entonces, está claro que lo van a hacer en los países de América Latina y, de hecho, ya están en camino. Se trata de un imperialismo biológico”.

Verdades y falacias del ‘Libre Comercio’

El TLC recoloniza a Colombia: Acusación a Alvaro Uribe Vélez

Jorge Enrique Robledo

Argenpress

Es falsa -mentirosa, incluso, por parte de quienes no la esgrimen por ingenuidad- la teoría según la cual los países que más exportan son los que más se desarrollan, porque puede demostrarse que hay unos que aun cuando venden más que otros en el exterior, son más atrasados, en tanto los hay que exportan menos pero se hallan en un mayor avance. Las cifras son elocuentes. Si se compara la relación entre las exportaciones y el Producto Interno Bruto (PIB), que es como se miden estas cosas, se encuentra que en 2004 esta proporción era de 9,55 por ciento en Estados Unidos, de 11,84 por ciento en Japón, de 20,84 por ciento en Colombia, de 70,55 por ciento en Angola y de 84 por ciento en el Congo. Y a nadie se le ocurriría decir que Colombia posee un mayor desarrollo que Estados Unidos y Japón o que los países africanos citados son los más avanzados del grupo.

Acerca de convertir las exportaciones en el becerro de oro de la economía, así en el caso de Colombia pueda demostrarse que el “libre comercio” conduce es a mayores importaciones, caben otras consideraciones. ¿Para qué se exporta? Para generar actividad económica pero, en especial, para conseguir dólares, divisas, que permitan importar y contratar deuda externa. Y si las importaciones son de bienes de capital y de otras mercancías que no se producen en Colombia y son claves para su desarrollo, nadie objeta la ecuación. Pero si se exporta para importar lo que se produce, ¿no resulta mejor exportar menos y no hacerle un daño enorme a la economía nacional? Además, las importaciones de bienes suntuarios para satisfacer los gustos de unos cuantos, ¿sí justifican disminuir los salarios de los colombianos y regalar las materias primas mineras para poder exportar? ¿O es que van a negar los neoliberales que son el bajo precio de la mano de obra y de los bienes mineros las principales ventajas competitivas de las exportaciones nacionales? ¿Y cómo aceptar la tesis neoliberal de que es buen negocio exportar materias primas para importar bienes manufacturados, la misma concepción que durantes siglos les impusieron los imperios a las colonias que expoliaron?

En contraste con lo anterior, puede demostrarse que el auténtico progreso de países con condiciones de extensión y habitantes similares a las de Colombia descansa en el desarrollo y fortaleza de su mercado interno, es decir, en su capacidad para generar economía en torno a las compras y las ventas entre los colombianos, pues estas sustentan el 80 por ciento de la actividad del aparato económico, porcentaje incluso mayor en países como Estados Unidos y Japón. Y se cae de su peso que el principal propósito de los imperios al someter a otras naciones es apoderarse de sus mercados internos, lo que por esa misma razón estimula a sus pajes en Colombia a tirar cortinas de humo sobre su importancia, calificando el propio de “mercadito”.

En línea con las anteriores consideraciones también puede demostrarse que la principal fuente de inversión en los países no es la externa sino la interna, verdad que rebate la tesis neoliberal de que no importa lesionar las fuentes del ahorro nacional porque estas serán reemplazadas por inversión extranjera. Incluso, los propios flujos de Inversión Extranjera Directa (IED) que se mueven por el mundo, y que van y vienen principalmente entre países desarrollados, demuestran que país que no genere su propia dinámica de desarrollo ni siquiera es lo suficientemente atractivo para captar en forma notable a los inversionistas foráneos. En 2005, de los 900 mil millones de dólares de IED que se hizo en el mundo, el 69 por ciento fue a países desarrollados y apenas 68 mil millones a América Latina y el Caribe. Y en ese mismo año, el de mayor IED en Colombia en los últimos siete -y con una participación notable en la minería, en la cual invierten haya o no políticas neoliberales-, esta alcanzó alrededor del 5 por ciento del total de la inversión en el país, cifra que representa un porcentaje inferior al uno por ciento del total de la realizada en el mundo.

¿De lo anterior se deduce, entonces, que los países no deben exportar ni importar y que deben rechazar de plano toda inversión extranjera? Por supuesto que no. Ya se señaló que las relaciones económicas internacionales pueden ser provechosas y esa afirmación hace referencia, como es obvio, a vender y comprar y a invertir o recibir inversión, pero, eso sí, dependiendo de lo que le convenga al interés nacional y no al de los extranjeros, porque de saber instrumentar esas relaciones, entre otras cosas, depende si se logra el progreso o si este se anquilosa o retrocede. El detalle de cómo deben ser dichas relaciones supera el propósito de este texto, pero sí cabe dejar sentado que sus misterios ya fueron revelados precisamente por los países que han tenido éxito en el desarrollo del capitalismo, los cuales, en la conocida imagen del que patea la escalera por la que subió para que otros no puedan seguirlo, les imponen a sus satélites exactamente lo contrario de lo que ellos hicieron para construir su progreso, empezando por crear unos mercados internos enormes. Faltan a la verdad quienes, por ingenuos o por vivos, afirman que el “libre comercio” que se impone en el mundo fue la teoría y la práctica que usaron Estados Unidos, Francia y Japón, por ejemplo, para alcanzar la situación económica que hoy ostentan. Si algo debe repudiarse de los imperialistas de todos los tiempos y pelambres es una de las máximas que orientan sus relaciones internacionales: “Hagan lo que les digo, no lo que hago”. ¿Cómo no recordar las historias en las cuales, cuando no procedieron a sangre y fuego, los colonialistas españoles les entregaron a los aborígenes americanos espejitos a cambio de sus objetos de oro?

Poner las cosas en su sitio con respecto a la importancia que se le concede a construir la economía de un país como Colombia haciendo énfasis en la defensa y desarrollo del mercado interno y en la capacidad para generar ahorro nacional, y no en la falacia del desarrollo por la vía de las exportaciones, exige desnudar otro secreto bien guardado por los neoliberales. Es indiscutible que el avance de la economía en función principal de la fortaleza del mercado interno implica que hay que sacar de la miseria y la pobreza al mayor número de ciudadanos, porque de su capacidad de compra depende qué tanto puede crecer el aparato productivo y, con él, la propia riqueza de diferentes sectores de la burguesía. Por el contrario, el crecimiento económico basado en lo que se logre exportar tiene como uno de sus fines enriquecer a algunos, pero manteniendo en la pobreza y la miseria a porcentajes de poblaciones mayores que las “normales” en los países capitalistas avanzados. Porque quienes les compran a los exportadores no son sus compatriotas, sino los habitantes con mayores ingresos de las potencias o las pequeñas capas con capacidad de compra de los demás países subdesarrollados. La política de enriquecer a reventar a unos pocos en medio de la pobreza general, hasta el punto de poder equipararlos con los monopolistas de las naciones desarrolladas, como ocurre en el caso del mexicano Carlos Slim, no es nueva en América Latina, pero sí se profundiza con el neoliberalismo. ¿O no fueron las exportaciones de café de Colombia o las de estaño de Bolivia o las de cobre de Chile estrategias de desarrollo por exportaciones que no sacaron del atraso a los países, pero sí enriquecieron a un puñado?

Son esas concepciones reaccionarias las que en mucho explican por qué un funcionario de la ONU decía que los monopolistas latinoamericanos se parecen a sus pares de Estados Unidos y Europa, pero que, en cambio, la pobreza en estas tierras no se asemeja a la de los países desarrollados sino a la de los africanos, empezando porque en las metrópolis lo normal es que acose a un diez por ciento de la población, mientras que aquí lo corriente es que martirice a bastante más de la mitad. El secreto de tantas iniquidades latinoamericanas -que explican a la región como la de mayor desigualdad social del mundo y a Colombia como la undécima en la lista-, reside en una razón última que se ha agravado en los últimos tres lustros pero que se remonta a los inicios del siglo XX: los mandamases de estos países lograron separar su suerte personal de la suerte de sus naciones, de forma que les va bien aunque a la inmensa mayoría de sus compatriotas les vaya mal, porque unieron sus intereses a los de las trasnacionales extranjeras, las cuales, además, generan y coexisten con las más aberrantes de las corruptelas nativas. Si algo puede demostrarse en Colombia es que a todo lo largo del siglo XX nunca se ensayó un modelo económico que tuviera como fin elevar en serio la capacidad de compra de la población, concepción retardataria como la que más que los neoliberales pretenden llevar hasta el extremo.

El debate sobre el verdadero significado del “libre comercio” puede y debe librarse con el apoyo de la experiencia nacional y extranjera más reciente, pues esa política no es nueva, dado que viene aplicándose con consecuencias desastrosas desde hace años en América y el mundo. En el caso de Colombia, y de acuerdo con lo ya mencionado, ha sido la orientación de los cuatro últimos gobiernos, a partir de 1990 con el de César Gaviria Trujillo, período en el cual la economía nacional sufrió la peor crisis de su historia, con pérdidas irreparables para la industria y el agro y con el consecuente retroceso, también sin antecedentes, de todos los indicadores sociales. Y esa crisis tuvo como causas principales el gran aumento de las importaciones agrícolas e industriales -las cuales lesionaron la producción interna y generaron desempleo y pobreza-, las políticas de privatización que convirtieron en monopolios privados los monopolios públicos y que degeneraron en negocios lo que eran derechos ciudadanos, las medidas cambiarias y financieras que les otorgaron mayores garantías a los especuladores y la definitiva toma por parte del capital extranjero de áreas enteras de la economía en las que, o actuaba asociado con el Estado, o no estaba, o tenía presencias menores, tales como la minería, las finanzas, el comercio al por menor y toda el área de servicios públicos domiciliarios. Luego la decisión de suscribir el TLC con Estados Unidos, que tiene como propósito hacer irreversible y profundizar el “libre comercio”, ni siquiera cuenta a su favor con el subterfugio de poder alegar que traerá grandes beneficios para las gentes o que al menos tendrá consecuencias desconocidas, pues ya hay experiencia de sobra para anticipar lo que ocurrirá.

Y si la apertura -que fue la aplicación anticipada en Colombia de las políticas que se recogerían en la Ronda de Uruguay del GATT, las cuales le dieron vida a la Organización Mundial del Comercio (OMC)- causó los daños que causó, ¿cómo serán los que sobrevendrán con el TLC, si este puede definirse como un tratado OMC-plus, en el sentido de que con este tipo de acuerdos Estados Unidos confirma las normas de la OMC y define unas nuevas que no ha podido imponer en dicha organización?

Existen estudios de Planeación Nacional y del Banco de la República que explican, entre otras consecuencias negativas del TLC, que el porcentaje de crecimiento de las importaciones doblará el de las exportaciones, al igual que hay uno del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), del cual se hablará también, que anuncia las pérdidas que sufrirá Colombia en sus ventas a la Comunidad Andina (CAN), el principal mercado para sus bienes industriales de exportación. Además, nada permite concluir que se vaya a modificar la tendencia a tener unas exportaciones centradas en las materias primas, especialmente en las mineras, característica que refleja el corte colonial de la economía colombiana y que el neoliberalismo profundiza pero no crea, porque es obvio que para poder vender carbón, café o petróleo en el exterior no se requiere destruir los sectores agropecuarios o manufactureros que se perderán con el TLC o privatizar el sector público de la economía. Y es seguro que se fortalecerá también el control por parte de las trasnacionales de las exportaciones que pueda hacer Colombia, al igual que el de las principales empresas que se lucran de vender en el mercado interno.

Ningún colombiano se atrevería a proponer que Colombia compita en condiciones de absoluta igualdad con Estados Unidos, si no estuvieran detrás los inmensos poderes económicos que aúpan esa idea, así como la gran capacidad de engaño de los medios masivos de comunicación, los cuales se aprovechan de las ignorancias y los entusiasmos de las gentes, a las que, con el respaldo cínico de la tecnocracia neoliberal, les meten el cuento de que el problema de la competencia internacional no guarda relación con las condiciones de cada país, sino con la buena voluntad con la que las personas aboquen los negocios. Como una muestra de las tremendas desigualdades entre las partes, que convierten la competencia dentro del TLC en una ficción, sirve saber que el Producto Interno Bruto (PIB) de Estados Unidos es 129 veces mayor que el de Colombia, por lo que poner a los colombianos a competir con los gringos es tanto como enfrentar a una persona corriente con un gigante que mide tanto como un edificio de 54 pisos. Y también en tal aspecto el Tratado es peor que las normas de la OMC, porque estas, así sea con cláusulas mediocres que apenas si rozan el fondo del problema, establecen el trato especial y diferenciado entre los países, como una manera de reconocer las diferencias entre ellos. ¿Por qué si las concepciones democráticas exigen que las legislaciones internas de los países reconozcan y regulen las diferencias entre las partes -casos arrendador y arrendatario o empleado y empleador-, concediendo derechos distintos para medio proteger a los débiles, el TLC crea una igualdad mentirosa, que solo se atreven a alegar las mentalidades ventajistas para justificar el sometimiento de la parte débil por la fuerte?

El notable incremento de las exportaciones de México a Estados Unidos con el TLC suscrito por estos y Canadá (TLCAN), que pasaron de 52 mil millones de dólares a 160 mil millones entre 1990 y 2002, permite dos glosas que también prueban que ese no debe ser el camino de Colombia. La primera, que en la etapa del “libre comercio” el porcentaje de crecimiento de la economía mexicana fue el peor de toda su historia y que sus indicadores sociales son tan malos como los colombianos, y eso que tienen la válvula de escape de los millones de personas que, acosadas por el desempleo y el hambre, han tenido que emigrar a Estados Unidos. ¿Qué ocurrirá en ese país si el gobierno estadounidense decide no dejar entrar más mexicanos, ni siquiera por “el hueco” y a trabajar en condiciones miserables, cambio al que pueden conducir medidas como la infame muralla de concreto que se decidió construir en la frontera común? Y la segunda, que nadie puede soñar siquiera con que Colombia podrá exportarle a Estados Unidos en cantidades similares a las de México, por la simple e inmodificable razón de las distancias que separan a los unos de los otros.

También contiene una buena dosis de falsedad llamar al Tratado como de “Libre comercio”, porque este conduce al control de los monopolios y estos no generan ninguna libertad y porque sus disposiciones van bastante más allá de determinar en 6 capítulos las relaciones de importación y exportación de Estados Unidos y Colombia. Así, en otros 17 capítulos, el interés colombiano también se verá negativamente afectado por lo que se define en propiedad intelectual, inversiones, solución de controversias, sector financiero, telecomunicaciones, negocios transfronterizos y medio ambiente, entre otros aspectos. Y habrá un empeoramiento de las condiciones laborales del país, así este no haya quedado pactado, porque sus cláusulas empujan, en la práctica, en esa dirección, so pena de que Colombia pierda competitividad a la hora de exportar, de defenderse de las importaciones o de atraer inversionistas extranjeros.

Entre las manipulaciones sobre por qué Colombia debe firmar el TLC aparece como una de las principales el objetivo de mantener los menores aranceles que hoy pagan algunos empresarios colombianos que exportan a Estados Unidos, en razón de lo establecido por la Casa Blanca en Atpdea (Andean Trade Promotion and Drug Eradication Act)(1) Conocer, entonces, a cuánto equivalen los aranceles dejados de pagar por este mecanismo es una necesidad para pasar de la retórica neoliberal a la realidad de las cifras. De acuerdo con el empresario colombiano Emilio Sardi, la verdad de las cuentas del Atpdea es la siguiente:

“Se afirma con gran bombo que cerca de la mitad de nuestras exportaciones a EEUU están incluidas en Atpdea, pero se esconde que casi el 70 por ciento de ellas (unos 3.400 millones de dólares en 2005) serán de petróleo o sus derivados. Esas no se verán afectadas por la pérdida del Atpdea y se seguirán haciendo. La rebaja en aranceles que se obtiene en los otros productos tiene importancia para un par de sectores, pero no es grande para la economía nacional como un todo. De los 1.400 millones de dólares que se estima cubrirá el Atpdea que no son petróleo y sus derivados, las flores representarán aproximadamente la tercera parte. Su arancel es del orden del 6,5 por ciento, lo que representa una rebaja arancelaria de unos 30 millones de dólares. Sus exportadores no quisieran perderla, pues, como diría el filósofo de Palenque, es mejor ganar más que menos, pero no por eso van a dejar de venderlas. Las exportaciones de confecciones, que por la competencia china van cayendo, tienen aranceles del orden del 15 por ciento, pero nadie ha establecido cuál es el valor agregado verdadero que generan. No es presumible que el valor agregado de las operaciones de maquila llegue siquiera al 40 por ciento de lo exportado, que se estima en 500 millones de dólares. Luego la rebaja arancelaria real se ubicaría en máximo 30 millones de dólares. Y de ahí para abajo realmente ni vale la pena entrar en el detalle. De las 5.600 partidas arancelarias favorecidas, Colombia registra exportaciones apenas en 913, de las que sólo 18 exportan más de 10 millones de dólares, mientras 603 no pasan de exiguos 100.000 dólares. ¡Ni siquiera para diversificar nuestra oferta exportadora a EEUU han servido el Atpa o el Atpdea! Allá están interesados sólo en nuestros productos básicos. Es evidente que el ahorro arancelario por el Atpdea es realmente apenas del orden de unos 100 millones de dólares o, a lo sumo, 120 millones de dólares anuales. Si fuera cierto que el Atpdea es improrrogable, sería mucho más sensato buscar ayudar a los afectados con medidas como las que ha tomado el Gobierno para proteger a algunos sectores del agro contra la reevaluación que precipitarse a firmar un mal tratado, para obtener una rebaja arancelaria que no alcanza a ser el 0,1 por ciento de nuestro PIB” (Deslinde, septiembre de 2006).

Con respecto a las exportaciones de confecciones a Estados Unidos, de las que se habla tanto para defender que se mantengan a cualquier precio los aranceles otorgados por Atpdea, estas vienen disminuyendo, y seguramente van a caer más por causa de la muy dura competencia de los productores asiáticos, que actúan con salarios tan bajos que los hacen imbatibles. De acuerdo con Proexport, “las exportaciones de confecciones hacia Estados Unidos continúan cayendo. Pasaron de 195,9 millones de dólares entre enero y mayo de 2005 a 157,6 millones en 2006, una caída de 19,54 por ciento”, lo que, si no se empeoran las cosas, debe dar una ganancia por aranceles no pagados del orden de 56,7 millones de dólares a todo lo largo del año, cifra relativamente baja que en la práctica es menor si también se considera que una parte de esas ventas son exportaciones de algodón previamente importado de Estados Unidos (en 2005 dichas importaciones sumaron 116 millones de dólares).

Otra manera de mostrar que la preservación de lo obtenido por aranceles en Atpdea no tiene fuerza suficiente para justificar el TLC es conocer que ese mecanismo, que con ligeras modificaciones antes se llamaba Atpa (Andean Trade Preferente Act), se remonta a 1991, al comienzo de la apertura iniciada en el gobierno de César Gaviria Trujillo. Y luego de quince años de experiencia salta a la vista que esas rebajas arancelarias no producen un cambio de fondo en la capacidad exportadora del país y, mucho menos, en las condiciones de pobreza y miseria que avergüenzan a los colombianos ante el mundo. Para lo que sí ha servido el Atpdea es para embellecer las imposiciones estadounidenses y para ser utilizado como instrumento de extorsión a favor del TLC, al crear un grupito de ruidosos exportadores que, como gana con los menores aranceles y el Tratado, afirma que su caso es el de toda la nación, teoría que repite sin cesar -¡y sin demostrar!- la sumisa tecnocracia neoliberal. Se está así, entonces, ante el conocido caso de la carnada que oculta el anzuelo, con la diferencia de que con el Atpdea la carnada se la comen unos cuantos, en tanto el arpón se clava en la garganta del resto de los colombianos. ¿Quienes deciden en Colombia no se darían cuenta de que Estados Unidos creaba con el Atpdea una auténtica quinta columna a favor del “libre comercio” y de cualquier TLC que decidiera imponer? ¿Tampoco sabían que la Casa Blanca preparó el terreno para el TLC con Centroamérica (Cafta)(2) mediante el mismo truco de conceder temporalmente unos aranceles menores a través de diferentes mecanismos, como la ICC y CBERA, a pesar de que en el istmo ni siquiera existía el pretexto del narcotráfico?

Tampoco resiste análisis otro lugar común en defensa del TLC con Estados Unidos, necio como el que más, que dice que hay que firmarlo a toda costa por lo mucho que Colombia le compra y le vende a ese país. Cuando bien analizadas las cosas la primera conclusión que debiera sacarse de ese dato es que constituye otra prueba de la deformación que padece la economía nacional, pues lo razonable sería tener mayores relaciones con los países fronterizos, como sucede en la Unión Europea que, con todo y sus aspectos censurables, sí sirve para mostrar la importancia de fortalecer los vínculos con los vecinos. ¿No enseñan los libros de texto de economía capitalista que esta avanza mejor en aquellos mercados cuyos costos de transporte tienden a cero, que es lo que en condiciones ideales ocurre en las áreas urbanas o a nivel de países que comparten fronteras? De otra parte, desde que apareció el campesinado, una clase milenaria, se estableció que no deben ponerse todos los huevos en el mismo canasto, máxima aún más cierta en las economías nacionales que en la individuales, porque así se protegen mejor en las inevitables crisis que sacuden a unos u otros países y a unos u otros sectores, de donde nuevamente se ratifica la conveniencia de distinguir entre quienes hacen afirmaciones falsas porque ignoran y los que las expresan de manera maliciosa a sabiendas de qué se trata y cómo van ellos en el negocio.

No sobra, además, echarle números al tamaño del mercado estadounidense que se le abre a Colombia con el TLC, distinguiendo entre el potencial, teórico, y aquel al que efectivamente puede aspirarse de acuerdo con las realidades económicas de aquí y de allá y del resto del mundo, de manera que ni incautos ni astutos ganen indulgencias con las conocidas cuentas de la lechera. Porque del hecho cierto de ser “el mayor del mundo” (11,8 billones de dólares) no se deduce que sea tan grande como piensan algunos y menos que pueda conquistarse en una proporción suficiente para superar los problemas económicos y sociales de Colombia, que es de lo que se supone se trata la discusión sobre si el Tratado le conviene o no al país. Porque apenas el 8 por ciento del gasto estadounidense (1,48 billones de dólares) se destina a importaciones, dado que el resto se utiliza para adquirir bienes y servicios generados internamente. Además, 207 mil millones de dólares de importaciones son de combustibles, que se venden allí sin necesidad del TLC (Colombia vende el 1,8 por ciento). 580 mil millones de dólares se destinan a compras de vehículos y autopartes, bienes de capital y equipos, renglones de los que Colombia no vende un dólar ni lo venderá con el Tratado. Otros 200 mil millones de dólares se destinan a materias primas y elementos para la industria, y de ellos los colombianos aportan 130 millones de dólares, equivalente al 0,13 por ciento, suma que muy difícilmente podrá aumentar. Y de los algo más de 400 mil millones de dólares restantes, 370 mil millones son bienes de consumo, pero de ellos Colombia no vende nada de sus principales renglones, tales como farmacéuticos, electrodomésticos, juguetes, joyería, motocicletas, instrumentos musicales y equipos de fotografía, y tampoco hay razones para pensar que con el TLC esta situación cambiará de manera importante, porque ese mercado, como lo muestran las anteriores cifras, ya está en lo fundamental copado por los poderosos competidores del resto del mundo, los cuales incluso han capturado buena del mercado interno colombiano. ¿No es una bobería decir que porque Washington le va a eliminar a Colombia unos aranceles que en promedio son de apenas 2,7 por ciento, con eso va a cambiar la composición de las importaciones estadounidenses? ¿No es una evidente manipulación que como gran cosa se les ofrezca a los colombianos tomarse algo de las importaciones gringas de lácteos y tabaco, cuando ellas suman apenas 2.700 millones de dólares y hay que disputárselas con 28 países, y eso contando solo a los que más venden en Estados Unidos?(3)

Y es mentira, además, decir que si Colombia no firma el TLC con Estados Unidos dejará de vender en ese país o se aislará de la economía mundial. Porque lo cierto es que, exceptuando a México y Canadá, todos los principales exportadores a Estados Unidos no tienen TLC firmados con Washington. Y en lo que respecta a facilitar aún más las importaciones de bienes estadounidenses que sean benéficas para los colombianos, pues solo a un necio se le puede ocurrir que para ello se requiere de un tratado de “libre comercio”. Lo máximo, entonces, que le sucedería a Colombia sin el TLC, en sus relaciones de exportación al Imperio, sería, como ya se dijo, el aumento de los precios de venta de algunos productos que hoy se benefician con el Atpdea, cifra que, hay que reiterar, es mucho menos importante para la suerte del país de lo que afirman los neoliberales y que en todo caso es en mucho inferior a los nuevos y enormes costos que, como se verá, cobrará Estados Unidos por mantenerla. Al poner en su sitio el verdadero poder de las exportaciones para desarrollar un país, y dentro de eso los auténticos alcances del Atpdea, no es porque se niegue la conveniencia de exportar o porque se desprecie la suerte de las exportaciones que hoy se benefician con los menores aranceles a Estados Unidos, las cuales están en capacidad de competir sin esas ventajas o podrían beneficiarse, a costos infinitamente menores que los del TLC, de diversos tipos de respaldo por parte del Estado colombiano.

Si el TLC entra en vigencia no será una coyunda de menor cuantía y fácil remoción. Al convertirse en ley de la República sus 1.531 páginas (la Constitución tiene 108), dado su carácter de acuerdo internacional, adquirirá un nivel similar al de las normas constitucionales en el sentido de que nadie en Colombia, en ningún nivel u organismo del Estado, podrá aprobar algo que contradiga su texto. En el capítulo de propiedad intelectual Colombia se compromete, además, a adherir a otros 4 acuerdos internacionales que fortalecerán aún más el poder monopólico de las trasnacionales estadounidenses en estos tópicos, imposición más humillante porque en el TLC no se contempla que Estados Unidos adhiera a los tratados sobre asuntos laborales y medio ambiente de los que sí hace parte Colombia. Nada en el Tratado podrá modificarse, ni en una coma, sin la autorización de Washington, cambio que, si se logra, habrá que pagárselo con nuevas y onerosas concesiones en otro aspecto. Y su denuncia, como se llama la manera de terminarlo por decisión de cualquiera de las partes, deberá derrotar, como es obvio, las más duras presiones de la Casa Blanca.

Además, la aplicación del TLC, como ocurrió con la apertura, fortalecerá todavía más a los pocos colombianos que se lucran de sus relaciones privilegiadas con el Imperio, en tanto que aumentará el debilitamiento de quienes tienen su suerte personal atada a la de la nación, lo que agravará el círculo vicioso que ya se padece: mientras más domina Estados Unidos más se fortalecen sus correveidiles criollos y con ello más fácilmente pueden dominar las trasnacionales a Colombia. ¿Qué garantiza, por último, que, con el correr de los años, el Imperio no imponga otra tanda de condiciones aún más leoninas que las de hoy, una vez su dominación sea casi absoluta porque se hayan reducido a poco o a nada los sectores económicos colombianos que no sean extensión del capital extranjero?

Digno de todo repudio fue también el trámite que Alvaro Uribe le dio al TLC, dada su evidente lógica plutocrática y porque al final se pasó por la faja los propios puntos de vista de una parte fundamental de los sectores empresariales escogidos por él para darle un cierto viso democrático a su decisión de suscribirlo. En efecto, en nada tuvo en cuenta las reiteradas posiciones de rechazo de las centrales obreras y de todas las organizaciones campesinas, indígenas y estudiantiles del país, ni atendió al voto casi unánime y en contra del tratado de las consultas indígena, arrocera y de cultivos de tierra fría y desoyó por completo la posición de la Asociación Nacional por la Salvación Agropecuaria, agremiación que agrupa a fuerzas representativas del campesinado y el empresariado. E incluso al final, cuando llegó la hora de nona, Uribe les impuso su decisión a las principales agremiaciones de la Sociedad de Agricultores de Colombia (SAC), las mismas que durante el trámite había preferido como a las únicas dignas de tener en cuenta en el sector agropecuario.

Como se verá, el TLC, entre otros hechos graves, consolidará y hará irreversibles las pérdidas económicas de la apertura, ratificará que la salud, la educación, los servicios públicos domiciliarios, el medio ambiente y los alimentos sean vulgares negocios, le arrebatará a Colombia los principales instrumentos económicos que usaron las potencias capitalistas para desarrollarse, arruinará áreas estratégicas de la producción nacional industrial y agropecuaria, hará imposible que el país avance por los caminos de la ciencia y las tecnologías complejas, les entregará el control del ahorro nacional y de la biodiversidad a los extranjeros, le arrebatará al país los principales instrumentos que se requieren para orientar su economía y enfrentar las crisis cambiarias y financieras, definirá una justicia a la medida de las conveniencias de los negociantes estadounidenses, consolidará la toma de las principales empresas que sobrevivan por parte de los inversionistas extranjeros, generará una dependencia indeseable del comercio exterior colombiano con el de Estados Unidos, determinará una mayor pobreza y miseria de la nación, entrabará aún más la defensa y el progreso de la cultura nacional y convertirá a Colombia en una especie de colonia estadounidense, hechos todos que configuran el delito de traición a la patria que tipifica el Artículo 455 del Código Penal. Porque este es aplicable a quien “realice actos que tiendan” a someter a Colombia, “en todo o en parte al dominio extranjero, a afectar su naturaleza de Estado soberano”, pues es obvio que la independencia y la soberanía política se pierden en cualquier país en el que los extranjeros se tomen la parte principal de la economía. Y quedará en evidencia que Alvaro Uribe Vélez también violó el Artículo 457 del mismo Código, que establece la “Traición diplomática”, en la cual incurre quien en un acuerdo o relación con otro país “actúe en perjuicio de los intereses de la República”.

Notas:

1) Mediante esta ley casi todos los productos de los países andinos (exceptuando a Venezuela) pueden exportarse sin aranceles a Estados Unidos. Para Colombia las partidas arancelarias desgravadas son 5.687. El Atpdea es una decisión unilateral de Washington que termina el 31 de diciembre de 2006 y que se explicó como una compensación a estos países por sus luchas contra el narcotráfico. A Colombia solo se le otorgó una vez el Presidente Alvaro Uribe Vélez expidió el decreto 2085, que le amplió a las trasnacionales el monopolio de los medicamentos y los agroquímicos.

2) La oposición ciudadana ha impedido que el Congreso de Costa Rica ratifique dicho tratado.

3) 9 países le exportan a Estados unidos el 72 por ciento de los lácteos que importa y 19, el 65 por ciento del tabaco.