La “Revolución Nacional” francesa

De Pétain a Sarkozy

John Hellman

CounterPunchTraducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

En su primer discurso ante sus partidarios después de su elección el 6 de mayo de 2007, Nicolás Sarkozy dijo que había llegado la hora de un cambio radical en Francia: “Los franceses se han pronunciado. Quieren romper con las viejas ideas y formas de hacer las cosas. Por eso volveré a hacer que ciertos valores vuelvan a ser honorables. El trabajo, por ejemplo, así como la autoridad, los principios morales y el respeto.” Monsieur Sarkozy fue elegido con el abrumador apoyo de los votantes de más de 65 años, muchos de los cuales temían a la “agitación social” que Francia ha estado viviendo, sobre todo durante los dos meses de disturbios de 2005. En el contexto de una comunidad nacional dividida y preocupada, el llamado de Sarkozy tuvo una cierta similitud con el famoso llamamiento de Philippe Pétain, en 1940, para que Francia emprendiera una Revolución Nacional con la consigna “Trabajo, Familia, Patria.” El amplio apoyo para el llamado de Nicolás Sarkozy por un cambio radical en las elecciones presidenciales francesas de mayo de 2007 puede recordarnos el que desde julio de 1940 el gobierno francés enfrentó poca oposición ante el abandono de muchos de los principios básicos de la democracia liberal, y de la Declaración de los Derechos del Hombre. Sarkozy, como Pétain, prometió cambiar dramáticamente Francia, generar una gran transformación nacional, en los meses después de su toma del poder. En realidad, Francia bajo Pétain cambió más radicalmente en unos pocos meses que en cualquier otra época desde la Revolución de 1789 con deportaciones generalizadas, renuncias forzadas, destituciones, confiscaciones de propiedad y la internación de ciudadanos franceses y de inmigrantes. La Revolución Nacional del mariscal Pétain puso en su sitio a las minorías problemáticas, a menudo extranjeras, e hizo una “Francia para los franceses” trabajadora, orgullosa y moral. Los que se opusieron a esa agenda fueron tratados con dureza cuando Francia, particularmente desde 1944, se convirtió en un país que era fascista o nacional socialista en todo, salvo el nombre. Francia parece de nuevo tentada en 2007 a abandonar la democracia liberal esperando restaurar la ley y el orden en una comunidad nacional fuerte, renovada.

La Francia de la posguerra tuvo dificultades en aceptar lo que había sucedido realmente durante la Revolución Nacional de Pétain. Los historiadores extranjeros que realizaban trabajos de investigación en París, incluso en los años sesenta, hablaban con más libertad y franqueza entre ellos de lo que había pasado en los días de la guerra que incluso con amigos franceses cercanos. Todos los historiadores tenían que tener cuidado con las sensibilidades de los círculos establecidos entre los historiadores franceses, y con poderosos grupos de interés franceses como ser el Partido Comunista, al buscar materiales de archivo o entrevistas. Los franceses todavía tendían a ver a su país como liberado por la Resistencia, y que pocos de sus compatriotas habían colaborado con los alemanes. Los círculos dominantes franceses tenían poco interés en alentar el estudio de los elementos más dolorosos y divisivos relacionados con la Francia de tiempos de la guerra – particularmente en circunstancias que un ‘lobby’ comprometido en la vida académica, editorial y cultural trabajaba activamente para defender la imagen de Pétain y su régimen.

Historiadores franceses de la Segunda Guerra Mundial ignoraron los considerables antecedentes en los archivos de los alemanes que habían ocupado Francia, los que – una vez estudiados – tenían que hacer parecer incompletas las monografías francesas y efectuar una revolución en la opinión histórica francesa. Sin embargo, archivos relacionados con grandes grupos autóctonos franceses fascistas o nacionalsocialistas parecían a menudo inaccesibles – así como antecedentes de la internación por el gobierno francés de comunistas, inmigrantes y judíos, y las importantes contribuciones logísticas francesas y suizas al esfuerzo bélico alemán (y de los bombardeos aliados que se proponían interrumpirlas). Los historiadores extranjeros descubrieron un resentimiento francés generalizado por el daño causado por los bombardeos aliados, contrario a las actividades de varios grupos de la Resistencia y el temor a ellos existente en la población en general. Resultó que la ocupación alemana de Francia fue vivida de un modo diferente de lo que hubiera deseado el “Evangelio según de Gaulle”.

La imitación de las políticas raciales alemanas sugería que la “Revolución Nacional” francesa de 1940-1944 fue en realidad más “fascista” que la de países usualmente categorizados como tales, y el desvanecimiento del mito de la Resistencia reveló un cuadro más exacto de las actitudes que se desarrollaron entre la gente de a pie. Se reveló que las nuevas tendencias historiográficas de posguerra tales como la “historia de las mentalidades” y la historia de memoria habían nacido en la “Nueva Edad Media” de la ocupación alemana. Las iniciativas para repensar la salud y crear un “nuevo hombre” bajo Vichy habían incluido las de brillantes galardonados con el Premio Nobel. La vuelta a pensar de todo el proceso histórico, el sentido personal del tiempo, en escuelas de liderazgo de la elite, inspirados por el “nacional socialismo original” o el personalismo comunitario cambió las memorias y el sentido propio de los jóvenes para que correspondieran al Nuevo Orden Europeo.

En los últimos años, han reaparecido ideas “no conformistas” de la extrema derecha de los años treinta en diferentes aspectos – neoconservadores. El racismo y el lenguaje de exclusión, tabú en gran parte del discurso público desde la Ocupación Alemana comenzaron a reaparecer en la literatura erudita, la filosofía, y el discurso intelectual hasta tal punto que un historiador causó un pequeño escándalo al señalarlo.

Tan sólo diez personas, en su mayoría basadas en París, han conformado lo que ha sido enseñado y publicado sobre el fascismo y la Segunda Guerra Mundial en Francia. Nicolás Sarkozy parece favorecer la perdurable centralidad de la vida académica, política, editorial y periodística francesa – a pesar de la ambigüedad de los círculos académicos dominantes de Francia para descartar la “tesis de la inmunidad” (la tesis de que Francia era inmune al virus fascista que infectó a gran parte de la Europa anterior a la guerra – un punto de vista totalmente desacreditado fuera de Francia). A pesar de su documentado racismo anterior a la guerra, y de las protestas estudiantiles de Ciencias Políticas, esa institución bautizó su nueva biblioteca con el nombre de un destacado profesor que alteró allí sus disertaciones siguiendo líneas racistas en el París ocupado. La victoria de Nicolás Sarkozy (que estudió en Ciencias Políticas), a pesar de lo que numerosos observadores describieron como sus características fascistas y racistas, sugiere que es importante recordar la oprobiosa “Revolución Nacional” de Francia bajo Pétain. Monsieur Sarkozy ha considerado intolerables las imperfecciones en los efectos de la cultura religiosa islámica sobre las mujeres pero no los efectos sobre las mujeres de esos ‘nuevos movimientos’ católicos paternalistas, totalitarios y antiliberales que favorecieron su candidatura o las políticas represivas de dirigentes políticos israelíes como el antiguo amigo de Sarkozy, Benjamin Netanyahu.

En un discurso en Niza el 30 de marzo de 2007, Nicolás Sarkozy dio una idea del papel de la memoria de la Revolución Nacional de Pétain en la “Revolución Francesa y Cristiana” que lanzaría en Francia una vez elegido presidente. Tenía la intención, dijo, de restaurar un sentido de orgullo de ser francés alentando la aceptación de la historia de Francia tal cual es, y rechazando las iniciativas de aquellos que quisieran que los jóvenes sintieran la necesidad de expiar los “supuestos” pecados de sus padres, o antepasados. Francia, dijo, “no tiene necesidad de sentirse embarazada por su pasado”. Todos los franceses no fueron petainistas y si ciertos franceses denunciaron a judíos a la Gestapo otros, ‘mucho más numerosos,’ arriesgaron sus vidas para ayudarles. Y también en las colonias, hubo mucha gente buena que no explotó a nadie, que construyó carreteras, hospitales, escuelas, que enseñó o realizó trabajado social, que plantó viñedos y huertos sobre suelos áridos y entonces, cuando tuvo que elegir “entre la valija y el ataúd”, lo abandonó todo. Se debía respeto a esos colonizadores desplazados, y a aquellos indígenas que combatieron para defender el imperio colonial francés. En las elecciones del 22 de abril – 6 de marzo, dijo Sarkozy, el pueblo francés tenía que elegir ‘entre los que se sienten vinculados a la identidad nacional y que quieren defenderla y aquellos que piensan que Francia tiene tan poca existencia que ni siquiera posee identidad.’ Ya había propuesto, tres años antes, que el gobierno abandonara la separación entre la Iglesia y el Estado y que ayudara a restaurar la identidad nacional francesa subvencionando las escuelas religiosas.

Según Nicolás Sarkozy, Francia no ha recordado el régimen de Vichy o la guerra de Argelia del modo en que debieran serlo: como parte de la esencia de Francia, su identidad fundamental. Pero seguir al presidente Sarkozy y resucitar un fuerte sentido de la identidad francesa recordando a Vichy y a Argelia “sin reparos” sería olvidar que la Revolución Nacional de Pétain y el Imperio Colonial francés infligieron grandes sufrimientos e incluso costaron las vidas de cientos de miles de personas inocentes.

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John Hellman, es profesor de historia en la Universidad McGill y autor, recientemente, de “The communitarian third way Alexandre Marc’s Ordre Nouveau, 1930-2000” (Montreal; Ithaca: McGill-Queen’s University Press, 2003).

http://www.counterpunch.org/hellman05102007.html

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