De las ilusiones al realismo

La cooperación Rusia-Estados Unidos en el espacio postsoviético

por Alexandre Karavaiev *

Para el equipo de Boris Yeltsine la occidentalización era un espejismo y la cooperación con Estados Unidos una excelente oportunidad. La influencia de Washington en el espacio postsoviético liberaba a Moscú de responsabilidades que quería seguir ejerciendo. Pero con la recuperación del país, bajo la dirección de Vladimir Putin, Rusia retoma de manera natural el papel que le corresponde en la región. Como resultado de ello, observa Alexander Karavaiev, la colaboración se estanca mientras que la rivalidad se consolida.

Todos cometemos errores más o menos fatales, y a la seguridad de Moscú de que Rusia será siempre el único protagonista del espacio postsoviético ha resultado finalmente falsa.

El Kremlin pareció haber olvidado el principal móvil de la política estadounidense –los intereses de la seguridad nacional de Estados Unidos. En el fondo, esta actitud estadounidense cambiaba sólo en el plan táctico en función de una situación concreta. Si, por ejemplo, aparecían síntomas de tendencias alarmantes, Estados Unidos comenzaba a actuar, otorgando créditos para apoyar a la economía rusa mediante el Fondo Monetario Internacional (FMI) o distribuyendo fondos para garantizar la seguridad del arsenal nuclear, liquidar los arsenales de armas de destrucción masiva (ADM), etc. Como quiera que sea, no se debe considerar a Estados Unidos como un enemigo particularmente cínico que puso para siempre a Rusia en la lista de adversarios. Una ganancia potencial y un peligro potencial representan invariablemente la principal motivación de la política exterior estadounidense. Y ambos elementos están de hecho presentes en las relaciones de Estados Unidos con la Federación Rusa en el espacio postsoviético, en todas sus manifestaciones.

Luego de la aparición de una decena de nuevos Estados que volvían sus miradas hacia Occidente, Estados Unidos se quedó a la expectativa. Los países de la Comunidad de Estados Independientes (CEI) estaban en busca de capitales y constantemente proponían grandes proyectos de inversiones a los estadounidenses. Y si Moscú consideraba el espacio alrededor de la Federación Rusa como políticamente dislocado y políticamente centrífugo, Washington lo encontraba lo suficientemente monolítico. Estados Unidos formaba sin apuro su propia visión de la futura configuración de la CEI, observándola de lejos.

En definitiva, Washington se implicaba con dificultad en la solución de los conflictos separatistas. Y el mérito por el cese de las hostilidades, desde la Transnitria hasta sur del Cáucaso y Tayikistán, pertenece principalmente al Kremlin. El arreglo en el Alto Karabak fue un ejemplo que incitó a Estados Unidos a pasar su primer curso práctico de conflictología postsoviética participando en la conferencia sobre el Alto Karabak en marzo de 1992y entrando después en el Grupo de Minsk de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) para el arreglo de aquel conflicto, por demanda expresa de las partes en conflicto –Azerbaiyán y Armenia. En ese caso en particular, como en otros casos análogos, el cese de las hostilidades sólo fue posible gracias a los esfuerzos de los diplomáticos rusos. En 1994, Azerbaiyán y Armenia se pusieron de acuerdo en respetar un cese del fuego informal, todavía en vigor.

El grupo de trabajo «Conflictos regionales» de la Conferencia de Dartmouth fue el único proyecto conjunto ruso-estadounidense. Entre los éxitos de ese grupo están las negociaciones que desembocaron en la firma, el 27 de junio de 1997 en Moscú, del acuerdo de paz entre el gobierno de Tayikistán y la oposición unida de ese país. Pero, incluso en ese caso, es necesario hacer una importante precisión: el grupo de Darmouth no era en lo absoluto un proyecto de Estado sino una simple iniciativa de personas en particular, o sea de simples ciudadanos preocupados de reducir el grado de tensión en las relaciones entre Estados Unidos y la Federación Rusa durante los años 1980.

Más tarde, a fines de los años 1990, la situación interna de la Comunidad de Estados Independientes empezó a deteriorarse muy rápidamente. Washington propuso entonces a dichos países la creación de un foro del que Rusia estaría excluida (GUAM). Incluso después de eso, antes de la época de las «revoluciones de terciopelo», no se sabía bien cómo utilizar aquella estructura para promover los intereses estadounidenses en el seno de la CEI. Hoy en día, el GUAM [1] es una especie de proyecto económico publicitario de los revolucionarios «anaranjados» que trataba de organizar un mercado interno en el seno de esta misma estructura, al tiempo que ayudaba a solucionar problemas en los territorios separatistas mediante el regreso de estos últimos a las fronteras de los Estados unitarios.

Sin embargo, una situación muy particular se creó alrededor de la Comisión intergubernamental Chernomirdin-Gore. Fue si dudas el único momento de las relaciones ruso-estadounidenses que ambas partes consideran como un período positivo de acciones prácticas y de resultados concretos. Según la idea de esa comisión, los entendimientos generales registrados entre los presidentes (y que a menudo se quedaban en letra muerta) tenían que ser puestos en aplicación por el segundo hombre de cada Estado, arreglándoselas para obtener la solución de los problemas concretos en niveles inferiores, ya fuera en el segundo e incluso en el tercer nivel de la máquina burocrática. Aparte de eso, toda una serie de cuestiones «confidenciales» eran de la competencia de la Comisión Chernomirdin-Gore.

Fue así que, a finales de los años 1990, Estados Unidos trazó claramente el esquema de sus relaciones con los países de la CEI –por separado, con cada uno de esos países. El alejamiento estadounidense de Eurasia así como cierto idealismo proestadounidense reinante en las élites de los países de la CEI finalmente permitieron que Washington lograra alcanzar sus objetivos, a pesar de las contradicciones y conflictos existe en el seno mismo de la Comunidad de Estados Independientes. Pero Moscú no podía obtener el nivel de la «reserva de confianza» estadounidense en las relaciones de los países de la CEI hacia la propia Rusia. Moscú estaba demasiado enredado en su propia implicación en procesos comunes y en una multitud de compromisos políticos y económicos hacia cada uno de los países, lo cual se manifestaba sobre todo en conflictos separatistas e interestatales. En lo tocante a Estados Unidos, este país no estaba implicado en los problemas de separatismo, mientras que Rusia sí lo estaba. Washington estaba libre de ese pesado compromiso y disponía, por consiguiente, de un margen de maniobra más amplio. Por otro lado, Washington podía darse el lujo de seguir varios juegos a la vez: con la oposición y con los diferentes grupos que componían la élite mientras que el Kremlin estaba amarrado por los compromisos contraídos con los grupos que estaban en el poder.

Finalmente, Estados Unidos destinaba fondos financieros considerables a programas concretos de desarrollo económico y social; concedían créditos gratuitos y apoyaban la concesión de cuantiosos préstamos mediante el Fondo Monetario Internacional. Rusia estaba entonces tan dependiente de Estados Unidos como los otros países de la CEI. Así que Moscú no podía imaginar siquiera un juego independiente y serio en el espacio postsoviético. En definitiva, el blasón estadounidense aparecía redorado por el proceso de globalización proveniente de Occidente, ya se tratara de las relaciones de mercado, de la dolarización de las economías nacionales, del acceso de las compañías extranjeras a los mercados locales, del brusco aumento de la variedad de artículos de consumo o de la rica gama de tecnologías industriales. Todo ello favorecía ampliamente una penetración cada vez más profunda de Estados Unidos en el espacio postsoviético.

En la agenda estadounidense, la importancia de la asociación con Rusia cayó del primer al último peldaño en la escala de los diez primeros problemas, lo cual se hizo evidente incluso antes de la aparición de la amenaza islamista. Mientras tanto, el Kremlin descuidó, en el seno mismo de la CEI, numerosos temas exclusivamente rusos, al mismo tiempo que muchos temas quedaban simplemente al garete. Para mencionar une experiencia política positiva, hay que referirse a la clara comprensión de la necesidad de un equilibrio simétrico en las relaciones con un asociado como Estados Unidos, en un momento en que la época de la confianza ilimitada estaba definitivamente cerrada.

La actual crisis del escudo estadounidense antimisiles marcó clara y definitivamente esa frontera, que continuará profundizándose en lo adelante. De aquí a fines del año 2008, cuando el viejo se quede en el Kremlin (Vladimir Putin se irá, pero su equipo se quedará) y un nuevo equipo «demócrata» llegue al poder en Washington, los conflictos de intereses irán agravándose, e irán disminuyendo los intentos por disimular diplomáticamente la división y el empeoramiento de las contradicciones.

Ese empeoramiento no dejará de tener consecuencias para el espacio postsoviético. El terrorismo internacional (noción bastante amorfa de por sí), los intereses comerciales, la conquista del espacio interestelar y la lucha contra la proliferación nuclear no bastan para contrarrestar el espíritu de confrontación. Es por eso que la cooperación entre Rusia y Estados Unidos no será suspendida de forma evidente sino que se hará cada vez más imperceptible ante un trasfondo de divergencias políticas.    Alexandre Karavaiev

Centro de Estudio del Espacio Postsoviético, para RIA Novosti.

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