Del Consenso de Washington al Consenso de Pekín

Alfredo Jalife-Rahme

La Jornada

Joshua Cooper Ramo , anterior editor foráneo de la revista Time y actualmente director asociado de la “oficina” de John L. Thorton (consejero estrella de Goldman Sachs y profesor de la Universidad Tsinghua), publicó en la primavera del 2004 el polémico libro El Consenso de Pekín bajo la égida de The Foreign Policy Centre , centro de pensamiento británico que opera bajo el “patronato” del saliente primer ministro Tony Blair y que sustenta una “visión justa y legal del orden mundial”.

Se entiende que se trata del “orden mundial” de la desregulada globalización financiera neofeudal que controla la banca de Nueva York y la City y que promueve el unilateralismo bélico de los neoconservadores straussianos del Partido Republicano, aliados al Partido Likud de Israel.

El súper peso pesado es Thornton (miembro del omnipotente Grupo Bilderberg, que cautiva la imaginación misteriosa sobre el poder mundial tras bambalinas) y Ramo opera como su pupilo de altos vuelos no solamente por ser piloto acróbata, sino por sus alcances ideáticos.

Resultan infranqueables algunas referencias impactantes del trayecto de Thornton, quien, a nuestro juicio, junto con George Soros, operó el efecto dragón para aniquilar a los países asiáticos: ex mandamás de INTEL y Goldman Sachs, además de anterior director de Ford Motor Co.

Seguramente no lo sabe el cordobista Zedillo (vulgar poseído por la globalización financiera), pero su verdadero controlador se apellida Thornton, quien domina la Escuela de Administración de Yale y mantiene estrechos lazos con la Universidad de Oxford, además de ser jerarca del súper influyente Brookings Institution.

Además de piloto acróbata, el autor nominal del libro, Ramo, es miembro del poderoso Consejo de Relaciones Exteriores (CFR, por sus siglas en inglés), con sede en Nueva York, y prominente becario del centro de pensamiento Aspen Institute, quien ostenta fuertes nexos con toda la fauna de la globalización financiera de Davos (hoy sumida en la esquizofrenia). No es ningún secreto asentar los lazos estrechos, tanto de Goldman Sachs (principal banco estadunidense de inversiones del mundo), como del mismo Ramo con Israel.

No queda duda de cuál es el mensaje de los verdaderos centros del poder político-financiero mundial sobre las exequias del Consenso de Washington y su pretendida sustitución por el nuevo Consenso de Pekín.

En el ámbito geopolítico, lo más interesante radica en que el libro de marras y amarres se publica cuando ya se sabía que EU y Gran Bretaña no podían controlar los pletóricos yacimientos de petróleo de Irak, lo que de facto anunciaba y enunciaba lo mismo el deceso del orden unipolar que el advenimiento del nuevo orden multipolar en el que descuella el BRIC (Brasil, Rusia, India y China) como nuevo competidor del G-7 que controla(ba) la globalización financiera.

Mientras Ramo redactaba su imprescindible obra sobre la emergencia del enésimo “Consenso” (¡cómo les gusta la palabrita! ¿Será precisamente por tratarse de medidas unilaterales sin “consenso” real?) del “nuevo orden mundial”, cuyo centro de gravedad se habría desplazado a Pekín (no a Monterrey, con todo el respeto a nuestros amigos regiomontanos no ultramontanos ), la dupla Fox-Castañeda promovía el delirante cual hilarante Consenso de Monterrey, apadrinado por George Soros, para intentar ocultar el fétido cadáver del decálogo neoliberal del Consenso de Washington. Ni quién se acuerde en el estado anfitrión de Nuevo León del sicótico Consenso de Monterrey, producto de las ocurrencias epilépticas (no de la serenidad reflexiva) de Castañeda Gutman, el peor canciller en la historia moderna de México.

Es notorio que ni el ignaro rancherote Fox ni su entonces canciller, el exhibicionista infatuado Castañeda Gutman, sean tomados en cuenta en los centros reales de decisión en Washington ante quien se postraron sin pudor. Vale la pena reproducir el acertado epitafio del blairiano Ramo sobre el “colapso” (sic) del Consenso de Washington, que redactó por “empatía con los banqueros (¡súper sic!)” el economista del Banco Mundial, John Williamson, como “guía perfecta para hacer una economía atractiva a los capitales foráneos” y como una “lista de condiciones de sueño (sic) de los banqueros para el desarrollo”, que “no tenía nada que ver con mejorar directamente las condiciones de vida de los pueblos. Al final del día, el modelo fracasó, ya que para la mayoría de los países no pasó la prueba básica de la conveniencia”.

Ramo contrasta el fabuloso crecimiento económico de India y China, quienes ignoraron las recetas malignas del decálogo neoliberal del Consenso de Washington, con quienes lo aplicaron en forma suicida, como Indonesia y Argentina (ya no se diga la mediocridad del “México neoliberal” sumido en la catatonia ).

En contrapunto al fallido Consenso de Washington, el Consenso de Pekín epitomiza una “nueva actitud en política, el desarrollo y el balance global del poder”, y subsume un “deseo implacable de innovar, una fuerte creencia en la soberanía (¡súper sic!) y el multilateralismo (sic)”, así como la aplicación del “poder asimétrico ” con el fin de “limitar la acción política y militar de EU en la región asiática”.

China no desea participar en una carrera armamentista (nota: error mortal de la antigua URSS), sino que más bien busca “fomentar buenas relaciones internacionales” mediante la “salvaguarda de un entorno pacífico para asegurar su prosperidad” y evitar así su aislamiento como “desean algunos grupos marginales de interés en EU”. (Léase: los unilateralistas neoconservadores straussianos. )

Los “países en vías desarrollo” tendrían “mayor esperanza” con China, quien proveería un “paradigma (sic) más equitativo de desarrollo” a naciones que van de Malasia a Sudcorea, que ya están implementando el Consenso de Pekín con éxito notable -en contraste apabullante con el cataclísmico “México neoliberal”, desfondado desde hace un cuarto de siglo por la fiscalcracia centralbanquista monetarista.

Por lo visto, el Consenso de Pekín asienta y asiente los intereses trasnacionales bancarios de Nueva York y la City, y habrá que ver qué tanto conviene a China a la hora de la verdad. Porque una cosa es la China real y otra la “China consensuada” que desea controlar el eje Nueva York-la City, al estilo de las “dos guerras del opio” del siglo XIX, cuando puede caer esta vez en la trampa de la adicción financiera teledirigida.

A nuestro juicio , en el nuevo entorno de la desglobalización van a existir varios consensos regionales en el seno del incipiente orden hexapolar conformado por EU, la Unión Europea y el BRIC; este último acrónimo nos encantaría se transformase en SRIC (Sudamérica en lugar de Brasil), del cual esperamos su propio Consenso de Sudamérica con sus características idiosincráticas para emprender su despegue libertario, después de haberse quitado los feudales grilletes financieros del pernicioso Consenso de Washington, ya sepultado en todo el mundo, menos en el “México neoliberal” a su cuenta y riesgo.

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