Rusia exhorta a los europeos a salir de la OTAN

43ª Conferencia de Munich sobre la seguridad

por Thierry Meyssan*

Durante su participación a la 43ª Conferencia de Munich sobre la seguridad, el presidente ruso Vladimir Putin criticó la política exterior de Estados Unidos y exhortó a los europeos a renunciar al pacto atlántico que los vincula a una potencia belicista de la que nada bueno pueden esperar. En el contexto de una posible intervención militar estadounidense contra Irán, Moscú crea un clima de división entre los «Aliados».

Desde 1962, responsables alemanes y estadounidenses se reúnen cada año en Munich en el marco de una conferencia sobre la seguridad. Presidida al principio por Ewald-Heinrich von Kleist-Schmenzin, quien participó en el complot dirigido el 20 de julio 1944 por el conde von Stauffenberg contra el entonces Reichsführer Hitler, esta conferencia es presidida actualmente por Horst Teltschik, un ex responsable de la Fundación Bertelsmann. Horst Teltschik ha dado a esta conferencia una nueva dimensión, valiéndose específicamente del apoyo del Council on Foreign Relations [1]. El propio Teltschik figura entre los consejeros del Council on Foreign Relations.

El encuentro correspondiente a este año 2007 se desarrolló del 9 al 11 de febrero en Bayerischer Hof. Allí se reunieron unas 270 personas. En el contexto de la creciente tensión entre Estados Unidos e Israel por un lado e Irán por el otro, esta 43ª conferencia debía constituir una ocasión de precisar las intenciones de Irán, el papel de la Unión Europea y la OTAN así como la posición de Rusia. La reunión se desarrollaba bajo el título de «Restaurar la asociación transatlántica», subrayando que el objetivo era la posible participación de los europeos en una acción contra Irán, luego de las divergencias surgidas cuando el ataque contra Irak.

La reunión se abrió con una cena de gala en la que la ministro israelí de Relaciones Exteriores, Tzipi Livni, pronunció un discurso. Los organizadores esperaban aportar así una justificación moral a una posible agresión contra Irán. La señora Livni repitió en tono lloroso que ningún otro Estado deseaba la paz más que Israel en el Gran Medio Oriente. Evocando en su intervención su primera visita al campo de exterminio de Auschwitz, Livni exhortó a los participantes a prevenir la repetición de tal horror. Después de cumplir con esta especie de ritual preliminar, la ministro israelí presentó durante unos veinte minutos el punto de vista de su país, sin detenerse ni un instante en tratar de darle la coherencia intelectual que se podría esperar de un responsable de su nivel. Es que lo esencial no estaba ahí.

En primer lugar, Tzipi Livni afirmó que los conflictos políticos han cedido lugar a los conflictos religiosos, conflictos que según ella no se pueden resolver por vía diplomática ya que «Los extremistas no luchan por la defensa de sus propios derechos sino por privar a los demás de los suyos ». Por consiguiente, el mundo –según Livni– se divide en extremistas religiosos y religiosos moderados. Y, en el seno del Islam, [se divide] entre extremistas chiítas y moderados sunnitas. Para defender la paz habría entonces que debilitar a los primeros y apoyar a los segundos.

Ninguno de los alemanes presentes se atrevió, después del recordatorio sobre Auschwitz, a señalar la manipulación neoconservadora de la cuestión religiosa tendiente a negar la existencia de conflictos políticos; ni a plantear interrogante alguna sobre este nuevo maniqueísmo que, luego de cinco años de propaganda contra Ben Laden, disuelve el espectro de al-Qaeda para convertir a todos los sunnitas en moderados y condenar a todos los chiítas al infierno reservado para los extremistas.

Prosiguiendo su intervención, Tzipi Livni le aplicó su código de lectura al Medio Oriente. Nos enteramos así de que la resistencia del Hezbollah socava la soberanía del Líbano y que el movimiento Hamas no representa las aspiraciones de los palestinos.

Tampoco apareció entonces nadie capaz de señalar que bombardear el Líbano es violar su soberanía y que la coalición a la cual pertenece el Hezbollah es actualmente mayoritaria en el Líbano y que el gobierno nombrado por Hamas también es mayoritario en Palestina. La retórica surrealista sobre el extremismo religioso no es otra cosa que una forma de desacreditar la soberanía de los pueblos.

La sesión del sábado 10 de febrero permitiría a la canciller alemana plantear la cuestión iraní y daría al presidente de la Federación Rusa la posibilidad de responderle. Los participantes habían previsto que Vladimir Putin criticara el proyecto estadounidense de despliegue del seudo sistema de defensa antimisil en Europa oriental y el proyecto de independencia de facto de Kosovo para negociar más fácilmente un retroceso ruso en cuanto a la cuestión iraní. Pero, sucedió todo lo contrario.

En la apertura de la sesión, luego de los saludos de rigor, la canciller Angela Merkel [2] explicó lo más seriamente del mundo que el paso de las amenazas simétricas de la época de la guerra fría a las amenazas asimétricas de la guerra contra el terrorismo hacía a la OTAN más necesaria que nunca. La señora Merkel presentó la actual presencia del ejército alemán en los teatros de operaciones de varios países como otras tantas pruebas del esfuerzo de su país por mantener el orden a nivel mundial: 3 500 hombres en Kosovo, 2 300 en Afganistán, 1 800 en Bosnia Herzegovina, 900 en Yibuti, 900 en Sudán, 900 en Kenya, 350 en Uganda, 350 en la República Democrática del Congo, 230 frente a las costa del Líbano, 200 en Uzbekistán, 50 en Macedonia y 11 en Georgia. Todas esas operaciones serían imposibles sin la cooperación intergubernamental y, en primer lugar, sin la OTAN que, recordó la señora Merkel, sirve para todo, hasta para garantizar la seguridad de la Copa Mundial de fútbol. Por lo demás, no hay contradicción entre la construcción de la Unión Europea y el fortalecimiento de los vínculos transatlánticos si se tiene en cuenta que la Estrategia europea de seguridad [3], la National Security Strategy de Estados Unidos [4] y el Concepto estratégico de la OTAN son ya casi idénticos.

Abordando la cuestión iraní, la señora Merkel declaró: «Irán ha ido, de forma voluntaria –me aterra tener que decirlo– y conciente, demasiado lejos. Tengo que agregar que estamos, claro está, obligados a responder a las provocaciones totalmente inaceptables del presidente iraní. Tengo que decirlo sobre todo porque es lo que me corresponde como canciller de Alemania. Un presidente que pone en duda el derecho de Israel a la existencia, un presidente que niega el Holocausto no puede esperar que Alemania muestre la menor tolerancia sobre estos temas. Hemos aprendido las lecciones de nuestro pasado ». Angela Merkel subrayó entonces que las sanciones contra Irán debían discutirse en el seno del Consejo de Seguridad de la ONU, y por consiguiente, en consulta con Rusia, y que la posición de Moscú ejercería una indudable influencia en la de otros países.

El presidente del encuentro, Horst Teltschik, abrió la discusión, cuidándose mucho de señalar que, si Alemania aprendió las lecciones de su pasado, la canciller habría tenido que abstenerse de repetir las mentiras de la propaganda atlantista acusando injustamente al presidente Ahmadinejead de haber negado el Holocausto y de querer destruir a Israel [5]. Teltschik cedió la palabra al ministro italiano de Defensa, Arturo Parisi. En una intervención falsamente espontánea como supuesta reacción a las palabras de Angela Merkel, Parisi leyó un mensaje preparado en inglés que aportaba el apoyo de su país a la visión alemana de seguridad colectiva. Pero, yendo más allá que la canciller, tomándose la atribución de decir él lo que ella no había dicho por habérselo impedido la decencia, Parisi afirmó que no sólo la ONU sino también la Unión Europea y la OTAN podían «legitimar el uso de la fuerza para combatir la violencia injusta y restaurar la paz».

Cinco participantes hicieron preguntas. La del senador Joseph Lieberman no fue más espontánea que la intervención de Arturo Parisi. Lieberman interrogó a la canciller sobre Sudán, refiriéndose a la responsabilidad colectiva de detener un genocidio, para que ella pudiera retomar las tesis neoconservadoras del intervencionismo democrático, cosa que Merkel no dejó de hacer.

Horst Teltschik dio la palabra a Vladimir V. Putin [6]. Con voz decidida, el presidente de la Federación Rusa explicó que no había venido a la conferencia a congratular a los participantes sino a debatir y que si su punto de vista les parecía inútilmente polémico, el presidente de la sesión siempre tendría siempre la posibilidad de dar por terminado su turno al micrófono.

Los participantes se arrellanaron en sus asientos. Todos habían comprendido que Putin no había venido con intenciones de negociar el abandono de Irán sino que se preparaba para la carga con la rudeza que tanto aprecian los rusos cuando se trata de medirse al adversario.

Dándose el lujo de citar a Franklin Roosevelt para demostrar que su oposición a la política de George W. Bush no viene de una simple aversión a Estados Unidos, el presidente ruso subrayó que los conflictos localizados amenazan la paz global. Luego denunció el proyecto de un mundo unipolar con un único amo, un soberano único, o sea lo opuesto a la democracia; proyecto irrealizable ya que ningún Estado dispone de los medios necesarios para concretarlo y porque proviene de concepciones obsoletas. Vladimir Putin dio la estocada al designar por su nombre a Estados Unidos como un Estado «que desborda sus fronteras nacionales» y que sumerge al mundo «en un abismo de conflictos sucesivos» a tal punto que «ya nadie se siente seguro ».

Los participantes, estupefactos, guardaban silencio. ¿Qué mosca había picado al amo del Kremlin?

Retomando el aliento, el presidente ruso se refirió al creciente poderío de Brasil, de Rusia, de la India y de China, y al relativo retroceso de Estados Unidos y de la Unión Europea, como una forma de despertar a los europeos, de decirles que están siguiendo ciegamente a un Imperio en declive. También ironizó sobre ese Estado bárbaro que todavía practica la pena de muerte afirmando que lo hace sólo como último recurso, pero que masacra alegremente a miles de civiles ante la menor divergencia con otro Estado.

Volviéndose hacia el senador Lieberman, Vladimir Putin se ofreció para contestar la pregunta que éste le había planteado a la canciller Merkel: «¿Tenemos que mantenernos impasibles ante los diferentes conflictos internos en ciertos países, ante las acciones de los regímenes autoritarios, de los tiranos, ante la proliferación de las armas de destrucción masiva?». «Claro que no », las transformaciones pacíficas son posibles y el uso de la fuerza es siempre ilegítimo «cuando no existe una amenaza de exterminio recíproco ».

Después, improvisando aún sin mirar sus notas, Vladimir Putin se dirigió al ministro italiano de Defensa. Refiriéndose a la proposición según la cual la OTAN y la Unión Europea podrían determinar la legitimidad del uso de la fuerza, señaló que ese desprecio por el derecho internacional haría más frecuentes los errores graves y conduciría a los europeos al callejón sin salida en el que ya se encuentran los estadounidenses.

Los organizadores de la reunión, que esperaban fortalecer el vínculo transatlántico, oían consternados las palabras de Putin quien, en nombre de la democracia y de la paz, llamaba a los europeos a no solidarizarse con el comportamiento expansionista de Estados Unidos.

Como las malas noticias nunca vienen solas, Vladimir Putin pasó entonces a la cuestión del desarme. Empezando por los Tratados de Reducción de Armas Estratégicas (START y SORT), recordó que Rusia respetaba sus compromisos y exhortó a los presentes a aplaudir al secretario de Defensa estadounidense Robert Gates cuando lo oyeran declarar que haría lo mismo y que no trataría de disimular sus arsenales.

Sentado en primera fila, el señor Gates se mantuvo inmutable.

Prosiguiendo sobre la cuestión de los misiles de alcance medio, Vladimir Putin subrayó que seis países se han dotado de ese tipo de arma, entre ellos Israel e Irán, y dio a entender que Estados Unidos propaga esa tecnología obligando así a Rusia a hacer lo mismo. Después anunció su intención de proponer un tratado internacional que prohíba el despliegue de armas en el espacio, o sea que se opondría al proyecto promocionado durante 30 años por Donald Rumsfeld y actualmente en marcha por parte del Pentágono. Putin denunció también el programa de «escudo antimisiles», cuyo único resultado no puede ser otro que el reinicio de la carrera armamentista. De paso se burló de las fantasiosas explicaciones de la administración Bush, según la cual la instalación de interceptores en Polonia y en la República Checa tendría como objetivo garantizar la intercepción de misiles balísticos norcoreanos: ¡según las leyes de la balística es simplemente imposible que una salva de misiles disparada desde Pyongyang por encima del Pacífico se desvíe por Europa antes de alcanzar Estados Unidos en vez de pasar directamente por el Polo Norte! Más tarde, recordando el Tratado sobre las fuerzas armadas convencionales, ridiculizó la ampliación de la OTAN que, mientras pretende prepararse para luchar contra un enemigo imaginario, no hace más que instalar «bases ligeras estadounidenses avanzadas » para amenazar los flancos de Rusia. Violando así su palabra, la OTAN se ha aprovechado de la disolución del Pacto de Varsovia para amenazar a Rusia, mientras que esta última proseguía la retirada de sus militares de los Estados que componían la antigua URSS. En pocas palabras, el pueblo ruso hizo posible la caída del muro de Berlín pero la administración Bush está imponiendo una nueva línea de demarcación en Europa, sólo que más al este.

El señor Gates comenzó a ponerse nervioso.

Vladimir Putin abordó entonces su tercer tema: la hipocresía de Washington en todos los sectores. Recordó que le había propuesto al G-8 la creación de centros multinacionales de producción de combustible nuclear, bajo el control de la AIEA, que permitirían el fin de la proliferación así como la solución pacifica del caso iraní. Se refirió a la cooperación energética para señalar que los que creen insuficiente la apertura del sector petrolero ruso al capital extranjero en un 26% son los mismos que se niegan a permitir que el capital ruso invierta a ese mismo nivel en sus propios países. Ridiculizó, sin nombrarlo, el Millenium Challenge [7], el programa Bush de ayuda al desarrollo que «distribuye con una mano las “ayudas caritativas” y con la otra propicia el atraso económico pero también cosecha dividendos ». Criticó después a la OSCE, cuyo aparato burocrático ha sido «totalmente montado», sin vínculo alguno con los Estados que la fundaron, y transformado en «vulgar instrumento al servicio de los intereses políticos de un solo país» mediante una red de ONGs rigurosamente controladas.

Y, para concluir, Vladimir Putin, les aseguró a quienes exhortan a Rusia a que desempeñe un papel más importante en el concierto de naciones que iban a tener que pasar por el trance de verse complacidos en ese sentido. Putin terminó con la siguiente oferta: «También quisiéramos tratar con interlocutores serios e independientes, con los que podamos trabajar en la edificación de un mundo más democrático y más equitativo, garantizando al mismo tiempo la seguridad y la prosperidad, no sólo para las élites, sino para todos».

Tímidos aplausos de los europeos, aterrados ante la idea de poder emanciparse, y más decididos por parte de los estadounidenses, felices de haber llegado al final de aquel calvario.

Los perros guardianes de la alianza atlántica lanzaron rápidamente una ráfaga de preguntas: ¿Y qué pasa con la democracia en Rusia, con la seguridad nuclear, con la guerra en Chechenia, con las ventas de armas a Irán y la concentración de poderes en Moscú? Pacientemente, Vladimir Putin repitió lo dicho y les respondió como siempre lo hace en cada una de las conferencias de prensa en Occidente, donde siempre le hacen esas mismas preguntas.

Durante el mediodía del sábado, luego de un breve homenaje a la Unión Europea, que festeja su cincuentenario, los participantes se concentraron en el papel de la OTAN en Afganistán. Sin lograr disimular su irritación por el discurso del presidente ruso, el secretario general de la OTAN presentó una especie de informe de actividad sobre la presencia de la alianza atlántica y el establecimiento de una cotización para los Estados miembros. Mientras tanto, el senador John McCain se esforzaba por reclutar tropas frescas para lograr, finalmente, la derrota de los talibanes.

La cena sirvió de marco a un tedioso discurso del presidente del land de Baviera y a la entrega de una medalla a Javier Solana, ex secretario general de la OTAN convertido en secretario general de la Unión Europea y ejemplar servidor del atlantismo. El «diálogo» se reinició al día siguiente con las intervenciones de los ministros de Defensa de Estados Unidos y de Rusia y del negociador especial iraní.

Resuelta evidente que la intervención de Robert Gates fue revisada para rebajar su perfil. El secretario estadounidense de Defensa se esforzó más por quitarle dramatismo a la conferencia que en responder al discurso de Putin. Se refirió al pasado de espías que ambos tienen en común y contó algunas anécdotas, para relajar el ambiente. Luego resumió la marcha actual, sin comentario alguno, como para remachar que nada estaba sujeto a discusión: la ampliación de la OTAN, el despliegue del escudo antimisiles y la instauración de una cotización financiera.

 

Por el contrario, el secretario del Consejo Nacional de Seguridad iraní, Alí Larijani, prefirió poner el dedo en la llaga agregando diversas consideraciones al texto inicialmente previsto de su intervención. Hizo un recuento histórico del diferendo nuclear y de las promesas incumplidas de los occidentales y no vaciló en recordar también la historia del imperialismo estadounidense contra su país, desde el derrocamiento de Mosadegh hasta el financiamiento de la agresión iraquí, sin olvidar el apoyo al terrorismo masivo de los Muyaidines del Pueblo [8].

Esta esperada intervención se vio sin embargo eclipsada por el escándalo del día anterior.

Quedaba entonces el discurso de Serguei Ivanov, ministro ruso de Defensa. Era poco probable que retomara los temas que Vladimir Putin había abordado ya y los participantes apostaban a que iba a contentarse con palabras de cortesía. Por el contrario, la delegación rusa había decidido dar el golpe de gracia.

Ivanov comenzó recordando que ya había hablado sobre el terrorismo en aquella misma tribuna, antes de los atentados del 11 de septiembre, una forma de subrayar que el problema no es nuevo más que en la retórica estadounidense. Después señaló la inadecuación de los ejércitos convencionales, y con más razón todavía la de la OTAN, en materia de terrorismo. Finalmente asestó la dura realidad de que la única manera de poner fin a tales prácticas consiste en dejar de prestar apoyo a quienes las aplican. Lo cual indica que todas las condenas expresadas por los anglosajones serán dignas de crédito para Rusia únicamente cuando los terroristas refugiados en el Reino Unido y en Estados Unidos sean extraditados [9]. Este es el único punto, precisó. No hay ningún otro, esta intervención ha terminado.

La carga de la delegación rusa en esta conferencia puede ser interpretada a la vez en el plano interno ruso y en el plano internacional. Por un lado, al proclamar su hostilidad hacia la OTAN, Vladimir Putin refuerza su popularidad dentro de su país en momentos en que se plantea agudamente la cuestión de su sucesión. Por otro lado, la urgencia que plantea la cuestión iraní obliga a Moscú a actuar sin más demora.

La eficacia de esta carga puede medirse por las reacciones de los medios de prensa anglosajones. Estos se abstuvieron de publicar los detalles de las intervenciones de Putin y de Ivanov, y trataron por todos los medios de presentarlas como agresiones verbales contra Estados Unidos y sus aliados. Pero las palabras (de ambos) tuvieron efecto: los Estados miembros de la Unión Europea empezaron a pelearse en el seno del Consejo Europeo. Más aún porque el Kremlin no tardó en utilizar una nueva carta: el jefe de su Estado Mayor indicó que en caso de despliegue efectivo de los misiles estadounidenses en Polonia, Rusia se retirará del Tratado INF y apuntará con misiles de corto alcance hacia Europa oriental. Los europeos se ven así frente al gran chantaje estadounidense: la alianza atlántica defiende a Europa de una amenaza creada por ella misma.

La confusión ha penetrado en los espíritus.

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