“Tentaciones imperiales”: Edwards, Obama y el mito de la benevolencia de EE.UU. después de la II Guerra Mundial

Paul Street

Empire and Inequality Report

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

El candidato presidencial demócrata John Edwards es un buen tipo que se autocalifica de “verdadero demócrata, no un ‘demócrata nuevo.'” Consecuentemente con esa auto-descripción, está dispuesto a oponerse a sensibilidades corporativas y a perder contribuciones a la campaña de la elite al abrazar al movimiento sindical, que describe como “el mayor programa contra la pobreza en la historia de EE.UU.”

Habla honestamente sobre y contra el creciente abismo entre ricos y pobres en EE.UU. Tiene la propuesta de atención sanitaria más progresista de los candidatos demócratas más conocidos y dice que está dispuesto a aumentar los impuestos para financiar una cobertura universal.

Llama a reducir algunos de los peores recortes tributarios que George W. Bush otorgó a los ricos y dice que se niega a privilegiar la reducción del déficit por sobre la reducción de la pobreza.

Critica a los demócratas del Congreso por aceptar el financiamiento de la continuación de la guerra de EE.UU. en Iraq sin un itinerario para la retirada. Dice que “es hora de que los estadounidenses sean patrióticos respecto a algo que no sea la guerra” y que “la manera de apoyar a las tropas es terminar la guerra.”

Muy bien. Es el único candidato presidencial de “máximo nivel” por el que yo (personalmente ubicado a la izquierda de Dennis Kucinich) podría verme votando en 2008.

“UN DÍA DE LA IRA”

Y a pesar de ello, al leer ayer el reciente discurso de John Edwards (del 23 de mayo) ante el Consejo de Relaciones Exteriores (CFR, por sus siglas en inglés), me recordó por desgracia un interesante argumento presentado por Chris Hedges en su nuevo libro “American Fascists: The Christian Right and the War on America” [Fascistas estadounidenses: la derecha cristiana y la guerra contra EE.UU.] (New York: Free Press, 2006).

No será suficiente, dice Hedges, que “cristianos de la mayoría” alarmados por el uso por la Derecha Cristiana de las Sagradas Escrituras “busquen cuidadosamente en la Biblia a fin de crear a un Jesús y a un Dios que son siempre tiernos y compasivos. Tales cristianos,” argumenta Hedges, “a menudo no reconocen que hay pasajes llenos de odio en la Biblia que otorgan una autoridad sagrada a la cólera, el auto-engrandecimiento y la intolerancia de la Derecha Cristiana” (Hedges, p. 6).

La Biblia está repleta de material semejante. Parte de lo peor está en el Libro de Revelación, que describe una batalla final y sangrienta entre las fuerzas del Bien – dirigidas por un Cristo Guerrero que enorgullecería a George II el Cruzado – y las fuerzas del mal.

Concluyendo con grandes aves de rapiña que se dan un banquete con la carne de no-cristianos vencidos, es “una historia del poder implacable, aterrador y violento de Dios, desatado sobre los no-creyentes.” (p.5).

Según Hedges, las autoridades religiosas debieran “denunciar los pasajes bíblicos que abogan por una violencia apocalíptica y por creencias políticas llenas de odio… Mientras la Escritura Sagrada, bendecida y aceptada por la iglesia, enseñe que al fin de los tiempos habrá un día de la ira y que los cristianos controlarán los restos destrozados de un mundo limpiado a través de la violencia y la guerra; mientras enseñe que todos los no-creyentes serán atormentados, destruidos y enviados al Infierno,” advierte Hedges, “será difícil combatir el mensaje de predicadores apocalípticos radicales o apaciguar los temores del mundo islámico de que los cristianos están llamando a aniquilarlo.” (p.7)

“RESISTIERON LA TENTACIÓN IMPERIAL”

Cuando se trata de las doctrinas laicas y los antecedentes imperiales en el centro de la historia de las relaciones exteriores de EE.UU., el senador Edwards y la mayoría de los demás candidatos demócratas son como los cristianos mayoritarios que quieren creer que los documentos centrales de su fe son inherentemente pacíficos y justos y que la Derecha Cristiana no se basa en material real y significativo de las Sagradas Escrituras cristianas.

Edwards se indigna con George W. Bush y los neoconservadores por debilitar el poder de EE.UU. al pervertir la bondad básica de la política extranjera de EE.UU. que fuera otrora resumida y propuesta por dirigentes de la Guerra Fría como “el gran Dean Acheson,” “el presidente Harry Truman,” “el general George Marshall,” y George Kennan. Edwards está molesto porque la combinación tóxica de corrupción, arrogancia e imperialismo craso, incompetente, de Bush II ha “arriesgado el despilfarro de nuestro prestigio [de EE.UU.]” y “ha tensado nuestras fuerzas armadas hasta el punto de ruptura.” Edwards dijo al CFR que la política de Bush en Iraq ha comprometido la “estructura de fuerza” global de EE.UU., y “distraído” la nación de las tareas más amplias de administración global, que requiere la dirección que sólo EE.UU. puede asegurar.

Para Edwards, la imprudente invasión de Iraq de Bush (demasiado concentrada “sólo en el poder militar”) y el unilateralismo global han dañado la capacidad de Washington de “difundir el sueño de la libertad por todo el globo.”

Gracias a la mala dirección de Bush y al abuso del poder de EE.UU., piensa Edwards, el próximo presidente tendrá que “diseñar un curso para que EE.UU. recupere la estatura global y la legitimidad que necesitaremos para dirigir y conformar el mundo que nuestros hijos y nietos heredarán.”

El camino hacia una política extranjera justa y efectiva – un mundo en el que EE.UU. gobierne mediante “el liderazgo moral” y “el ejemplo” – ya nos ha sido mostrado, arguye Edwards, por los dirigentes de la “generación más grandiosa” durante y después de la Segunda Guerra Mundial. Según el relato de Edwards, esas “sabias” elites políticas comprendían que “los militares… deben trabajar junto – y reforzar – al liderazgo moral de EE.UU.” “Resistieron a la tentación imperial de imponer nuestra voluntad mediante nuestra fuerza sin igual. En su lugar, construyeron lazos de confianza basados en la moderación, el gobierno de la ley y la buena fe.” “Vieron la verdad: que requeriría no sólo el poderío militar de EE.UU., sino nuestra inventiva, nuestros aliados y nuestra generosidad para reconstruir Europa y que se mantuviera libre de tiranos que explotarían la pobreza y el resentimiento.”

Mediante este “liderazgo moral,” mezclado con el uso juicioso de la fuerza militar, dijo Edwards al CFR, “EE.UU. disuadió a la Unión Soviética de su busca de la dominación mundial.” Vimos ese liderazgo, dijo Edwards, “cuando establecimos las Naciones Unidas y la OTAN, que han hecho tanto por la paz y los derechos humanos. Después de la Guerra Fría,” agregó Edwards, “lo vimos en Bosnia, donde ayudamos a negociar una paz duradera. Y lo vimos de nuevo en Kosovo, donde nos unimos a nuestros aliados de la OTAN para impedir que un brutal criminal de guerra perpetrara otra campaña de limpieza étnica.”

“Éste,” dijo Edwards al CFR, “es el EE.UU. en el que crecí como niño – una nación fuerte cuya promesa moral parecía llenar los corazones de casi todos los que me rodeaban. Creíamos que EE.UU., como un fanal, alumbraría hasta los rincones más oscuros del mundo.”

Es importante, cree Edwards, que “las fuerzas armadas de EE.UU. [sigan siendo] la más moderna y capaz fuerza combatiente del planeta.” Esto es porque, “como escribiera Robert F. Kennedy: ‘Nuestra respuesta es la esperanza del mundo.’

“Nuestra respuesta es la esperanza del mundo.” Edwards repitió la frase para el CFR, agregando lo que consideró una línea esperanzadora al final de su discurso: “Como un fanal, EE.UU. puede suministrar nuevamente una luz clara para el mundo – disolviendo la niebla de la injusticia, iluminando el camino a un nuevo siglo.” (Discurso de John Edwards, ante el Consejo de Relaciones Exteriores, 23 de mayo de 2007. Léalo en línea en http://www.johnedwards.com/news/speeches/20070523-cfr/).

OBAMA: “HUMILDAD SOBRE LA CAPACIDAD DE EE.UU. PARA CONTROLAR LOS EVENTOS EN EL MUNDO.”

Edwards no está precisamente solo entre los demócratas en el acopio de elogios a los responsables de la política extranjera de EE.UU. en la Guerra Fría y en posicionar negativamente la política extranjera de Bush ante el noble trasfondo de la “Generación más grandiosa.” Frases y formulaciones similares se pueden encontrar en los discursos de política extranjera de Hillary Clinton, Bill Richardson, Chris Dodd y Barack Obama. Todos leen de la misma biblia doctrinaria cuando tiene que ver con el papel glorioso y benévolo de EE.UU. en el mundo después de la Segunda Guerra Mundial.

Ninguno de ellos besa los retratos de las elites pasadas de política extranjera de EE.UU. con más energía que el senador Obama. En su masivo libro de campaña de adoración del poder “The Audacity of Hope” [La audacia de la esperanza], la obediente reverencia de Obama hacia los grandes amos blancos del pasado llega a su clímax con la llegada de la gloriosa Guerra Fría. “Pondera” con un sentimiento de sobrecogimiento “el trabajo” del arquitecto de la Guerra Fría George Kennan, que contrasta con lo que ve como el repugnante nihilismo de la Nueva Izquierda de los años sesenta. Aplaude [lo que considera como] el maravilloso “liderazgo [posterior a la Segunda Guerra Mundial] del presidente Truman, Dean Acheson, George Marshall y George Kennan” por “construir… un… nuevo… orden que combinó el idealismo de [Woodrow] Wilson con un realismo práctico, una aceptación del poder estadounidense con una humildad respecto a la capacidad de EE.UU. de controlar los eventos en el mundo.” Elogia a los arquitectos de la Guerra Fría por bloquear los diseños nefastos de la Unión Soviética “de diseminar [según Obama] su tipo totalitario de comunismo.”

REALIDADES IMPERIALES SUPRIMIDAS: LA ERA POSTERIOR A LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL NO FUE TAN RESPLANDECIENTE

El problema con esta perspectiva demócrata mayoritaria respecto a la política extranjera de EE.UU. posterior a la Segunda Guerra Mundial es el mismo que Hedges encuentra ante la perspectiva de numerosos cristianos respecto a la Biblia. Es un blanqueo. Excluye la verdad íntegra y desagradable. Es orwelliano, sobrepinta hechos terribles que no corresponden a la línea histórica autosatisfecha, de un nacionalismo narcisista.

CRIMINALIDAD ATÓMICA

Hay mucho que borrar. La era posterior a la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría comenzaron, después de todo, con la perpetración por Truman de uno de los mayores crímenes de guerra de la historia. Ordenó el bombardeo monumentalmente asesino en masa de Hiroshima y Nagasaki, mucho después de que las autoridades de EE.UU. supieron que Japón estaba decisivamente derrotado y que trataba de rendirse. Lo hizo sabiendo perfectamente que los japoneses sólo pedían garantías de que la institución del emperador permanecería intacta en el Japón de la posguerra – una condición que Truman aceptó posteriormente pero no antes de lanzar las bombas. Su decisión de utilizar la bomba atómica (que llamó “lo más grande del mundo” después de asesinar con la radioactividad a decenas de miles de civiles japoneses) tuvo que ver con el avance del poder global de EE.UU. frente a Rusia y al resto del mundo en la era posterior a la Segunda Guerra Mundial. No se trató de salvar vidas estadounidenses o japonesas.

La determinación de los gobiernos de la Guerra Fría de Truman, Eisenhower y Kennedy de utilizar armas nucleares como un instrumento de avance imperial unilateral incubó una carrera de armas nucleares que casi se volvió fatal en octubre de 1962. Todavía vivimos con las consecuencias de esa acumulación atómica letal, que podría haber sido evitada si EE.UU. hubiera aceptado colocar el poder atómico bajo un control internacional responsable.

INFLACIÓN DE LA AMENAZA: “METIÉNDOLE UN MIEDO DEL DIABLO AL PUEBLO ESTADOUNIDENSE.”

Los planificadores y responsables políticos de la “Generación más grandiosa” de EE.UU. restauraron estructuras fascistas del poder en la Italia “liberada” e intervinieron a favor del gobierno de clase de la elite y contra la revolución social popular en los Balcanes. Al proclamar la Doctrina Truman militante y globalista de EE.UU., Washington calumnió las luchas democráticas en Grecia como una exportación “comunista” soviética. Lo hizo para “Meterle un miedo del diablo al pueblo estadounidense” (en la maravillosa terminología del senador estadounidense Arthur Vandenburg) para que aceptara la remilitarización imperial permanente de la sociedad y de la política de EE.UU. – ayudando con ello a sostener y expandir el poderoso “complejo militar-industrial” contra el que advirtió Dwight Einsenhower al abandonar la Casa Blanca.

Consecuentemente con ese objetivo, Truman y dos miembros clave de su gabinete, incluyendo al héroe de Edwards, Marshall: “engañaron sistemáticamente al Congreso y al público para que pensaran que la URSS estaba a punto de lanzar la Tercera Guerra Mundial con una invasión de Europa en 1948.” Lo hicieron, como ha mostrado Frank Kofsky, a fin de “imponer su programa de política extranjera, inaugurar un inmenso plan militar y sacar de problemas a la industria aérea cercana a la bancarrota.” (Frank Kofsky, “Harry S. Truman and the War Scare of 1948” [New York, NY: St. Martin’s, 1993]. Fue otro ejemplo anticipado del conocido juego de “inflación de la amenaza” de Washington.

EL “CAMBIO DE RÉGIMEN” EN LA ERA POSTERIOR A LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

A partir de la Doctrina Truman, quedó fijado el modelo básico estadounidense para la Guerra Fría: subversión de la democracia y de la independencia en todo el planeta. Algunos de los ejemplos subsiguientes más ilustres sucedieron en Irán (golpe de la CIA en 1953), Guatemala (golpe auspiciado y dirigido por EE.UU. y toma del poder por los militares en 1954), Chile (golpe patrocinado por EE.UU. y toma del poder por los militares, 1973), Indonesia (toma del poder militar patrocinada por EE.UU. en 1965). Son sólo algunos de los ejemplos más espectaculares en una larga lista. Cientos de miles de campesinos, trabajadores, izquierdistas e intelectuales pagaron con sus vidas por la brutal guerra clandestina de EE.UU. contra el desarrollo independiente y la justicia social en el Tercer Mundo. Los conservadores de Bush no inventaron el “cambio de régimen” impuesto por EE.UU.

“LOS INTERESES DE OTRAS NACIONES SON UN INCIDENTE, NO UN OBJETIVO.”

En el caso de Cuba, los esfuerzos de la Guerra Fría de EE.UU. por imponer un cambio de régimen amistoso hacia EE.UU. ayudaron a llevar al mundo cerca de la guerra nuclear en otoño de 1962. El año siguiente, el ya mayor estadista liberal Acheson presentó una interesante justificación para los esfuerzos ilegales de EE.UU. por debilitar al gobierno cubano. Declaró ante la Sociedad Internacional de Derecho Internacional que no emerge ningún “problema legal” cuando el Tío Sam reacciona ante un desafío a su “poder, posición, y prestigio.” (Acheson es citado por Noam Chomsky en: “Hegemonía o supervivencia. La estrategia imperialista de EE.UU.” (Barcelona, Ediciones B, 2005)

No era una posición nueva. Al justificar una sangrienta invasión de EE.UU. en Haití, el secretario de estado de Woodrow Wilson, Robert Lansing, argumentó que el significado efectivo de la Doctrina Monroe era simplemente que “EE.UU. considera sus propios intereses. La integridad de otras naciones americanas es un incidente, no un objetivo”.

(Lansing es citado por Noam Chomsky en: What Uncle Sam Really Wants (“Lo que quiere realmente el tío Sam”) [Berkely, CA: 1992], p. 11). Wilson, estuvo de acuerdo, pero consideró que desde el punto de vista político era poco conveniente decirlo en público. Semejantes sentimientos informaron la intervención militar de Wilson contra la Revolución Rusa en 1918 y 1919, parte de un vergonzoso historial imperialista que no impidió a Obana elogiar a Wilson por ver supuestamente que “era de interés para EE.UU. alentar la autodeterminación de todos los pueblos.”

La “nación indispensable” (como describiera una vez a EE.UU. la secretaria de estado de Bill Clinton, Madeleine Albright) ha estado siempre a favor del “derecho internacional” cuando ese derecho apoya el concepto de Washington de los intereses de EE.UU. Cuando ese derecho es considerado un obstáculo para los planes de EE.UU. ha sido tratado consecuentemente como desechable por los responsables políticos estadounidenses.

¿QUIÉN DISUADIÓ A QUIÉN?

Cuando no se dispone de sicarios en el Tercer Mundo o son inadecuados para la tarea de frenar la democracia, fuerzas de EE.UU. intervinieron directamente con ataques imperiales verdaderamente masivos, como en Corea (1950-1954) y en Vietnam (1962-1975). Las víctimas fatales han ascendido a millones.

Cuba se salvó de una intervención directa semejante de EE.UU. en gran parte porque la Unión Soviética estaba presente para disuadir a EE.UU. del lanzamiento de un ataque en gran escala contra la Revolución Cubana.

En la relación entre EE.UU. y la URSS en la Guerra Fría, habría sido más exacto describir a los soviéticos y no a los estadounidenses como la potencia que ejercía la disuasión contra la que tenía ambiciones globales – una verdad básica que es inmencionable si no es en círculos oficialmente marginados de la izquierda.

LA VERDADERA AMENAZA SOVIÉTICA (Y DEL TERCER MUNDO)

Washington justificó consistentemente su historial de criminalidad global posterior a la Segunda Guerra Mundial con un gran mito que Edwards y Obama abrazan previsiblemente: la campaña soviético-comunista por la conquista del mundo. Pero evaluaciones honestas estadounidenses de la época reconocieron que el verdadero peligro soviético era bastante diferente. Era que la URSS constituía un modelo de la posibilidad de desarrollo nacional independiente fuera de los parámetros de la supervisión mundial capitalista dirigida por EE.UU.

La verdadera amenaza soviética no provenía de algún compromiso soviético con la revolución mundial (abandonado desde hace tiempo con la derrota de Trotsky) sino de la determinación “marxista” de Rusia de seguir su propio camino y su negativa concomitante “a complementar las economías industriales de Occidente.”

Esta negativa constituía un terrible ejemplo para el Tercer Mundo, desde el punto de vista de Kennan, Acheson et al. El espectro ilusorio de la busca soviética de la “dominación mundial” y la “teoría del dominó” relacionada con ella fueron siempre coberturas para el verdadero espectro que perseguía a los planificadores de la “Generación más grandiosa”: el peligro de que Estados periféricos siguieran su propio camino de desarrollo, fuera y contra las “necesidades” egoístas del núcleo industrial-democrático inherentemente noble (capitalista de Estado), dirigido por y para EE.UU.

“NUESTRA VERDADERA TAREA”

Para captar parte del “realismo práctico” que subyace tales políticas de la Guerra Fría, supuestamente sensatas y benévolas, como ser el patrocinio de depravadas dictaduras militares en Indonesia, Irán, Grecia y Brasil (para nombrar sólo unos pocos socios del “Mundo Libre”), podemos consultar una formulación interesante del sabio héroe “wilsoniano” de Obama: Kennan. Como explicó Kennan en el Estudio de Planificación Política 23, preparado para el equipo de planificación del Departamento de Estado en 1948:

“Poseemos aproximadamente un 50% de la riqueza del mundo, pero sólo un 6,3% de su población… En esta situación, no podemos dejar de ser objeto de envidia y resentimiento. Nuestra verdadera tarea en el período por venir es diseñar un modelo de relaciones que nos permita mantener esta posición de disparidad… para hacerlo tendremos que dejar de lado todos los sentimentalismos y las fantasías; y nuestra atención tendrá que concentrarse en todas partes en nuestros objetivos nacionales inmediatos… Tenemos que dejar de hablar de objetivos vagos… e irreales como los derechos humanos, el aumento de niveles de vida, y la democratización. No está lejano el día en el que tendremos que obrar en conceptos claros de poder. Mientras menos nos entraben las consignas idealistas, tanto mejor… No deberíamos dudar ante la represión policial del gobierno local.” (Citado por Chomsky en: “Lo que quiere realmente el Tío Sam”).

El Plan Marshall, el proyecto de reconstrucción de EE.UU. para el núcleo europeo arrasado por la guerra, estaba cargado de contenido imperial egoísta. La ayuda de EE.UU. estaba condicionada por reglas para inversiones y compras que favorecían a las corporaciones basadas en EE.UU. y en la marginación política de los partidos de izquierda que habían ganado prestigio en la dirección de la lucha contra las fuerzas fascistas que EE.UU. había apaciguado inicialmente y luego saludado como antagonistas para la izquierda europea. Las fuerzas de EE.UU. estuvieron listas para intervenir directamente en caso de victorias electorales de la izquierda en Europa Occidental.

Durante toda la guerra contra el fascismo – una guerra ganada primordialmente por los trabajadores, soldados y campesinos de la Unión Soviética – planificadores de EE.UU. trabajaron entre bastidores para asegurar que EE.UU. emergería como el hegemono indiscutido en el sistema mundial de inversiones y comercio.

“EL MAYOR ABASTECEDOR DE VIOLENCIA DEL MUNDO”

Y después hablan de la “humildad respecto a la capacidad de EE.UU. de controlar eventos [y acontecimientos] en todo el mundo” de Truman, Acheson et al. Y después hablan de su determinación de resistir “tentaciones imperiales.”

Esta historia desagradable provee algunos antecedentes para comprender a los EE.UU. en los que crecí como muchacho en los años sesenta – una nación imperial cuya hipocresía moral parecía helar los corazones de casi todos los que conocía. Seguimos a Martin Luther King, Jr. en la observación de que el gobierno de EE.UU. se había convertido en “el mayor abastecedor de violencia en el mundo” y en su pensamiento de que no correspondía al gobierno dar clases a otros sobre la “libertad” cuando su propio paisaje interior estaba fracturado por lo que el gran líder de los derechos civiles llamó “los tres males que están interrelacionados:” el racismo, la desigualdad económica y el militarismo.

“LAS SUPERPOTENCIAS DELINCUENTES”: EL “DESPRECIO POR EL ORDEN MUNDIAL” DE LA ERA DE CLINTON

Pasando a eventos más recientes, el ataque de la OTAN y Clinton contra Yugoslavia en 1999 es una historia mucho menos noble de lo que Edwards pretende creer. Al expresar la trillada determinación de Washington de “elegir soluciones militares cuando las diplomáticas eran posibles,” éstas llevaron a masivas muertes innecesarias. Miles de albanos étnicos pagaron un precio elevado cuando los bombardeos ordenados por EE.UU. hicieron escalar el ritmo de la limpieza étnica en Kosovo. Antes del ataque aéreo, EE.UU. y la OTAN habían presentado condiciones de “paz” rotundamente imposibles en Rambouillet. La propuesta de Clinton a Serbia incluía el control por la OTAN de todo Kosovo y la ocupación militar de la OTAN de todo el resto de Yugoslavia. La contrapropuesta de la Asamblea Nacional Serbia de negociaciones que condujeran a una amplia autonomía de Kosovo fue ignorada por los responsables políticos de EE.UU. y los medios belicistas dominantes de EE.UU. El bombardeo de Yugoslavia, incluyendo la capital serbia, Belgrado, produjo innumerables víctimas civiles. Fueron utilizadas armas de uranio empobrecido con terribles efectos para el pueblo serbio.

Mientras tanto el gobierno de Clinton y la supuestamente noble agencia humanitaria, Naciones Unidas, continuaron imponiendo “sanciones económicas” dirigidas por EE.UU. que mataron a más de un millón de iraquíes y debilitaron la oposición interna iraquí contra Sadam Husein.

Como señalara Noam Chomsky en 2000, “la doctrina del Estado delincuente” de los gobiernos de Reagan y de Bush I “mantuvieron su validez cuando los demócratas volvieron a la Casa Blanca.” Esa doctrina reservaba a EE.UU. el derecho a contravenir el derecho internacional cada vez que quisiera. Clinton la abrazó cuando “informó a Naciones Unidas en 1993 que EE.UU. actuará ‘multilateralmente cuando sea posible, pero unilateralmente cuando sea necesario,’ una posición reiterada un año después por la embajadora ante la ONU Madeleine Albright y en 1999 por el secretario de defensa William Cohen, quien declaró que EE.UU. está comprometido con el “uso unilateral del poder militar” para defender intereses vitales, que incluyen ‘el acceso irrestricto a mercados clave, suministros de energía, y recursos estratégicos,’ y por cierto cualquier cosa que Washington pudiese determinar que estuviera dentro de su “jurisdicción interior.'”

“El desprecio del poder principal del mundo por el marco del orden mundial se ha hecho tan extremo,” señaló Chomsky después del bombardeo de Serbia, “que queda poco por discutir. Mientras los reaganitas abrieron nuevos caminos, bajo Clinton el desafío al orden mundial se ha hecho tan extremo como para llegar a preocupar incluso a analistas políticos belicistas. (Chomsky: “Rogue States: The Rule of Force in World Affairs” [Boston MA: South End Press, 2000], pp. 3, 47).

Junto con el grotesco historial de la Guerra Fría mencionado anteriormente y continuado bajo Reagan y Bush I, las políticas de Clinton nos ayudan a comprender por qué EE.UU. era temido y aborrecido en todo el mundo mucho antes de que Bush II llegara al poder e invadiera Iraq. Incluso el archi-reaccionrio y belicista politólogo de Harvard, Samuel P. Huntington, se preocupó por el imperialismo agresivo de Clinton. Escribió un artículo en Foreign Affairs señalando que EE.UU. se “estaba convirtiendo en la superpotencia delincuente” a los ojos de la gente del mundo, que veía a EE.UU. como “la mayor amenaza singular externa para sus sociedades.”

2007: “LA DOCTRINA DEMÓCRATA IMPERANTE NO ES TAN DIFERENTE”

Es discutible cuán discontinua es la atolondrada política extranjera discontinua de Bush respecto a las prácticas y doctrinas imperiales de la “liberal” “Generación más grandiosa” y el gobierno neoliberal de Clinton. Es igual de discutible cuán diferentes son las posiciones actuales de política exterior del Partido Demócrata de las del actual Criminal de Guerra en Jefe. Como señala el politólogo de la Universidad Tuft, Tony Smith, en un reciente comentario en el Washington Post: “Aunque ahora se presentan como alternativas al presidente Bush, el hecho es que la doctrina demócrata imperante no es tan diferente de la doctrina de Bush-Cheney.”

En análisis de Smith merece una cita más prolongada:

“Numerosos demócratas, incluyendo a senadores que votaron para autorizar la guerra en Iraq, abrazaron la idea de una política exterior fornida basada en la supremacía global estadounidense y en el supuesto derecho a intervenir para promover la democracia o para defender intereses cruciales de EE.UU. mucho antes del 11-S, y no han cambiado de sentido desde entonces. Incluso los que se han posicionado contra la guerra han evitado los aspectos doctrinarios.”

“… sin una alternativa coherente a la doctrina Bush, con su confianza en la

preeminencia de EE.UU. y el atractivo global de la “democracia de libre mercado, la victoria a mitad de período de los demócratas podría no repetirse en noviembre de 2008. O, si los demócratas ganaran en 2008, podrían permanecer pegados a una visión de una Pax Americana que recuerda sorprendentemente a la de Bush.”

“Los partidarios demócratas de lo que podría ser llamado la posición “neoliberal” están bien organizados y bien colocados. Su credo fue enunciado hace sólo nueve años por Madeleine Albright, en aquel entonces secretaria de estado del presidente Bill Clinton: ‘Si tenemos que usar la fuerza, es porque somos EE.UU. Somos la nación indispensable. Tenemos confianza en nosotros mismos y vemos más lejos hacia el futuro.’ Hablaba en Bosnia en aquel entonces, pero su observación tiene implicaciones mucho más amplias.”

“Desde 1992, los ascendientes debates de la facción demócrata en política extranjera, han sido los de los pensadores asociados con el Consejo de Liderazgo Demócrata (DLC) y su think-tank, el Instituto de Política Progresista (PPI). Desde 2003, el PPI ha publicado repetidas circulares condenando el manejo de la guerra de Iraq por Bush, pero nunca ha condenado la invasión. Ha criticado que Bush no haya logrado la dominación de EE.UU. en Oriente Próximo, argumentando que los demócratas lo harían mejor.”

“… estos neoliberales [demócratas] son casi indistinguibles de los mejor conocidos neoconservadores… Es posible encontrar fuentes para muchos de los elementos críticos de la doctrina de Bush en la emergencia del pensamiento neoliberal durante los años noventa, después del fin de la Guerra Fría. En think-tanks, universidades y oficinas gubernamentales, intelectuales con tendencias izquierdistas, muchos de ellos cercanos al Partido Demócrata, formularon conceptos para llevar a buen término el antiguo sueño del presidente demócrata Woodrow Wilson ‘de hacer que el mundo sea seguro para la democracia.’ Esos neoliberales [demócratas] propugnaron la expansión global de la ‘democracia de mercado.’ Presentaron argumentos empíricos, teóricos, incluso filosóficos, para apoyar la idea de EE.UU. como la nación indispensable [que ayuda a proveer]… la sustancia intelectual de gran parte de la doctrina Bush… ”

“La actitud hacia Serbia en los años noventa cementó la entente neoconservadora-neoliberal. Al llegar el 11 de septiembre de 2001, estos dos grupos habían convergido como una sola familia ideológica. Se pusieron de acuerdo en que el nacionalismo estadounidense se expresaba mejor en los asuntos del mundo como un imperialismo progresista. El llamado unificador para la acción armada sería la promoción de los derechos humanos y del gobierno democrático entre los pueblos que resistían a la hegemonía estadounidense.”

“Y por lo tanto podemos apreciar la dificultad que enfrentan los demócratas en su busca de una estrategia de salida no sólo de Iraq sino también de las tentaciones de una superpotencia.”

“Existe un precedente para el dilema de los demócratas a medida que se acerca 2008. Cuando Richard M. Nixon fue candidato a presidente hace cuarenta años, él, también, tuvo que formular una política que lo distinguiera de la impopular guerra en Vietnam continuada por un impopular gobierno demócrata. Prometió que ‘un nuevo liderazgo terminaría la guerra,’ dando a entender que tenía un plan secreto para hacerlo. Pero resultó que el ‘nuevo liderazgo’ de Nixon estaba tan comprometido con imponerse en el Sudeste Asiático como lo había estado Lyndon B. Johnson.”

(Tony Smith, “It’s Uphill for the Democrats: They Need a Global Strategy, Not Just Tactics for Iraq,” Washington Post, 11 de marzo de 2007, p. B01, disponible en línea en http://www.washingtonpost.com/wp-dyn/content/article/ 2007/03/09/ AR2007030901884_pf.html).

Las reflexiones de Smith suministran un cierto contexto útil para la insistencia de Edwards en el mantenimiento de la superioridad militar de EE.UU. – que no está ni remotamente amenazado por alguna nación o coalición en el mundo – y para la referencia de Edwards a la supuesta misión de EE.UU. de difundir “la libertad por todo el globo.”

Smith también suministra el contexto para la siguiente declaración en el discurso de Edwards ante el CFR: “una vez que estemos fuera de Iraq. EE.UU. debe retener suficientes fuerzas en la región para impedir un genocidio, disuadir una extensión regional de la guerra civil, e impedir un refugio seguro para al Qaeda. Probablemente tendremos que retener Fuerzas de Reacción Rápida en Kuwait y en el Golfo Pérsico. También necesitaremos una cierta presencia en Bagdad, dentro de la Zona Verde, para proteger la Embajada de EE.UU.”

Aparte de afirmaciones de preocupación humanitaria y antiterrorista, Edwards no llama a una retirada total de la nación ocupada o de la región. Propone, que se ajuste, no que se rechace, la presencia imperial de Washington en Oriente Próximo, súper estratégico porque es fabulosamente rico en petróleo. EE.UU., piensa, debe estar listo para atacar en y contra una región sobre la que pretendamos el derecho especial de mantener el orden y colonizar por un motivo que ni él ni ninguno de los candidatos demócratas, con la excepción de Kucinich y Gravel, pueden reconocer considerando los tabúes dominantes en Washington y los medios.

Ese motivo es la necesidad percibida del Imperio Estadounidense de profundizar su control de las estupendas reservas de petróleo de Oriente Próximo, que el icono de la Guerra Fría, George Kennan, una vez describió correctamente como “la mayor presa estratégica material en la historia.” La dominación de esa ‘presa,’ señaló Kennan, en una formulación de la Generación más grandiosa adecuada para el ponderoso “sobrecogimiento” de Obama – daría a EE.UU. un “poder de veto” político-económico de facto sobre los principales competidores industriales en el sistema mundial.

El análisis de Smith también suministra un cierto contexto para el comentario de Edwards de que “lo peor respecto al enfoque de la Guerra Global contra el terror [de Bush] es que el tiro les ha salido por la culata – nuestras fuerzas armadas han sido exigidas hasta el punto de ruptura y crece la amenaza del terrorismo.”

Es una formulación desafortunada. Lo peor en cuanto a la política extranjera de Bush es que ha matado a más de 700.000 iraquíes, un detalle no tan pequeño que ayuda a explicar por qué millones en todo el mundo y especialmente en Oriente Próximo no se acongojarán cuando EE.UU. sea atacado por su propio 11-S – una eventualidad que los Clinton ahora dicen que ocurriría “probablemente” poco “después de que el próximo presidente preste juramento” (Karen Tumulty y James Carney, “Hillary Pushes Back,” Time, 7 de mayo de 2007, p. 43).

La doctrina imperial proscribe un reconocimiento honesto de la dimensión de la violencia que EE.UU. infligió a “víctimas oficialmente indignas” al lado equivocado de los cañones inherentemente nobles y amantes de la “libertad” del Tío Sam.

Las antiguas “tentaciones imperiales” de EE.UU. siguen sanas y salvas a ambos lados del sistema partidario corporativo-imperial. Esto tiene mucho que ver con el motivo por el que los demócratas no pueden formar una oposición significante a la política de Guerra en Iraq de Bush. Su incapacidad y / o negativa de reconocer la naturaleza criminal, inmoral, de asesinato masivo y de naturaleza imperial de la invasión de Iraq los hace vulnerables a la acusación de “perder Iraq.”

EL PRECIO DE LA ELIMINACIÓN HISTÓRICA

Tal vez sea porque mi formación académica formal fue en Historia, pero pienso que existe una relación íntima entre la mala historia, la mala política y la mala manera de actuar. Como señala Tariq Ali en la última edición de Z Magazine:

“Desde hace algún tiempo ha sido obvio, ciertamente desde el fin de la Guerra Fría, que en todo el mundo, la historia ha sido re-escrita u olvidada. Muchas cosas cruciales que sucedieron en el Siglo XX han sido eliminadas. Es algo que molesta a mucha gente, especialmente en el mundo árabe donde el sentido de la historia es bastante fuerte. Gran parte de lo que ocurre en el mundo de hoy tiene raíces históricas. Hay que mirar atrás y ver lo que son esas raíces porque, a menos que se haga, no hay manera de resolver algunos de los problemas que afectan al mundo.” (Ali y David Barsamian, “Jihad: Theirs and Ours,” Z Magazine [junio de 2007], p. 45).

(Los lectores debieran notar el paralelo con el argumento de Chris Hedges de que los cristianos occidentales deben dejar de eliminar partes de la Biblia si quieren dejar de evitar los pasajes más desagradables de la Biblia si desean “apaciguar los temores del mundo islámico de que los cristianos están llamando a su aniquilación.”)

Un responsable de la política que niega la existencia y / o la relevancia del racismo pasado no es un buen candidato para encarar seriamente la opresión racial del presente. Un político, periodista o ciudadano que no sabe nada o sólo cosas equivocadas sobre la historia del fascismo europeo y del régimen nazi (inicialmente bienvenido por los responsables de la política extranjera de EE.UU.) no está en buenas condiciones para evaluar inteligentemente el esfuerzo de George W. Bush de equiparar a Sadam Husein con Adolfo Hitler y el así llamado “Eje del Mal” con el eje fascista de los años cuarenta.

Un candidato u ocupante de un cargo que piensa que la historia estadounidense es una de interminable progreso y oportunidad, de ausencia de clases, de democracia y de una apacible mezcla de culturas, no está en buenas condiciones para representar, comprender y servir significativamente a la gente desventajada o para hacer progresar la justicia y la democracia en el presente y en el futuro.

Los que tienen esperanzas de ser presidentes de EE.UU. y pregonan visiones blanqueadas del imperialismo pasado de EE.UU. son candidatos a hacer progresar una conducta de “superpotencia delincuente” en el futuro.

Los cristianos que trata de proponer una versión moralmente respetable de su fe deben reconocer y repudiar pasajes de las Escrituras que justifican y prometen una masiva devastación mesiánica-militarista de presuntos enemigos espirituales. En una vena similar, políticos morales que desean cambiar el peligroso y autoritario curso de la actual política extranjera mesiánica-militarista de EE.UU. deben reconocer y luego repudiar los crímenes imperiales pasados y presentes de EE.UU.

Los que tienen el poder global y no reconocen los crímenes imperiales del pasado probablemente los repetirán.

LA REPARACIÓN DE LAS SOCIEDADES ESTROPEADAS DEBE COMENZAR EN CASA

Reconocer esos crímenes, imagino, significa abandonar las arrogantes suposiciones imperiales de que la “respuesta de” Estados Unidos es “la esperanza del mundo” y que el “nuestro” lo es para que lo “heredemos.” Significa preguntar más, escuchar más y hablar menos cuando interactuamos con el mundo más allá de nuestras fronteras.

También significa echar una mirada honesta al espejo. Con una sociedad interior profunda y crecientemente desigual que todavía está terriblemente dañada por los “tres males” de Martin King y por lo que el historiador de la Nueva Izquierda, William Appleman Williams, calificó de “Imperio como modo de vida,” no nos incumbe pregonar a los cuatro vientos que somos un “fanal” potencial para nadie. La reparación de sociedades estropeadas y de Estados fracasados comienza en casa.

El veterano historiador, periodista y activista radical Paul Street (paulstreet99@yahoo.com) es un comentarista de izquierdas basado en Iowa City, IA, EE.UU. Street es autor de “Empire and Inequality: America and the World Since 9/11” (Boulder, CO: Paradigm, 2004), “Segregated Schools: Educational Apartheid in the Post-Civil Rights Era” (New York, NY: Routledge, 2005), y “Still Separate, Unequal: Race, Place, and Policy in Chicago” (Chicago, 2005) y “The Empire and Inequality Report.*) El próximo libro de Street: “Racial Oppression in the Global Metropolis: A Living Black Chicago History” (New York, 2007) será publicado en julio.

http://www.zmag.org/content/showarticle.cfm?SectionID=72&ItemID=12928

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