Semblanza de un “contratista” occidental

José Steinsleger
La Jornada

Años después de su “exitosa” participación en el comando que en mayo de 1972 rescató en el aeropuerto de Lod a un grupo de rehenes secuestrados en un avión de Air France por un grupo palestino (26 muertos), el joven oficial Yair Klein solicitó la baja. Sin embargo, la vida pacífica no iba con él y se reintegró al ejército de Israel.

En la guerra del sur de Líbano, Klein encabezó una de las brigadas que apoyaron la matanza de refugiados palestinos en los campos de Sabra y Chatila, perpetrada por las milicias de la Falange Cristiana libanesa (1982). Al año siguiente pasó nuevamente a las filas de la reserva y organizó una empresa especializada en la “lucha contra el terrorismo”.

Klein registró la compañía en la lista de proveedores del Ministerio de Defensa. Su primer cliente, los falangistas libaneses, le representaron ganancias por 2 millones de dólares.

Simultáneamente, en Colombia, el ministro de Justicia, José Manuel Arias Carrizosa (ligado a la Asociación de los Productores de Plátano), buscaba medios “eficaces” para combatir a las guerrillas del Movimiento 19 de Abril, el Ejército de Liberación Nacional y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia.

Carrizosa llamó a su amigo Yitzhak Mariot Shoshani, directivo de la empresa Isrelex, suministradora de tecnología militar al ejército colombiano. Shoshani consultó su agenda de direcciones y así, en diciembre de 1987, Klein aterrizó en el país sudamericano en compañía de su traductor, el ex teniente de la reserva Ferry Meinyk.

Klein visitó a las autoridades en calidad de simple empresario “legal”. En febrero de 1988 ofreció al Departamento de Administración de Seguridad (DAS) cursos de entrenamiento de escoltas, equipos modernos de rescate y seguridad para “personas importantes”. No tuvo éxito.

El general Miguel Maza Márquez, jefe del DAS, declinó por escrito el ofrecimiento. “Esa clase de asesorías deben realizarse de gobierno a gobierno”, aclaró. En mayo de 1989 Maza Márquez salvó milagrosamente su vida de un atentado con dinamita. Para entonces las “clases” de Klein ya eran famosas entre los ganaderos y las empresas frutícolas de la región central del río Magdalena, directamente vinculadas a los grandes grupos de cultivo de Estados Unidos.

Las “milicias campesinas” formadas por Klein fueron la simiente de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), bandas paramilitares de extrema derecha que más tarde contaron con el apoyo entusiasta de un joven político graduado en Harvard en “gestión de conflictos”, Álvaro Uribe Vélez, actual presidente de Colombia y “pacificador del Urabá”, según los ganaderos.

En el primer grupo de los “pacificadores” entrenados por Klein figuraban temibles asesinos: los hermanos Fidel y Carlos Castaño, y Eduardo Rueda Rocha, uno de los sindicados en el asesinato del candidato presidencial Luis Carlos Galán (1989).

En Puerto Boyacá, Klein conoció al narcotraficante José Gonzalo Rodríguez Gacha, El mexicano, uno de los barones de la droga más violentos de Medellín. Rodríguez Gacha declaró que la técnica de tortura preferida, aprendida de los comandos israelíes, era el “método Moshe Dayan”: en el párpado del preso se inserta una pequeña astilla de sílex afilado y, antes de que el ojo se desangre, la víctima enloquece a causa del dolor.

Tras la muerte de Rodríguez Gacha, Klein se puso a las órdenes del famoso narcotraficante Pablo Escobar, jefe del cártel de Medellín. Pero con el asesinato de cuatro candidatos a la presidencia y el clamor internacional a raíz de una treintena de grandes masacres cometidas por narcos y paramilitares (1987-89), la embajada de Israel sugirió a Klein que abandonara el país.

En abril de 1989, después de haber dirigido un contrabando de armas desde Miami, Estados Unidos, el “contratista” dejó Colombia con 800 mil dólares en la libreta de ahorros. Regresó a Israel, y allí fue juzgado por un tribunal que lo condenó a un año de prisión y 13 mil 400 dólares de multa por exportación ilegal de armas a “grupos ilegales colombianos”.

Al salir de la prisión, Klein llamó a sus amigos sudafricanos y se fue a trabajar a Sierra Leona y en Liberia junto a los rebeldes de Johnny Korama y Charles Taylor, quienes ganaron fama mundial cortando las cabezas de los infelices que caían en sus manos. La situación cambió. Klein fue detenido y pasó 16 meses en una cárcel de Sierra Leona, al cabo de los cuales retornó a su patria.

Alfonso Valdivieso, ex embajador en Tel Aviv, asegura que no hubo manera de que el gobierno de Israel entregara a Klein a la justicia de Colombia, donde un tribunal de Manizales lo había sentenciado en 2001 a diez años de prisión por adiestrar a paramilitares y narcotraficantes. “Entre Israel y Colombia no hay tratado de extradición”, le dijeron.

El 27 de agosto de 2007, la Interpol detuvo a Klein en Moscú. El gobierno de Israel sostiene que su caso es un “asunto de la justicia”. No obstante, la extradición a Colombia puede obstaculizarse debido a que, por presiones de Israel, las autoridades rusas consideran la “avanzada edad” del acusado. Yair Klein tiene 65 años y goza de excelente salud.

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